CON SABOR ESPAÑOL


Comentando La Fontana de Oro, Novela de don Benito Pérez Galdós. Reinando Fernando VII durante el Trienio Liberal 1820 - 1823

 

Preámbulo
 

Tengo que hacerlo, dije a mi mismo tropecientas veces. Lo haré, me respondí, sea como fuere, pues faltaría más. Mi profesora de Historia Contemporánea se sonríe cuando sobre unos libros que ella sugiere para leer y hacer el trabajo, los enumera: La Fontana de Oro, Los Pilotos de Altura, Una Princesa en Berlín…, ingenuamente pregunto: ¿Son gordos o delgaditos?; las navidades ahí encima, mi mujer agobiando que quiere ir al Carrefour, no te vayas lejos que viene la nieta y la tienes que ayudar a algo de francés, a ver cuando acabas de arreglar el lavaplatos, tienes que quitar todo eso que está en medio porque sino ya me dirás donde vamos a poner la cena de Nochebuena, ah….y el Belén;… es un sinvivir. Elijo La Fontana de Oro y veo que el “librito” tiene 434 páginas. Lo elijo porque describe sitios de Madrid; a mi me gusta Madrid. Cuando me jubilé paseaba por Madrid, relajado, mirando por doquier, de acá para allá, descubriendo cosas que antes pasaban desapercibidas por las prisas: la fuente de Cabestreros con un Viva la República en  su pedestal; Franco no debió pasar por aquí, ni para ir al Rastro, Las iglesias y conventos de Madrid; lo que dejó en pie Pepe Botella; porque lo demás lo saneó para hacer plazuelas. Hay una iglesita que está en el barrio de Chueca –antiguo barrio chispero de Madrid- que se llama “cachito de cielo”; qué nombre tan a propósito, porque es pequeñita, como un cachito de lo que sea. Jubilado pero ahora soy estudiante de la Complutense, ¡qué farde! Pero en alguna ocasión me han dado el día; se han levantado para cederme el asiento en el G. No, esto no se hace; somos todos de la “uni” ¿o no?

 

Situémosnos
 

Vamos a lo que vamos. La Fontana de Oro es un café tertulia cercano a la Puerta del Sol que comenzó su andadura allá por 1782. Fue lugar de citas de escritores, artistas y políticos, mayormente de orientación liberal, que durante el Trienio (1820–1823), protagonizaron las más afamadas manifestaciones a favor de las nuevas corrientes del pensamiento político y en contra del viejo régimen absolutista, a los que con lógica repulsión, sus todavía partidarios fueron despectivamente denominados servilones (1).


Este café inspiró el tema de la primera novela de Pérez Galdós, en 1870. Ahora (2012) es un café Irlandés, con el mismo nombre pero abierto en 1994, decorado  con escenas de la época (es un detalle de agradecer) y mas o menos ubicado en el mismo lugar que el anterior, en un edificio construido en 1859, en la calle de la Victoria, esa calle dónde se venden las localidades para los toros y que en el 12 está la Casa del Abuelo con ese vino dulce de garnacha que parece que no pero si, y tres gambitas a la plancha de tapa que te ponen.

 

Comienzo la lectura y observo que el canario Galdós se conocía bien Madrid, casi seguro producto de sus correrías de soltería; describe los aledaños de la Carrera de San Jerónimo como solamente lo puede hacer un novelista que practica las nuevas tendencias del realismo; al detalle. No sé cuanto de verdad habrá en ello, porque yo, así, a bote pronto……, ahora, si me interrogo, recuerdo El Museo del Jamón, Lhardy, y mas allá Casa Mira, el de los turrones. Bueno, exprimiendo la sesera un poco más recuerdo el Palacio de Miraflores a la izquierda en semi-esquina con Cedaceros y justo enfrente, a la derecha de la Carrera de San Jerónimo haciendo esquina con Ventura de la Vega, un Centro de Salud que en otros tiempos fue el Hotel Rusia y que en sus salones un día de San Isidro de 1896 se hizo la primera exhibición del cinematógrafo de los hermanos Lumiere, representación a la que incluso acudió la reina Regente doña María Cristina; el Teatro Victoria, ya más modernamente, y los aledaños alrededor de las calle Echegaray que cuando era joven recuerdo algunos tugurios de mucho cuidado; ahora lo llaman, a esa zona, el Barrio Las Letras; también, para los jóvenes de ahora, la zona de Huertas.

 

Algo todavía hay en común con lo que Galdós describe en su novela y es lo lúgubre que de algún modo destila esa zona. La descripción de una vía muy concurrida ocupada casi totalmente por los tristes paredones del convento de la Victoria que proyectaban gran oscuridad sobre el inicio de la Carrera de San Jerónimo y por otro lado la sucia y corroída tapia de la iglesia del Buen Suceso. Esto, sin olvidar el incontestable derecho que el público ejercía de miccionar a su antojo, convirtiendo las esquinas, zaguanes y atrios en foco de inmundicia. El convento de la Victoria y la iglesia del Buen Suceso desaparecieron pero de lo cutre algo queda.

 

Antecedentes históricos

 

El escenario principal de la novela de Galdós es la ya mencionada La Fontana de Oro  dónde recrea esa época del Trienio Liberal, un ensayo a ser liberal por parte del estamento monárquico ¡Qué cosas! El rey, luego llamado felón, “acepta” la Constitución de 1812 (la Pepa) y se convierte en rey constitucional. ¡Qué locura! Y entre dientes dice: ¡Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional! Aún así, los liberales le cantan el Trágala (2), por si acaso.

 

Como aquella película de Manuel Summers protagonizada por unos pocos ciudadanos que mostraban bondadosamente su lado más ingenuo, los españoles desde 1814 a 1820 así se mostraron; ingenuos, aunque nobles, ante la real tomadura de pelo del Deseado rey Borbón. Como “quijotes”, anteponiendo sus ideales a lo pragmático, los españoles, representados por los madrileños, anduvieron con gallardía alzando con jolgorio arcos triunfales y colgaduras, en fiestas donde el pueblo se manifestaba como un convidado más para ensalzar la llegada del rey optatimus, Fernando VII, de su encierro francés de Valençay.

 

¿Qué más nos hubiera dado un rey Borbón o un rey Bonaparte? pues al fin y al cabo ambos son franceses, - dice el señor Venancio, mi peluquero que de esto sabe un montón – ¡qué más da, si en todo caso el pueblo, ilustrado o no, el absolutismo no cuenta para nada con él!

 

Asevera mi peluquero que el Bonaparte no fue tan malo; que lo que hizo lo hizo bien y que si le dejan más tiempo nos habría construido una rue Rivoli y hasta unos Champs Elysees que no envidiarían a los propios.

 

Imagínese usted, me decía el fígaro, a José I asomado al balcón de palacio viendo todo tipo de animales de granja en el huerto de la Priora y por los Caños, y una intrincada y desordenada traza de calles malolientes con conventos y mancebías que daría pavor atravesarlas por la noche expuestos a perder el pellejo a manos de algún embozado. Desde luego, respondí lacónicamente. Pues mire qué plaza tan bella, la de Oriente, nos dejó. Y como remate añadió: …. más vale que nunca hubiera vuelto ese felón.

 

Mientras se aplicaba con las tijeras alineando el filo de mi cogote, abandone la atención puesta en su perorata y doblando la cerviz para facilitarle al señor Venancio su labor, me dije mentalmente, ¡qué sencillas parecen las cosas!....y creo que me dormí.

 

Y así, en cómoda y sumisa postura, me puse a pensar, o a soñar, en este asunto que tengo entre manos, o sea, la lectura de la novela La Fontana de Oro, viniéndome oníricamente lo que Galdós cuenta, a modo de preámbulo, en su libro, cuando refiere aquella época como uno de los periodos de turbación política y social mas graves e interesantes que se dieron desde 1812, y que casi después de haber trascurrido más de cincuenta años no parecía próxima a terminar, aún cuando la Revolución de Septiembre de 1868, la Gloriosa, daba algún crédito para resolverla. Llegado a este punto sentí una leve palmada que me despertó. Listo, resolvió el señor Venancio. Ya seguiremos hablando del tema otro día. Pensé, ¿otro día? El pobre no se ha dado cuenta que me he quedado roque escuchándole.

 

Robo tiempo a la Navidad y continuo con la lectura del libro pero no puedo ocultar que tengo que hacerme de otros recursos adicionales que me aclaren puntualmente los acontecimientos históricos de esa época, aparte de las vivencias de todos y cada uno de los personajes de la obra de Galdós que se desarrollan paralelamente al periodo histórico. Pero antes de entrar en ello veamos algo anterior a los acontecimientos del periodo liberal.

 

Es imperativo recordar antes de proseguir, ese momento histórico de la Constitución de 1812, que este año recién estrenado de 2012 conmemora su bicentenario, y que fue considerada como el primer código político a tono con el movimiento constitucionalista europeo contemporáneo, que establece por primera vez la soberanía nacional y la división de poderes, como dos de sus principios fundamentales. Pero sobre todo significó la promesa de una nación de ciudadanos iguales en derechos y deberes. Esta Constitución se redactó en la inexpugnable Cádiz, en San Felipe Neri, oratorio donde se promulgó por primera vez.

 

Desde que comenzaran en Europa las revoluciones burguesas, pocos podían adivinar, y nuestros gobernantes menos, que siendo España una sociedad agrícola, pobre y analfabeta con una burguesía bajo mínimos, pudieran calar esas corrientes en nuestra sociedad. Sin embargo esas ideas liberales orientadas a transformar el Estado y la sociedad española fueron tomando carta de naturaleza contra viento y marea desde el mismo momento de producirse hechos relevantes como fueron la revolución Francesa y la invasión napoleónica.

 

El impasse de la invasión napoleónica, la imposición de José I, sumen a la nación española en una tremenda guerra y después del final de la misma un país completamente en ruina como colofón a la brutal depresión económica que comenzara en 1812. Había sido la guerra más catastrófica de nuestra Historia Contemporánea, desde el punto de vista de las pérdidas puramente materiales, pero también humana: la muerte de un millón de ciudadanos sobre una población de doce millones de habitantes supuso un drama nacional de primer orden y esto sin contar con los problemas originados en las colonias americanas con el intento de emancipación.

 

Cádiz, la ciudad cercada por Napoleón, fue la que albergó de 1810 a 1812 a representantes peninsulares y de los territorios de Ultramar para debatir cómo debían convivir en libertad, con derechos y sin las cadenas del absolutismo los españoles de “ambos hemisferios”. El resultado de sus controversias fue la Constitución de 1812.

 

Después, la Restauración borbónica (1814-1833), que establece de nuevo el Antiguo Régimen, dividiendo la sociedad española entre absolutistas y liberales. Gritos en las calles de “¡Vivan las cadenas!”, queriendo expresar su adhesión al rey Fernando VII, en oposición a los “¡viva la libertad!” de los constitucionalistas, provocan enfrentamientos entre sí que no acabarían hasta el final del reinado de Fernando VII, que en 1833 dio paso a la monarquía liberal.

 

La primera etapa (1814 a 1820) se inició recién acabada la guerra contra los franceses. Fernando VII restaurado en el trono mediante el Tratado de Valençay y tras aceptar el Manifiesto de los Persas (5), restauró el sistema absolutista y derogó la Constitución de 1812. Esta primera etapa de su gobierno, de carácter absolutista (1814-1820), estuvo marcada por una depuración de afrancesados y liberales y por los intentos, fracasados, de mejorar la situación económica de España. Al mismo tiempo un gran número de alborotos e intentos de pronunciamientos militares salpicaron en ese periodo en contra del Régimen absolutista impuesto.

 

La segunda etapa (1820 a 1823) partió del pronunciamiento de Rafael del Riego, en Cabezas de San Juan (Sevilla), con las fuerzas que formaban el Ejército preparado para embarcar rumbo a América. Tal pronunciamiento, seguido por otras guarniciones del país, obligó al rey a jurar la Constitución.

 

La tercera etapa (1823 a 1833) estuvo señalada por las consecuencias derivadas del Congreso de Viena de 1815, convocado con el objetivo de restablecer las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón I. La firma de los acuerdos de Viena dio origen a una alianza entre las grandes potencias europeas con el fin de proteger la estabilidad de los regímenes políticos frente a brotes revolucionarios y crear un nuevo orden internacional.

 

Fernando VII después de verse forzado a aceptar la constitución, había pedido ayuda a Luis XVIII de Francia para aliviarse del estado de coacción moral en que según él le habían puesto los rebeldes. El resto de las potencias europeas vieron la necesidad de adoptar una decisión conjunta para sofocar el carácter cada vez mas exaltado de la Revolución española y por los desesperados llamamientos del rey a la intervención, ofreciéndose, además,  a acatar todas las condiciones que quisiesen imponer con tal de provocar la intervención.

 

Las grandes potencias europeas se reunieron en Verona en 1822 con el objeto de determinar y reprimir lo que ellos vinieron a llamar la sinrazón del carácter cada vez más exaltado de la Revolución española

 

El rey de Francia anunció solemnemente el envío de cien mil franceses dispuestos a marchar invocando al Dios de San Luis para conservar el trono de España a Fernando VII, nieto de Enrique IV de Francia. A estas tropas expedicionarias mandadas por el duque de Angulema se les conocería desde ese momento como el ejército de los “Cien mil hijos de San Luis”. Entraron en España el 7 de Abril de 1823 y el 1 de octubre puso fin al último foco de resistencia del gobierno liberal en Cádiz y repuso como monarca absolutista a Fernando VII.

 

Ya lo demás, consumada la traición del rey, dio paso a la tercera etapa de su reinado, la ominosa década que comenzó con una feroz y vengativa represión de los constitucionalistas. El primer ensayo del constitucionalismo en España había concluido tres años después. El rey, que sólo quería ser rey, siguió reinando. El absolutismo volvió, aunque algo más moderado.

 

La herencia que recibió Fernando VII después de pasarse el tiempo jugando al billar en Valeçay y el sentimiento de Patria del pueblo español.

 

Cuanta nobleza encierra el pueblo español que nunca se mereció tener como rey a Fernando VII. Un pueblo que se desangró en una terrible guerra por España y por su rey. Un país que quedó en la completa ruina material, con su patrimonio artístico robado, y no devuelto, por los franceses, engañado, vilipendiado pero con honor, mientras, así se las ponían los aduladores, las bolas del billar, al rey felón en su desocupado encierro de Valençay.

 

A partir del dos de mayo de 1808 la ciudadanía percibió por primera vez un sentimiento afectivo por la nación, por la Patria. La Patria ya no era solo el lugar, ciudad o país en que se nace, definición exacta pero carente de emoción o sentimiento. La Patria a partir de ese momento comenzó a ser un símbolo afectivo-sentimental que la poesía se encargó de transcribirla y darle sentimiento.

El comienzo y desarrollo de la contienda enardece el espíritu patriótico de los españoles y ello se plasma en la poesía épica que hasta entonces se había nutrido del repertorio de los cantos de los juglares como diversión pública. Por el contrario esta nueva poesía nacía de un verdadero sentimiento del pueblo español en su conjunto, provocado por los acontecimientos que a partir del dos de mayo de 1808 fueron sucediéndose más allá del final de la contienda. Los bandos contribuían a ese enardecimiento y el más conocido de todos ellos fue el de los alcaldes, atribuido a los de Móstoles, Andrés Torrejón y Simón Hernández.

"La Patria está en peligro; Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid todos a salvarle. Mayo 2 de 1808".

 

El Trienio Liberal

 

Llegado a este punto he de decir que ya he leído la novela de Galdós, la cual desarrolla una trama anclada a este periodo concreto del reinado de Fernando VII, el Trienio Liberal. Por eso el objetivo de este apartado es el de extenderme un poco más en este periodo.


Me he parado a pensar un poco, antes de empezar a escribir sobre esta etapa del reinado de Fernando VII,  directamente relacionada con la época histórica que Galdós basa para su novela La Fontana de Oro, sin saber qué tono emplear para que el relato no fuera anodino. ¿Un relato desenfadado?, ¿irónico?, ¿quitándole hierro al asunto? Me temo que no podré evitar ser plano, pues resulta que se trata de una parte de la historia del siglo XIX muy seria de la que alguien podría decir: “de aquellos barros vienen estos lodos”, refiriéndose a la actual etapa política española de los siglos XX y XXI. En muchos aspectos se parecen tanto…..incluso, diría yo, lo del movimiento del 15 M respecto a los clubs y sociedades patrióticas, del XIX, compartiendo el mismo escenario de la Puerta del Sol para sus arengas.

 

Por eso, e imaginando que tantos españoles sufrieron lo indecible por la ineptitud de un rey y por la incompetencia de los gobernantes de turno, contaré lo poquito que sé sin hacer valoraciones simpáticas ni aspavientos, pues debió tentos del Sol)pacos clubs...s.neamente neptitud de un rey y por la incompetencia de los gobernantes de turno contarser una auténtica mala suerte compartir aquellos tiempos de la historia de España; no me refiero al Trienio Liberal solamente, sino a todo el periodo fernandino completo y más allá y más acá.

 

Lo acontecido durante el Trienio Liberal es muy denso, pero no debo de olvidar que los hechos históricos cuando se narran son propensos a que uno se pueda ir por las ramas, olvidando el objetivo que me ha traído hasta aquí que es el de centrarme en la trama que Galdós narra en su libro La Fontana de Oro, la cual se desarrolla en el Madrid del Trienio Liberal, por eso trataré de plasmar los acontecimientos históricos básicos en ese periodo.

 

Pocos monarcas disfrutaron de tanta confianza inicial por parte del pueblo español como Fernando VII de quien se esperaba que recuperara la dignidad perdida frente al invasor francés. Pero éste se reveló un monarca sin principios, que tan pronto juraba la Constitución como la traicionaba, y vengativo con sus enemigos. Rodeado de una camarilla de aduladores y con pocas veleidades intelectuales, su actuación política no tuvo más miras que su propia supervivencia como rey. Casado cuatro veces, no tuvo descendencia hasta su madurez.

 

El Trienio Liberal se refiere al periodo de los tres años (1820 – 1823) durante los cuales Fernando VII se vio obligado a reinar como rey constitucional, que constituye una etapa muy corta pero extraordinariamente densa en sucesos, y rica en contenido. Su interés viene determinado por el intento de poner por primera vez en práctica la Constitución de Cádiz de 1812. Un régimen liberal con el que el propio rey Fernando VII no comulgaba, pero que además tampoco había certeza si los españoles lo apoyarían. Muchos interrogantes surgieron desde el mismo momento inicial del nuevo periodo del reinado fernandino. Las dificultades del régimen liberal eran muchas. A los problemas existentes de la primera etapa absolutista (1814-1820), habría que añadirle ahora  otros nuevos, algunos de los cuales tendrían su origen precisamente en el propio liberalismo español y en las dificultades internas y externas que se derivaron de la propia toma del poder y de la adaptación de la Monarquía al régimen constitucional.

 

Por tanto, esta etapa de inicio del régimen liberal puede decirse que vino dada por el descontento y por la frustración de las expectativas que había creado en muchos españoles la vuelta de Fernando VII y la restauración contra pronóstico de la Monarquía absoluta. A este descontento había que añadirle la actitud de algunos sectores políticos así como también la del Ejército, algunos de cuyos nombres encabezarían varios pronunciamientos que intentarían durante esta etapa absolutista derribar a la Monarquía para imponer el sistema constitucional de 1812. El pronunciamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan el cual originó, a su vez, una reacción en cadena de otros pronunciamientos en diversas partes del país, alcanzaron su objetivo. La Monarquía absolutista no puede reprimir esa ola de pronunciamientos y ante la imposibilidad de contar con fuerzas suficientes para resistir, Fernando VII no tuvo más remedio que ceder, viéndose obligado a jurar la Constitución de 1812.

 

Aunque Fernando VII juró la Constitución, sencillamente porque no pudo evitarlo, no parece que su actitud fuese en un principio totalmente cerrada a desarrollar las funciones que le encomendaba el nuevo ordenamiento político, a pesar de la falta de rodaje de un estamento, el monárquico, en un régimen que no le era propio. Lo que ocurría era que resultaba extraordinariamente difícil sintonizar con los responsables liberales que ahora accedían al poder y aunque la actitud del rey constitucionalmente era correcta, está claro que aquello no era lo que el rey quería y la desconfianza mutua se instaló.

 

El 10 de marzo de 1820 el rey dirigió un Manifiesto a la Nación, redactado por él directamente, en el que se hacía aparecer como “tierno padre” que condescendía con la voluntad de sus hijos porque creían que ése era el camino conducente a la felicidad. Junto con la promesa de marchar al frente por la senda constitucional, también hacía una advertencia grave por la que se exoneraba de toda responsabilidad: “vuestra ventura desde hoy en adelante dependerá en gran parte de vosotros mismos”. Hubo quien pensó que había hablado con doblez en estas palabras, y lo cierto que no habría que esperar muchos años para confirmar el incumplimiento de las promesas que figuraban en aquel escrito.

 

Ha quedado clara su actitud de persona complicada y difícil, a través de curiosas anécdotas como por ejemplo las que trascendieron cuando  mientras despachaba con sus ministros, un rey cada vez menos colaborador con el gobierno liberal, se ocupaba de cualquier nimiedad, distrayéndose leyendo un libro, mirando un folleto, no prestando atención a sus interlocutores, entrando poco o nada en materia, contestando solo con monosílabos, de modo que al acabar el despacho era difícil saber su opinión. Su iniquidad era patente.

 

Era un gobierno de presidiarios, decía despectivamente el rey por el hecho de haber estado sus ministros casi todos presos o proscritos por la Monarquía absolutista durante los primeros años de su reinado. Con esta actitud aviesa es fácil entender que las cosas no irían muy lejos, fácilmente entendible que lo que realmente buscaba era trazar con astucia y maldad el camino que le condujera a su forma de gobierno favorito: el absolutismo.

 

La desconfianza mutua entorpeció la puesta en marcha del nuevo régimen liberal: había también una escasa preparación por parte de los miembros de las instituciones que se puso de manifiesto en algunas de las primeras medidas que adoptaron. En aquellas circunstancias se estimó prioritario, por ejemplo, dar el título de “el Grande” a Fernando VII, erigirle una estatua y encargar un cuadro en el que figurase el rey jurando la Constitución. Por otra parte, la ingenuidad de la que daban muestra aquellos hombres, les llevó a pensar que el simple hecho de la aprobación de la Constitución sería suficiente para sofocar los movimientos independentistas que habían surgido en las colonias de América, con lo cual se relajó la atención a aquel importantísimo asunto.

 

En particular, el liberalismo español se caracterizó por su profunda división interna, y pronto, casi ya desde el comienzo del periodo liberal, surgió esta circunstancia que contribuyó aún más a dificultar los primeros pasos del nuevo régimen. Esta división en el seno del liberalismo se debió a una diferencia generacional entre los hombres que habían hecho triunfar la revolución, y los que habían participado en las Cortes de Cádiz que se consideraban los arquitectos y fundadores del liberalismo español. Los primeros, los veinteañistas (exaltados), más jóvenes, más impulsivos, pero también con menos experiencia; y los doceañistas, más veteranos, más cultos, de un mayor nivel intelectual y con una mayor facilidad de palabra y que traían ya el bagaje de su participación en las Cortes gaditanas y de la lucha política que allí se había planteado. Exaltados los primeros y moderados los segundos, se convirtieron pronto en las dos alas del liberalismo español en este periodo. No eran todavía partidos políticos, porque la articulación de sus respectivos programas era muy escasa y apenas existía una organización de sus integrantes.

 

En todo caso, cabría hablar,  ya que no de ideología claramente definida, sino de actitudes diferentes ante el fenómeno de la revolución liberal. Para los moderados, la Revolución se había producido ya y lo que había que hacer ahora era aplicarla sin más. Eran los conservadores de la Revolución y no eran partidarios de los radicalismos pues había que conjugar la libertad con orden- y tenían una especial preocupación por ganarse la confianza de las viejas clases dominantes. Los exaltados, en cambio, creían que no había que conformarse con lo hecho hasta entonces y que, por consiguiente, el proceso revolucionario no podía estancarse, sino que tenía que seguir avanzando.

 

La división de los liberales entre moderados y exaltados, que en ocasiones se convertiría en una verdadera incompatibilidad, sería una dificultad más a añadir a los ya graves problemas con los que tenía que enfrentarse el nuevo régimen. No obstante desde el primer momento se llevaron a cabo reformas muy importantes a través de decretos estableciendo la libertad de imprenta y la abolición de la Inquisición, así como la incorporación de los señoríos a la Corona. Pero una de las cuestiones que más polémica desató en estos inicios de la etapa del reinado de Fernando VII y que, al cabo, desencadenaría la definitiva ruptura entre el monarca y el régimen constitucional, fue la del destino del llamado Ejército de la Isla (Cuba).

 

Si bien el ejército de la Isla, aquella maquinaria militar destinada a impedir la emancipación  de las colonias españolas de América, había participado en la Revolución, su protagonismo fue relegado a un plano más bien decorativo. Sin embargo su papel como garante de los principios revolucionarios resultaba incómodo para quienes habían empuñado el timón del nuevo régimen. Por esta razón la tensión entre el ejército de la Isla y el Gobierno fue acentuándose de modo que éste decretó su disolución, medida que levantó una oleada de protestas por parte de colectivos ciudadanos que provocaron el cese del ministro de la guerra para evitar lo que podía convertirse en una guerra civil. Este hecho indujo la ruptura moral entre Fernando VII y el régimen a partir de lo cual dejó de aceptar las nuevas leyes constitucionales haciéndose a partir de entonces manifiesta la ruptura entre el rey y los políticos liberales.

 

El gobierno temeroso de Riego decidió apartarlo de su ejército provocando con ello manifestaciones callejeras y algaradas promovidas por los exaltados quienes lo tenían como auténtico héroe de la Revolución.

 

Los meses iniciales del régimen constitucional estuvieron, pues, cargados de tensiones a causa, fundamentalmente, de la actitud de los exaltados que querían radicalizar el proceso revolucionario y que provocaron algunas revueltas de carácter popular.

 

El ambiente que se respiraba en Madrid a comienzos del verano de 1820 era de mucha expectación. Había comenzado a publicarse en Madrid una notable cantidad de periódicos, aunque ninguno de ellos tenía influjo preponderante, entre otras cosas, seguramente, porque no existía todavía el hábito de leer la prensa, ni el analfabetismo de la mayor parte de los ciudadanos hacía propicia su adquisición. En cuanto a la actitud de los distintos grupos sociales es importante señalar la vinculación al liberalismo de la nobleza, la burguesía y los funcionarios, mientras que la mayor parte del pueblo seguía siendo fiel al absolutismo, siendo muy corto el número de los constitucionales dentro de esas clases sociales bajas, que por otro lado albergaba un intenso amor a la Monarquía antigua y a la persona del monarca reinante. Al revés, había casi generalidad en el constitucionalismo de los comerciantes y de las personas de clase media, De los empleados, los más habían abrazado la causa del nuevo Gobierno. Pero lo que más contribuía a crear un ambiente político entre la población madrileña eran las Sociedades Patrióticas que también surgieron en toda España. Era una especie de clubs o tertulias políticas de café, cuya función era la de propagar el liberalismo al pueblo en los locales en los que celebraban sus sesiones. Se puede afirmar que estos clubs eran centros surgidos de la necesidad de explicar las nuevas ideas del constitucionalismo a capas amplias de la sociedad.

 

La primera de estas sociedades fue los “Amigos de la Libertad” y tenía como lugar de reunión el café de “Lorencini”, en la Puerta del Sol. En sus sesiones, los oradores se dirigían al público desde lo alto de una mesa y en ellas se hacían exhortaciones al Gobierno y a las Cortes. Una de las cuestiones que se aprobó fue la petición al monarca para que destituyese al ministro de la Guerra. Sus directivos fueron detenidos por orden del Gobierno y la sociedad quedó disuelta, refugiándose sus miembros en la tertulia del café de “San Sebastián”. Una de las que llegó a alcanzar mayor fama fue la que tenía como sede “La Fontana de Oro”, en la carrera de San Jerónimo, y que es la que da título a la obra de Galdós objeto de este trabajo. Fue la que organizó los espectaculares recibimientos a Riego y aunque sus sesiones no eran tan demagógicas como las de Lorencini, sus miembros estaban estrechamente vinculados a la facción exaltada del liberalismo. Otra sociedad famosa fue la que se creó en el conocido café de la calle Caballero de Gracia “La Cruz de Malta”, de un gran radicalismo.

 

Las Sociedades Patrióticas mostraron una clara simpatía por el pueblo, el cual sobre todo a través de las clases artesanales, participaba en las reuniones. Durante el Trienio Liberal alcanzaron mucha relevancia y ejercían como un parapoder con una presencia real en la vida pública de aquellos años. No sólo servían de tribunas para dar salida a las opiniones de los ciudadanos sino que en sus sedes se organizaban las manifestaciones y asonadas que tuvieron lugar por entonces.

 

Uno de los elementos que dejó sentir su influencia en este periodo liberal fueron las Sociedades Secretas. La masonería, en cuyo seno se había fraguado la revolución de 1820, no renunció a jugar su papel en el Trienio, a pesar de que ya no era esencial la clandestinidad de los partidarios de la Constitución para entrar en el juego político. Lo que sí cobró la masonería fue un carácter diferente, pues se convirtió en algo así como la plataforma para medrar en la lucha por el poder y por la ocupación de altos cargos.

 

Las sociedades secretas formaban parte del ambiente político que se respiraba en Europa durante estos años. El espíritu sedicioso de la época, el deseo de misterio y ocultamiento, contribuyeron a que estas sociedades proliferasen de una manera extraordinaria en otros países además de España, Se ha comprobado, incluso, como los revolucionarios españoles mantenían contactos con los franceses a través de las sociedades secretas y se apoyaban mutuamente en sus aspiraciones de implantar un régimen liberal cuando las fuerzas conservadoras eran las que estaban en el poder. Esta corriente afectó a los propios realistas, quienes también organizaron sus propias sociedades secretas para luchar contra los liberales desde la oposición.

 

Haciendo una pequeñísima recopilación hay que señalar que durante el periodo liberal se creo la Milicia Nacional a semejanza de la “Garde Nationale” francesa, se aprobó la Ley Orgánica del Ejército para estar al servicio de la sociedad, se unificó la moneda circulante en España y Ultramar, se aprobó el Reglamento General de Instrucción Pública, estableciéndose tres niveles de enseñanza primaria universal y gratuita y el nivel universitario, se aprobó el Reglamento de Beneficencia, el primer Código Penal español estableciendo con rotundidad la igualdad jurídica de todos los españoles, establecimiento del habeas corpus. Finalmente el Estado quedó organizado sobre tres poderes: el legislativo que residía en las Cortes, el ejecutivo con el rey a la cabeza, y el judicial. Estos tres poderes fueron detalladamente deslindados con el fin de que no fueran arbitrariamente regulados por el despotismo.

 

Los liberales en el poder aplicaron una política claramente anticlerical, con el fin de debilitar a una poderosísima institución opuesta al desmantelamiento del Antiguo Régimen, y por lo tanto tampoco se puede obviar el posicionamiento claro y sin ambages del clero tomando partido en contra del liberalismo y contra el sistema constitucional, al verse afectados por algunas medidas como la supresión de la Compañía de Jesús, o la abolición del Tribunal de la Inquisición, desamortización de los bienes de las órdenes religiosas, abolición del diezmo, por lo que consideraba un atentado contra los derechos de la Iglesia y una clara manifestación del anticlericalismo por parte de las nuevas autoridades políticas.

 

Era proverbial en la España de aquella época, el apego de los ciudadanos que vivían en el campo –más del setenta y cinco por ciento del total de la población española- a las viejas tradiciones y a las instituciones, como la Monarquía absolutista, que habían pervivido sin grandes cambios a través de los tiempos. Pero, además, las medidas que puso en marcha el régimen constitucional afectaron muy negativamente a los campesinos, de tal manera que se vieron gravemente perjudicados en sus intereses inmediatos. Uno de estos perjuicios fue sustituir el pago de diezmos en especie por el pago en metálico. Otro era la de servir de milicianos teniendo que abandonar a las familias y a las cosechas. Efectivamente había motivos para el descontento, avivado por los elementos eclesiásticos que se encargaban de echar leña al fuego haciendo del descontento una contestación más contundente en contra del sistema constitucional.

 

Partidas de campesinos, alentados por estas protestas y por las conspiraciones del propio rey, la oposición absolutista se aventuró a crear una Regencia Suprema de España en Urgel, cerca de la frontera francesa. Trataban así de crear un gobierno absolutista, alternativo al liberal de Madrid. No está claro que la creación de esta Regencia contase con la autorización del propio rey Fernando ni con la aquiescencia de la Monarquía francesa de Luis XVIII, que en ningún caso se mostró dispuesta a ofrecerle una ayuda abierta. El fracaso de la Regencia de Urgel hizo evidente para Fernando VII y los absolutistas que la única salida para acabar con el régimen liberal era la intervención de las potencias absolutistas europeas.

 

He llegado a un punto, en este apartado, en el que todo lo relatado en él está relacionado con los hechos que sostiene el argumento de la novela de Galdós. Ya sabemos que solamente fueron tres años, ciertamente convulsos, en los que se llevó a cabo el primer ensayo de la monarquía constitucional, tres años en los que sucedieron muchas mas cosas de las que aquí señalo hasta que las tropas de los cien mil hijos de San Luis dieron por finiquitado el régimen liberal y restaurándose el absolutismo tan deseado por el rey conspirador. La Constitución, la de Cádiz, que había hecho aflorar las libertades arraigadas en el ser de la nación española, sepultadas durante siglos por el absolutismo, fue de nuevo derogada pero no enterrada.

 

La etapa que siguió después (1823 – 1833) la década ominosa fue de tristísimo recuerdo pues Fernando VII una vez repuesto a su trono absolutista comenzó a perseguir liberales a muerte. Triste personaje, triste recuerdo.

 

Una trama novelesca en torno al tumultuoso Trienio Liberal


El título de la novela, como ya he mencionado, hace referencia al nombre de “La Fontana de Oro”, un Café de Madrid que servía de club dónde se reunían los liberales por los años en que reinaba Fernando VII.
Se trata de su primera novela y en ella Galdós narra los enfrentamientos entre realistas y liberales en el periodo del Trienio Constitucional (1820-1823) y, simultáneamente, presenta una trama novelesca centrada en el personaje de Clara, una muchacha huérfana, a quien pretenden dos jóvenes —Lázaro y Claudio— que intentan burlar la custodia celosa de su protector don Elías Orejón -Coletilla-, un realista fanático y furibundo que es un espía reaccionario de Fernando VII.

Lázaro llega a Madrid a casa de su tío Coletilla descubriendo horrorizado su fanatismo, pero enamorado de Clara se traslada con ambos a casa de las beatas Parreño, tres viejas mojigatas que someten a Clara cerrilmente a un régimen de clausura hasta que por un mal entendido la expulsan de la casa dejándola en la calle con lo puesto. Estas señoras, emparentadas entre sí y venidas a menos por pleitos de su antecesor, marqués de Porreño, malamente sobrevivían sin olvidar su viejo esplendor. Como dice el propio Galdós: tres mujeres amargadas, secas de espíritu por la falta de amor y de los goces de la vida, tres momias que no podían permitir que hubiera en alguna persona aspiraciones a la felicidad, tres harpías, tres ruinas erigidas en santuario de los buenos principios pretendiendo imponer deberes sagrados a los demás, augurando el fin del mundo por el correr desenfrenado de los hombres, sobre todo los que abrazaban ideas liberales. La misantropía amarga de aquella trinidad, porque las tres parecían sólo una esencia, recordaban (lo añado yo) aquellas Historias de la Frivolidad que se dieron en 1967 en televisión donde la Liga Femenina contra la Frivolidad incorporaron la hoja de parra al desnudo atuendo en las representaciones pictóricas de Adán y Eva. Pero no queriendo frivolizar esta bella historia de Galdós citando a estos tétricos personajes más de lo indispensable, he de mencionar la fealdad de Madrid, que Galdós más próximo a esa época nos narra en su novela diciéndonos que, por aquel entonces, tenía un aspecto muy desagradable: la Mariblanca seguía sobre su pedestal en la Puerta del Sol, como la más concreta expresión artística de la cultura matritense. Lugar, como sucede ahora, en el que  en sus ovaciones y en sus trastornos el pueblo converge en él, aunque sus gentes, las de hoy, sean más heterogéneas y universales. Pero también, aquel público, iban a los clubs, a las reuniones patrióticas de La Fontana de Oro, Grande Oriente,  Lorencini (3), La Cruz de Malta (4)

¡Qué visión la de este hombre que parecía vaticinar algo tan semejante como los actuales movimientos del 15 M. Pero dejaré de divagar y centrarme en la novela en la que se mezcla la historia real, con los asuntos personales de los personajes inventados. Es una novela realista por tanto, pues los acontecimientos históricos, tal como se ha indicado, son reales, así como lo fue el intento de instauración de una monarquía absolutista y el intento de asesinato de los dirigentes liberales. Pero….perdón que ya divagué; retomo la trama y concluyo que Lázaro, el sobrino del fanático Coletilla, consciente de la situación de Clara la busca hasta hallarla, al mismo tiempo es sabedor, Lázaro, de una conspiración palaciega a pachas con su tío, que es quien la lleva a cabo para atentar contra liberales, y avisa a sus amigos liberales de la masacre que les espera, entre los cuales se encuentra su competidor pero ya amigo Claudio. Finalmente antes de cobrar venganza los realistas contra Lázaro por la delación, sano y salvo, huye a su pueblo con Clara. 

Ya de paso quiero añadir algo que concierne muy vivamente a un madrileño como yo, y es que de la lectura de las páginas de la novela se desprende un conocimiento muy vivo de la toponimia de las calles del Madrid de la época del Trienio. La mayoría, por no decir todas, de las calles que hace referencia Galdós todavía existen; alguna ha cambiado el nombre como Gorguera que ahora es Núñez de Arce o la plaza de los Afligidos la actual Cristino Martos. He aquí la nómina de calles que aparece en La Fontana de Oro:

 

Alcalá, Amaniel, Amargura, Ancha, Atocha, Barquillo, Belén, Cara de Dios, Carrera San Jerónimo, Comadre, Don Pedro, Duque de Osuna, El Prado, Fúcar, Gorguera, Humilladero, Lobo, Majaderitos, Mayor, Milaneses, Montera, Negras, Osuna, Paseo de la Florida, Plaza Afligidos, Plaza de Carros, Plaza de la Cebada, Plaza de la Cebada, Plaza de la Paja, Plaza Mayor, Plaza San Marcial, Prado, Puerta del Sol, Puñonrostro, Sacramento, San Bernardino, San Mateo, Segovia, Urosas, Válgame Dios, Victoria

 

 

 

Vuelvo un poco atrás para decir que cuando Clara es expulsada, ella que siempre había estado encerrada en la casa no conocía Madrid, y al deambular sin saber dónde ir de pronto recordó a Pascuala, su vieja amiga, que casada con Pascual se habían ido a vivir a la calle del Humilladero.

 

En su periplo en busca de la calle, descubrió gentes peligrosas que la acosaban, pues ella, una muchacha muy joven y guapa, apetitosa carnalmente, no pudo evitar siquiera los intentos morbosos de un fraile cebón que todo su empeño era llevarla de manera falaz a su casa de la calle Puñoenrostro.

 

A falta de dos capítulos para concluir, el sueño me venció y me acosté, con el desasosiego por esa niña que no encontraba el camino para llegar a Humilladero. ¡Era tan fácil llegar! Su angustia y desazón me hubiera llevado a transgredir la obra para que en mis sueños haberla llevado yo a su destino, el número 13 de Humilladero.

 

Galdosito

 

Yo le llamo galdosito, pero él, evidentemente no lo sabe, aunque si lo supiera seguro que le sonaría a halago.

  

Fernando (galdosito) es un vecino mío que estoy seguro que debe de ser de los pocos madrileños auténticos que aún quedan por este foro. Su manera de expresarse, sus grandes conocimientos de todo aquello que huela a madrileñismo y su modus vivendi, le hace ser un personaje muy parecido a esos que pululan en los sainetes de Arniches y que aún tanto nos deleitan.

Siempre se ha dicho que Arniches tomó la cultura madrileña como referencia costumbrista para sus sainetes, convirtiéndolos en su forma más típica y también tópica de un casticismo exagerado que luego revirtió al pueblo. Pero conociendo a Fernando tan natural al expresarse, no puede decirse que sea aprendido, pues está claro que lo lleva en sus genes, que le nace.

Nacido en el barrio chispero de Madrid (actual barrio de Chueca), le enorgullece su pertenencia por mucho que no esté de acuerdo con el apelativo por el que actualmente se conoce su barrio. Su abuela que también vivía en ese  mismo barrio, se dedicaba a la confección de palpusas, prenda con las que se tocaba el madrileño castizo en las verbenas y en las kermesses, así que la tradición,  sus vivencias, le legitima.

Desde la primera verbena que Dios nos da, la de San Antonio de la Florida, él y doña Mercedes, su esposa, se visten con los respectivos trajes de chulapos y  formando una pareja de rompe y rasga, se van elegantemente agarrados del brazo a disfrutar de lo madrileño en la Bombilla. Hay que verlos y admirarlos, más chulos que el ocho.

Una de sus aficiones es escribir y doy fe que lo hace muy bien pues escribe poesía, relatos, novela, recopila refranes, dichos y modismos, etc., la mayor parte de ellos arraigados en Madrid a través de los años.

Todo este cuento de mi vecino es para decir que en uno de sus relatos se inventó una máquina del tiempo que con milimétrica precisión se hace retroceder en el tiempo justo hasta el momento en que aparece galdosito en plena bulla de “La Fontana”, respirando los humos de los braseros y de los candiles. Y es de tanta la precisión lo que describe, tan real, que de ahí le he venido en llamar galdosito, en honor a don Benito. Él participa en las peroratas, subiéndose a la tribuna de oradores, pero en un rifirrafe, la policía lo detiene y lo conduce a dormir bajo el Angel (6); su preocupación es que no sabe la familia que se ausentó, y la máquina, para regresar al tiempo actual, no la lleva consigo.

Concluyo

 

Por mucho esfuerzo que haga, por muy inspirado que éste, nunca podría definir al rey felón como lo hace Benito Pérez Galdós en su novela. Yo sé que ha recibido alguna crítica por su falta de objetividad; como si alguien tuviera definido y medido esa cualidad como un patrón a utilizar. Fernando VII es un personaje que la historia, vista desde la perspectiva del tiempo trascurrido, lo  tiene definido y catalogado como un rey esperpéntico que a modo de castigo divino les tocó padecer a los españoles del siglo XIX. -Yo no lo hubiera querido ni como presidente de mi Comunidad de vecinos-. Lo cierto es que ha quedado claro y constatado que dejó mucho que desear como rey y como persona. Por eso dejo aquí a Galdós para que con su mejor verbo exprese lo que para él significó este personaje siniestro:

 

No hemos examinado aquella agitada sociedad más que en una sola faz. Las altas regiones del Poder han permanecido impenetrables para nosotros; pero ahora nos toca hacer una excursión hacia los elevados lugares, lugares que llamaba el público la Casa Grande, para conocer, aunque no con la profundidad que el caso exige, la fuente del abominable complot anteriormente descrito.

Aquel rostro execrable que, para mayor desventura nuestra, reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta Madrazo. Es terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece a la de tirano alguno, como Fernando no se parece a ningún tirano. Es la suya la más antipática de las fisonomías, así como es su carácter el más vil que ha podido caber en un ser humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como la del conde-duque de Olivares, ni larga como la de Cicerón, ni gruesa como la de Quevedo, ni tosca como la de Luis XI, era más fea que todas éstas, formaba el más importante rasgo de su rostro, bastante lleno, abultado en la parte inferior, y colocado en un cuerpo de buenas proporciones. La vanidad austriaca no hubiera puesto su boca prominente debajo de la nariz borbónica, símbolo de doblez, con más acierto y simetría que como estaba en la cara de Fernando VII. Dos patillas muy negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y sus pelos, erizados a un lado y otro, parecían puestos allí para darle la apariencia de un tigre en caso de que su carácter cobarde le permitiera dejar de ser chacal. Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladísima ceja que los sombreaba, dándoles una apariencia por demás siniestra y hosca.

Respecto a su carácter, ¿qué diremos? Este hombre nos hirió demasiado, nos abofeteó demasiado para que podamos olvidarle. Fernando VII fue el monstruo más execrable que ha abortado el derecho divino. Como hombre, reunía todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como rey, resumió en sí cuanto de flaco y torpe puede caber en la potestad real. La revolución de 1812, primera convulsión de esta lucha de cincuenta años, que aún dura y tal vez durará muchos más, trató de abatir la tiranía de aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consiguió. La revolución hubiera abatido a Nerón, a Felipe II, y no abatió a Fernando VII. Es porque este hombre no luchó nunca frente a frente con sus enemigos, ni les dio campo. No fue nuestro tirano descarado y descubiertamente abominable; fue un histrión que hubiera sido ridículo a no tratarse del engaño de un pueblo. Nos engañó desde niño, cuando, fraguando una conspiración contra un favorito aborrecido, muy superior a Fernando por su inteligencia, adquirió una popularidad que pronto pagó España con la sangre de sus mejores hijos. Fernando fue mal hijo: conspiró contra su padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminuía el valor de su benevolencia; conspiró contra el trono que debía heredar más tarde, y aun amenazó la vida del que le dio el ser. Después se arrastró a los pies de Napoleón como un pordiosero, mientras España entera sostenía por él una lucha que asombró al mundo. Al volver del destierro pagó los esfuerzos de los que él llamaba sus vasallos con la más fría ingratitud, con la más necia arrogancia, con la anulación de todos los derechos proclamados por los constituyentes de Cádiz, con el destierro o la muerte de los españoles más esclarecidos; encendió de nuevo las hogueras de la Inquisición; se rodeó de hombres soeces, despreciables é ignorantes, que influían en los destinos públicos como hubiera podido influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persiguió la virtud, el saber, el valor; dio abrigo a la necedad, a la doblez, a la cobardía, las tres fases de su carácter. Restablecido a pesar suyo el sistema constitucional, tascó el freno, disimuló como él sabía disimular, guardando el veneno de su rabia, devorando su propio despecho, encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunció antes sin risa ó encono. Lo que es capaz de tramar un ser de éstos, tan hipócritas como cobardes, se comprende por lo que tramó Fernando en aquellos tres años desde las mil facciones y complots realistas, alimentados por él, hasta el complot final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mandó al Trocadero. Así recobró lo que en jerga real llamaba él sus derechos, inaugurando los diez años de fusilamientos y persecuciones en que la figura de Tadeo Calomarde apareció al lado de Fernando, como Caifás al lado de Pilatos. El pacto sangriento de estos dos monstruos terminó en 1833, en que Dios arrancó de la tierra el alma del Rey, y entregó su cuerpo a los sótanos del Escorial, donde aún creemos que no ha acabado de pudrirse.

Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernando VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posible: nos dejó a su hermano y á su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel rey que había engañado á su padre, a sus maestros, a sus amigos, a sus ministros, a sus partidarios, a sus enemigos, a sus cuatro esposas, a sus hermanos, a su pueblo, a sus aliados, a todo el mundo, engañó también a la misma muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El rasgo de miseria y escándalo no ha terminado aún entre nosotros”.

 

Epílogo

 

Respiro hondo después de haber leído lo anterior, me repongo y termino aquí este trabajo, que con tanto gusto he realizado aprovechando los ratos, que han sido muchos, en el tiempo de la Navidad. Sólo una preocupación: he bajado a conversar con Galdosito, y su mujer doña Mercedes estaba muy nerviosa porqué según ella salió muy temprano de casa y son ya las diez de la noche y no ha vuelto; el teléfono está fuera de cobertura…..ay ay ay…me temo que esté durmiendo bajo el Angel. A ver como se lo explico a su mujer.

 

Feliz año 2012

(¡Viva la Pepa!)

 

 

(1)     A principios del siglo XIX, partidario de la monarquía absoluta

(2)     El Trágala fue la canción que los liberales españoles utilizaban para humillar a los absolutistas tras el pronunciamiento militar de Rafael del Riego en Cabezas de San Juan, al comienzo del periodo conocido como Trienio Liberal.

(3)     El café Lorenzini era un café de Madrid ubicado en la Puerta del Sol durante comienzos del siglo XIX. Era muy frecuentado en su época por diferentes Sociedades Patrióticas junto con la La Cruz de Malta y la Fontana de Oro. El café se encontraba en la parte sur de la Puerta del Sol entre las calles de Carretas y la calle Espoz y Mina

(4)     Situada en la calle Caballero de Gracia

(5)     El llamado Manifiesto de los Persas fue un documento suscrito el 12 de abril de 1814 en Madrid por sesenta y nueve diputados por el que se solicitaba a Fernando VII el retorno al Antiguo Régimen y la abolición de la legislación de las Cortes de Cádiz, justo cuando el rey regresa del exilio y se encontraba en Valencia. El manifiesto toma el nombre de una cita que el mismo contiene en la que hace referencia a la costumbre de los antiguos persas de tener cinco días de anarquía tras la muerte del rey. Los firmantes identifican esa anarquía con el periodo de liberalismo imperante. El documento equipara la Constitución de 1812 con la obra de la Revolución francesa y pide la restauración de los estamentos tradicionales del Antiguo Régimen. El documento sirvió de base al rey para decretar el 4 de mayo el restablecimiento del absolutismo

(6)     El actual Palacio de Santa Cruz en Madrid, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, fue otrora una cárcel; la tenebrosa cárcel de Corte.  En 1831 los madrileños proscritos dejaron de«dormir bajo el ángel», expresión castiza y eufemística que hacía alusión al ángel marmóreo que desde el siglo XVII culmina el Palacio de Santa Cruz. Una epidemia de tifus carcelario provocó el traslado a un antiguo saladero de tocino que cambió su uso alimentario para convertirse en la tétrica Cárcel del Saladero, situado en lo que hoy es la Plaza de Santa Bárbara y fue una de las más famosas prisiones de la época, sobre todo por la facilidad con la que se escapaban de ella los reclusos.  el Palacio de Santa Cruz con su ángel allá en la marquesina, se me antoja un ángel de la Guarda, no puede ser otro pues sabiendo del misticismo de los gobernantes de aquella época, es seguro que lo pusieran allí como ángel custodio de la cárcel. Ningún madrileño ha vuelto a dormir bajo esta celestial figura y por lo tanto aquella expresión «dormir bajo el ángel» prácticamente ha desaparecido del diccionario popular. Ahora los convictos duermen «entre rejas», «en chirona», «en el trullo», «en la trena», «en la sombra», «en la jaula» y tantas otras expresiones que seguro se nos puede ocurrir.


GUERRA DE LA INDEPENDENCIA; DOS DE MAYO DE 1808
Mis comentarios sobre la conferencia  Patria, guerra y literatura de don José Montero Padilla del 13 de mayo de 2008, Antonio Martín

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Don José Montero es Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, historiador, conferenciante, autor de numerosísimas obras muy importantes.

Dio un primer golpe de efecto cuando antes de comenzar la conferencia, con parsimoniosos ademanes colocó las cosas ordenadamente sobre la mesa: el reloj para, como el dice, medir el tiempo suficiente para no cansar a la audiencia, las gafas de lejos, las de cerca; nos mostró un libro que había sido escrito en 1908 por su abuelo santanderino, el periodista José Montero, y nos leyó una tierna dedicatoria escrita en la primera página del libro y dirigida a sus hijos pequeños, uno de los cuales habría de ser el padre del conferenciante. El libro, titulado Velarde 1808 – 1908, ha vuelto a ser reeditado recientemente con motivo del segundo centenario de los sucesos del dos de Mayo. Buen comienzo para conseguir una audiencia expectante. Se notaba que el señor Montero sabe mucho de teatro y por lo tanto conoce bien la escenografía y los tiempos para poder ir hilvanando con suma maestría y dominio lo que iba a ser una interesantísima conferencia. Después culminó su introducción con un segundo golpe de efecto para, abriendo una cajita de plástico sacar de ella una pistola antigua envuelta delicadamente en algodón, y que había pertenecido ni más ni menos que al propio Don Pedro Velarde. En 1808 fecha en la que se publicó el libro aludido, la familia descendiente de don Pedro Velarde, en agradecimiento por la obra escrita, obsequió a don José Montero con dicha arma de fuego. Y así va pasando esta reliquia de uno a otro Montero de los que ya forman una saga familiar todos ellos hombres y mujeres ilustres de letras.

Y así con un público ya entregado comenzó su conferencia que intituló Patria, guerra y literatura. Tema que entronca perfectamente en los acontecimientos que surgieron a partir del dos de mayo de 1808, tras los cuales cambiaron conceptos, introduciendo nuevos significados,  y lo que quizás fue más importante, la ciudadanía percibió por primera vez un sentimiento afectivo por la nación, por la Patria. La Patria ya no era solo el lugar, ciudad o país en que se nace, definición exacta pero carente de emoción o sentimiento. La Patria a partir de ese momento es un símbolo afectivo-sentimental. La poesía se encarga de transcribirla y darle sentimiento.

No hay antecedentes en la historia de España y por primera vez se nombra a la Patria. Lo hace espléndidamente de manera muy notoria don Bernardo López García en su famosísima oda al Dos de Mayo que comienza así:


 
Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes pendones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.
Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron;
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que, libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona!



También lo hizo Espronceda, nacido un par de meses antes de los gloriosos sucesos del Dos de mayo. Aquí una muestra de su Elegía a la Patria:


¡Cuán solitaria la nación que un día
Poblara inmensa gente,
La nación cuyo imperio se extendía
Del Ocaso al Oriente!
¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,
Soberana del mundo,
Y nadie de tu faz encantadora
Borra el dolor profundo!
Oscuridad y luto tenebroso
En ti vertió la muerte,
Y en su furor el déspota sañoso
Se complació en tu suerte.
No perdonó lo hermoso, patria mía;
Cayó el joven guerrero,
Cayó el anciano, y la segur impía
Manejó placentero.
So la rabia cayó la virgen pura
Del déspota sombrío,
Como eclipsa la rosa su hermosura
En el sol del estío.



El comienzo y desarrollo de la contienda enardece el espíritu patriótico de los españoles y ello se plasma en la poesía épica que hasta entonces se había nutrido del repertorio de los cantos de los juglares como diversión pública. Por el contrario esta nueva poesía nacía de un verdadero sentimiento del pueblo español en su conjunto, provocado por los acontecimientos que a partir del dos de mayo de 1808 fueron sucediéndose mas allá del final de la contienda. Los bandos contribuían a ese enardecimiento y el más conocido de todos ellos fue el de los alcaldes, atribuido a los de Móstoles, Andrés Torrejón y Simón Hernández.

"La Patria está en peligro; Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid todos a salvarle. Mayo 2 de 1808"
.

Estas frases pasaron durante cien años por ser el auténtico bando que comunicaba los sucesos de Madrid al resto de España y llamaba al alzamiento. Pero la historia ha ido hilvanando todo el proceso después de que en 1908, el párroco de Cumbres de San Bartolomé (Huelva) encontrara entre los papeles del archivo de su iglesia una copia del bando original de Móstoles, no siendo el mismo al que hasta entonces se daba como auténtico. Se sabe ya que aquel texto, épico y enardecedor, sólo es una escueta síntesis del conocido como 'Bando de los Alcaldes', que fue redactado por Juan Pérez de Villamil y Paredes. Posiblemente, el 2 de mayo de 1808 se redactaron dos oficios por parte de Pérez de Villamil, caligrafiados por el escribano Manuel del Valle Espino, uno destinado a ser colocado en los caminos para mayor entendimiento del pueblo llano, y que ha pasado a la historia popular. Otro más extenso y más correcto en términos jurídicos iba dirigido a los alcaldes y regidores de los pueblos entre Móstoles y Badajoz, para informarles de lo que estaba pasando en Madrid y solicitando el envío de ayuda.
El documento encontrado en Cumbres de San Bartolomé es como sigue:

"A estas horas, que son las cuatro y cuarto de la tarde, se nos acaba de entregar un oficio del Sr. Alcalde Mayor de la villa de Fregenal que viene a toda diligencia, referente al que ha recibido del Sr. Alcalde Mayor de la villa de la Fuente del Maestro, que le dirigió el Sr. Alcalde Mayor interino de la ciudad de Mérida, al que un postillón que viene a toda diligencia se le ha comunicado otro de la villa de Móstoles, con fecha dos del corriente, que dice lo siguiente:"

"Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentase este oficio, de mí el Alcalde de Móstoles:
Es notorio que los franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la defensa, sobre este pueblo capital y las tropas españolas; de manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la augusta persona del Rey; procedamos, pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente, como los españoles lo son.
Dios guarde a Vuestras Mercedes muchos años.
Móstoles dos de Mayo de mil ochocientos y ocho.
Andrés Torrejón. Simón Hernández".

A partir del descubrimiento del verdadero bando, al anterior se le denominó, para distinguirlo de este otro, el bando apócrifo. No obstante su utilidad ha sido indudable pues contribuyó a que los españoles sintiéramos la Patria como algo verdaderamente afectivo, como un sentimiento único y propio.

LOS DUROS ANTIGUOS DE CÁDIZ
 

El jueves de Corpus de 1904 en la almadraba situada al final del barrio de San José, unos trabajadores se ocupaban de enterrar las cabezas y desperdicios de los atunes capturados.
 

Sobre las once de la mañana, cuando habían ahondado medio metro en la arena, encontraron varios duros. Un trabajador gallego dio la noticia del hallazgo a uno de los socios de la almadraba, y los carabineros. Al tiempo, el resto de los trabajadores junto a un grupo de vecinos del barrio que se enteraron de que estaban apareciendo duros muy antiguos, comenzaron a abrir frenéticamente zanjas hacia la orilla en busca de mas monedas.
 

Durante toda aquella jornada de Corpus fueron muchas las personas que encontraron lo que llamaron duros y resultaron ser reales de a ocho, acuñados en la ceca de México bajo el reinado del rey Borbón Fernando VI. Monedas que fueron llamadas de ambos mundos porque en la cruz figuraban dos esferas terráqueas.


El siguiente carnaval, la agrupación “Los Anticuarios” sacó un tango sobre lo sucedido. En pocos días todo Cádiz sabía de memoria el tango de los “duros antiguos” cuyo autor
fue el célebre Antonio Rodríguez “El tío de la tiza.

De cómo llegaron allí estas monedas es una incógnita, aunque podría ser cierta la noticia que circuló por Cádiz por la que se daba crédito que dichas monedas venían en un barco de la Armada brasileña que había zarpado de Río de Janeiro en 1827. En alta mar, la marinería amotinada asesinó al capitán y lo convirtió en navío pirata. En el Atlántico, robaron este cargamento a la Flota de la Carrera de Indias. Perseguidos, trataron de ganar el Mediterráneo para escapar pero en la huida confundieron el faro de La Caleta con el de Tarifa, naufragando en 1828. En el pecio quedaron los duros columnarios. Las corrientes de la mar los arrastraron hacia Cádiz. Donde aparecieron en 1904, cuando fue medio Cádiz con espiochas a cogerlos.

CON LAS BOMBAS QUE TIRAN LOS FANFARRONES

Cuando España fue invadida por el ejército de Napoleón en 1808, el país entero se levantó contra el invasor, dando lugar a la famosa Guerra de la Independencia. Mas, desgraciadamente, y después de enconadas luchas, toda España sucumbió bajo el poderosísimo ejército francés. Una ciudad del sur resistió sin que lograran conquistarla jamás. Esa ciudad fue Cádiz, la cual era bombardeada continuamente por la artillería enemiga. En diciembre cayó la primera bomba, cerca del hospital de Mujeres. La bomba tenía en su interior más plomo que pólvora, para darle mayor alcance con el peso. Se agradeció el envío, porque el plomo les venía bien a las gaditanas haciéndose con él bigudís para arreglarse los bucles.

Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones, dice la canción. Este tanguillo se lo explica graciosamente Juanita Reina en el video adjunto. Estamos, pues, ante una canción andaluza que tiene casi doscientos años, y que se sigue cantando allí, en Cádiz, con bastante desenfado. Hoy, naturalmente, integrados y hermanados ambos países con otros muchos en la Unión Europea, en comunidad de destinos, moneda, comercio y libertades, todo esto no es más que pura historia.

   

Con las bombas que tiran

los fanfarrones

se hacen las gaditanas

tirabuzones.

Pues las hembras cabales

en esta tierra

cuando nacen ya vienen

pidiendo guerra.

 

¡Guerra! ¡Guerra!

 

Y se ríen alegres

de los mostachos

y de los morriones

de los gabachos

Y hasta saben hacerse

tirabuzones

con las bombas que tiran

los fanfarrones.

IDIOMA ESPAÑOL EN AMÉRICA

América es el continente con mayor población hispanohablante, y en ella se hablan la mayoría de los dialectos del español, surgidos principalmente de la modalidad de Andalucía y de la de Extremadura, regiones del sur de España.

Mientras que en España las diferencias entre los dialectos del español son muy grandes —tanto léxica como fonéticamente—, en Latinoamérica la homogeneidad es mayor.

El español o castellano es una lengua romance del grupo ibérico, originada en el condado y reino medieval de Castilla, que incluía aproximadamente la actual provincia de Burgos y las comunidades autónomas de La Rioja y Cantabria, en España.

Es hablada como lengua materna por unos 332 millones de personas, es decir, que es la segunda más hablada del mundo tras el chino mandarín. Contando a aquellos que la hablan como segunda lengua, se estima que la cifra alcanza entre 420 y 425 millones, lo que la convierte en la cuarta del mundo, tras el mandarín, el inglés y el hindi

LA NARANJA UN POCO DE HISTORIA
 

El naranjo se introduce en España en época árabe con fines decorativos, ya que su fruto amargo sólo permitía confeccionar compuestos medicinales y también mermeladas que se llamaban "naranjadas". “Naranja” proviene del árabe naranch, y del persa narang, que significa “perfume interior”.

En el siglo XIX, por medio de injertos, un sacerdote aficionado a la jardinería, obtiene en Carcaixent (Valencia) el primer naranjo de fruta comestible, de un agradable sabor fresco y dulce. Desde entonces, la calidad y variedades de las naranjas ha venido sufriendo una constante y beneficiosa transformación. La naranja en América fueron traídas por los españoles, contribuyendo todo ello a aumentar la extensión de su cultivo y su prestigio en la sociedad. 

 

EL PLÁTANO, ORIGEN Y DISTRIBUCIÓN

La historia del plátano se remonta a hace miles de años. Respecto al banano, se hace referencia en las antiguas literaturas hindú, china, griega y romana, y también en varios libros sagrados y en pinturas encontradas en cavernas; existiendo información suficiente en donde se describe la planta, aun antes de Cristo.

Se cree que es originario de las regiones tropicales y húmedas del sureste asiático, habiéndose desarrollado su cultivo simultáneamente en la India, Malasia y en las Islas Indonesias (Sánchez, 1982; Soto, 1985).

En América, fue introducido desde las Islas Canarias por los españoles. De allí se extendió a otras islas y posteriormente a América Tropical.

En la actualidad, éste constituiría un cultivo de importancia económica para diversos países que cuentan con el clima ideal para su cultivo, como las zonas tropicales de México, Centroamérica, Colombia, Venezuela, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia, Islas del Caribe y algunos países del Viejo Mundo.

SÍMBOLO DEL DÓLAR

A partir de 1535 se empezaron a instalar en América casas de moneda: México y Santo Domingo, y posteriormente Lima y Potosí y Santa Fe de Bogotá. Más adelante con la llegada de la dinastía borbónica se abrieron nuevas casas de moneda en Guatemala, Popayán y Santiago de Chile. La plata americana llegaba a España donde se acuñaba, en forma sobre todo, de reales de a ocho, moneda también conocida como peso y luego como duro.
 

Los tipos de las monedas fueron variados, destacando el escudo de la monarquía, el de Castilla y León y la composición simbólica integrada por las columnas de Hércules y el lema del emperador Carlos: PLVS VLTRA.
 

Así nació el famoso columnario, con la imagen de los dos hemisferios, todo sobre unas ondas que representan el mar, y un nuevo lema circular: VTRAQUE VNUN. En las colonias norteamericanas se les llamaba dólares. Los Estados Unidos independientes tomaron como modelo a los reales de a ocho mejicanos para la emisión de sus propios dólares, iniciada oficialmente en 1792.

 


 

El real de a 8 más conocido es el Columnario de plata, en cuyas columnas de Hércules se inspiraron para crear el símbolo del dólar, $.

El símbolo del dólar (una letra S atravesada longitudinalmente por dos barras verticales) que se ve muy a menudo en las casas de cambio y bancos, proviene de la representación de las dos barras de Hércules que figuran en el escudo de España enlazadas por una banda en forma de S donde se encontraba la inscripción Plus Ultra (latín: Más allá).

Fue durante el Congreso de los Estados Unidos en julio del año 1787 que se decidió la creación del Dollar, con la misma paridad que el Duro español, adoptando como símbolo la $, estilizando las columnas del escudo español, cuya guirnalda se transformaba en «S».

 COCIDOS Y POTAJES

El puchero ha constituido, durante cientos de años, el soporte fundamental de la cocina española. Lo que durante el siglo pasado fue el pan de cada día, y plato único la mayoría de las veces; hoy es un auténtico manjar de reyes.
 

Los potajes, cocidos, pucheros, ollas, potes... surgen hacia el siglo XV como una reinterpretación cristiana de la "Adafina", un plato del "sabbath" judío que se hacía con garbanzos, fideos, ternera, huevos duros y pollo.

En aquella época, el cocido se componía de tres platos: la sopa, que se preparaba con el caldo; los garbanzos, alubias y verduras; y las carnes y otras aves. Este puchero se dejaba cocer durante toda la noche, a fuego lento, para así comerlo caliente al día siguiente.

La olla podrida, también llamada pot pourri, es otra reinterpretación de la "Adafina" (del árabe dafana: tapar). Este puchero no supone, como su nombre parece indicar en la actualidad, un guiso putrefacto o descompuesto. La palabra podrida viene de "poderida", cuyo significado es el de poderosa, suculenta o alimenticia. La olla es un plato preparado con carne, tocino, legumbres, hortalizas, patatas y, a veces, algún embuchado.
 

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana del coro, que retumbaba en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica.

(Leopoldo Alas, «Clarín». La Regenta)

El vínculo común a la práctica totalidad de los países hispánicos es, junto al idioma español, el puchero, llámese como se llame en cada lugar y admitiendo todas las peculiaridades y diferencias que se quieran, que también las tiene el español de uno a otro país. Puchero, olla, cocido, sancocho, ajiaco... y más, todo viene siendo lo mismo. Una herencia de la olla española de los siglos XV y XVI, naturalmente adaptada a los productos disponibles y, algo muy importante, al clima de cada región

 ORIGEN DEL NOMBRE CALIFORNIA

El origen de la palabra "California", así como el nombre de quien la llamó así y la fecha en que comenzó a usarse esta denominación, son incógnitas aún no despejadas. Es aceptado como válido que ésta se había derivado de la conjunción de las palabras latinas "calida fornax" (horno caliente), que según algunos, expresó Cortés al arribar a la península.

¡A BUENAS HORAS, MANGAS VERDES!

Es ésta una locución figurada con la que se lamenta o reprende la tardanza en la ayuda, especialmente cuando ésta ya es inútil o innecesaria. También se utiliza cuando se agradecen los méritos demasiado tarde, y en general cuando se hacen las cosas a destiempo. La Edad Media contaba con un tribunal, llamado la Santa Hermandad, cuya función consistía en juzgar y castigar los delitos cometidos a cielo abierto, fuera de los pueblos y ciudades. La reina Isabel I, con gran sentido común, regularizó y ordenó esta institución en 1476 para poner orden en el país, desmembrado por las guerras y el pillaje de grupos incontrolados de mercenarios guerreros que vagaban a sus anchas. Esta hermandad, presidida por el Duque de Villahermosa, ostentaba unas mangas verdes. Debían de llegar a menudo, cuando la fechoría se había ya cometido, y el pueblo acuñó la frase "a buenas horas mangas verdes".

 

BATATA, PATATA, PAPA

La batata llegó a España con Cristóbal Colón antes que el maíz, la patata y otros alimentos originarios del continente americano.
Cuando en el siglo XVI los descubridores españoles trajeron la patata (Papa es el nombre originario en idioma quechua) del Perú a España, posiblemente no la diferenciaron etimológicamente de la batata y la denominaron patata. la primera que llegó a las Islas Canarias en 1560 y diez años más tarde a Sevilla, donde los monjes la cultivaron para alimentar a los pobres. Desde aquí se extendió hacia el norte a través de toda Europa, siendo la responsable de profundos cambios económicos e históricos. En menos de 100 años la patata se cultivaba ampliamente en muchas regiones de Europa, llegando en 1610 a la India, en 1700 a China y 60 años más tarde a Japón. La patata se introdujo en Norte América a través de los inmigrantes escoceses e irlandeses a comienzos del siglo XVIII.

HISTORIA DEL CABALLO EN AMÉRICA


El Caballo dicen que procedía del norte de América, se supone que de ahí emigro a Asia a través del istmo formado por el estrecho de Bearing que unía entonces a América con Asia. Desde este momento llegó a Europa y después a África. Después en América el caballo se extinguió, y los españoles a principios del siglo XVI, volvieron a introducirlo en el continente Americano.

 

Un 23 de Mayo de 1493, comienza de nuevo la historia del caballo en América, con la cédula de los Reyes Católicos de esta fecha que ordenaba el envío al Nuevo Mundo de veinte caballos y cinco yeguas escogidos en el reino de Granada y así se llevó a cabo en el segundo viaje de Colón a América.

 

Las inmensas llanuras estadounidenses y la ausencia de depredadores naturales contribuyeron a su rápida expansión en estado salvaje. Estos animales se denominaron Mustang, nombre que proviene del español mesteño, siendo sus ascendientes la raza andaluza, árabe o Hispano-Árabe. Esto explica que los colonos europeos posteriores a los españoles se encontraran que algunas tribus indias montaran a caballo, ya que el caballo no existía en América en el momento de que ésta fuera descubierta por los españoles.

 

LA VID

 

La vid europea fue introducida en América durante el segundo viaje de Colón, probablemente por medio de semillas de pasas o sarmientos provenientes de las Islas Canarias. En ese viaje, Colón reconoció las Antillas menores, Las islas de Sotavento, volvió a la Hispaniola (Haití) y exploró las costas de Jamaica y Puerto Rico.

Los primeros intentos de cultivar la vid en las Antillas fracasaron, principalmente por problemas climáticos. Se debe esperar hasta 1519, cuando Hernán Cortés conquista México. La mayor altitud de México modifica las condiciones climáticas tropicales, lo cual permite los primeros buenos éxitos en el cultivo de la vid en América.

 

Los reyes de España promovieron inicialmente el cultivo de la vid, indispensable para los fines evangelizadores en el Nuevo Mundo. Se incorpora así la vid, necesaria para producir el vino usado en las celebraciones eucarísticas de los misioneros llegados a América.

 

CHABACANO

 

Eso es muy chabacano, decimos cuando algo no es de buen gusto. Pero ¿cual es el origen de esta palabra? El chabacano es una lengua criolla tomada del idioma español. Lengua hablada en las ciudades filipinas de Zamboanga, Basilan y Cavite, en la que predomina el vocabulario y las frases españolas sobre una estructura gramatical tagala o bisaya. También hay vestigios en otras zonas fuera de la región filipina como es Malasia, Islas Carolinas, Islas Marianas y la isla de Guam

Miren como queda el Padre nuestro en Chabacano de la región de Zamboanga,

 

Tata diamon talli na cielo, bendito el di Uste nombre.

Ace el di Uste voluntad aqui na tierra, igual como alli na cielo.

Dale kanamon el pan para cada dia. Perdona el diamon maga culpa,

como ta perdona kame con aquellos tiene culpa kanamon.

No deja que ay cae kame na tentación Y libra kanamon del mal.

 

¿Y las canciones?, oiganlas. http://zamboanga.net/CancionesChavacano.htm
 

Vean y oigan esta información de TVE y correcciones hechas por Christopher Sundita en su Salita Blog  

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CHAMORRO

Chamorro es la lengua hablada en la isla de Guam y en las islas Marianas del Norte en Oceanía que conserva influencias de español de cuando la época colonial.

http://es.wikipedia.org/wiki/Chamorro

 

Comprobar las palabras de origen español en este diccionario Chamorro - Inglés.

 

 

LADINO

Es la lengua de los sefardíes, también conocido como español sefardí o como judeoespañol.
El ladino es la lengua de los descendientes de los judíos expulsados de España en 1492. La expulsión significó que tuvieron que renunciar a muchas cosas, pero nadie podía impedir que conservaran su lengua. Así, el ladino tiene su origen en el español de finales del siglo XV, pero como toda lengua viva siguió desarrollándose.

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Canciones orientales
(De "Temas sefardíes")


Mama, yo no tengo visto
pájaro con ojos mavís
rubio como la canela,
blanco como el yazimín.

¿Quién es ese pajarico
que en mi salón entró:
Pircuró hacerse nido
adientro de mi corazón.

Asentada en mi ventana
laborando el bastidor,
haber nuevo me trujeron
que el mi amor se desposó.

Desposátes, mi querido
confiticos me enviarás:
comeré con amargura
también con mucho dolor

A la una yo nací,
a las dos me engrandecí;
a las tres tenía amante,
a las cuatro me casí.

Dime, niña, dionde vienes,
que te quiero conocer
y si no tienes amante
yo te haré defender.

Abre este abajur, bijú,
abre la tu ventana;
por ver tu cara morena
al Dio daré mi alma.

Por la tu puerta yo pasí
y la topí cerrada,
la llavedura yo besí
como besar tu cara.

Una canción del Siglo de Oro
(De "Temas sefardíes")

Morena me llaman,
yo blanca nací
de pasiar galana
mi color perdí.

Morena me llama
el hijo del rey
si otra vez me llama
yo me vo con él.

Refranes
(De la revista Akí Yerushalayim)


Kuando el pishkado está en la mar, no invites djente a senar.
La ambre abolta el pan en karne.
Pan i keso kon amor y no geyna kon dolor.
Ken mete kara, kaza, y ken no, keda en kaza.
Asta ke al riko le viene la gana, al prove le sale l’alma.
Ni djustisia vale sin ley, ni ley sin djustisia.
Azno kayado, por sabio kontado

 

ESPAÑA LLEVÓ A AMÉRICA

Desde el siglo XVI  los españoles conquistadores y colonizadores llevaron a América sus propios hábitos alimentarios, provenientes de las cocinas árabes, españolas y europeas. De esta manera se logró una fusión con los elementos autóctonos de las culturas prehispánicas arraigadas en el territorio americano, que dio como resultado una cocina mestiza, ritual y creativa, una fiesta para la vista y para el olfato.

Los españoles llevaron las berenjenas, el cilantro, perejil, el trigo, cebada, centeno, la vid, cebollas, espinacas, arroz, habas, garbanzos, lentejas, ajonjolí, comino, orégano, pimienta, duraznos o melocotones, melones, higos, cerezas, naranjas, limones, pomelo, coliflor, lechuga, lentejas, cebollas, ajo, nabos, aceite de oliva, coliflor, lechuga, coles, guisantes o chícharos, rábanos, zanahorias, remolacha o betabel, pepinos, alcachofas o alcauciles, acelgas, calabazas, carnes de cerdo y vacuno, cabras y ovejas, pollos, patos.

 

MI QUERIDA ELLE (LL)

por Rosario González Galicia

 

http://www.babab.com/no09/elle.htm
 

 

SE LE VE EL PLUMERO

 

Suele decirse  ¡SE TE VE EL PLUMERO! a aquél cuyas intenciones están claras aunque las pretenda mantener ocultas;  se le nota la tendencia política y, en sentido más amplio, que se le ven las intenciones. El vigente dicho viene de cuando el Ejército Nacional contaba con un llamativo penacho que coronaba el gorro militar y que anteriormente fue un instrumento de los progresistas en su lucha contra el absolutismo y, por ello, el llamativo penacho de plumas pasó a simbolizar las ideas que esta milicia defendía.

APELLIDOS ESPAÑOLES EN FILIPINAS

 

Siendo que los filipinos son, básicamente, de raza malaya, una gran parte de ellos llevan apellido español.

En el siglo XIX, las autoridades españolas de la colonia, promulgaron un edicto disponiendo que la población filipina adoptara apellidos hispánicos. Esto se hacía a efectos de empadronamiento y recaudación de impuestos y para ello echaron mano del catálogo alfabético de apellidos.

 

ENCUENTRO ENTRE CULTURAS (http://www.spaniolere.dk/spansk/index.htm)

»En mi pueblo hubo una vida asombrosamente bulliciosa y
agitada hasta que los españoles estuvieron ahí. El día que se
fueron, el pueblo quedó como vacío y muerto
«

Este comentario resume el agradecimiento del pueblo danés a los españoles que integraron una fuerza militar expedicionaria, instalada temporalmente en Dinamarca en 1808. Esta fuerza, inicialmente aliada del Emperador Napoleón, se levantó en armas contra el propio mando francés cuando tuvieron conocimiento de la revuelta iniciada en España contra José Bonaparte.

Los daneses aún recuerdan aquel encuentro entre culturas y han llevado a cabo una exposición en Dinamarca que se denomina Cuando llegaron los españoles , exposición que muestra la influencia que dejó en 1808 aquella expedición militar española.
 

LA GRIPE Y EL ESTORNUDO

En el antiguo convento de Santa María Magdalena de la Penitencia, vulgo Recogidas, en Madrid, se fundó en 1587 el Hospital de Peregrinos y del Catarro, dedicado a los enfermos de una epidemia de gripe (entonces no existía esa palabra) que en 1680 invadió Madrid. Allí se aislaban los afectados de aquel catarro, uno de cuyos síntomas era el estornudo, por lo que se estableció esa costumbre de decir Jesús cuando una persona estornudaba, con el cristiano deseo de que la enfermedad remitiera. Aún en nuestros días perdura esa costumbre, la de decir Jesús cuando se estornuda, que seguramente muchos desconocían su procedencia.

ESTAR SIN BLANCA

 

Expresión española que quiere decir que se carece de dinero. No sé si en otros países hispanohablantes circula esta expresión; alguien me lo dirá.

La blanca era una moneda castellana que se acuñó desde el siglo XIV al XVII. Inicialmente fue una moneda de plata de 4,55 grs. acuñada por Pedro I y con un valor de medio maravedí. Pero en los reinados posteriores fue perdiendo ley y peso. En 1930 Enrique III la acuñó en vellón (aleando la plata con cobre) y en tiempos de Felipe II la ley había bajado de 21 partes a 4 y su valor era de 2,5 maravedís.

El escaso valor y la pérdida constante del mismo a que fue sometida la moneda, originó el modismo. Estar sin blanca equivale a decir que se carece de la más ínfima de las monedas.


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