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GUERRA DE LA INDEPENDENCIA; DOS DE MAYO
DE 1808
Testigo mudo de la historia
por Antonio Martín
Este es el único ejemplar de su
especie que se encuentra en el Retiro madrileño y tiene más de 300 años.

Cuando estuvimos en guerra con Napoleón
Bonaparte, los franceses estuvieron acuartelados en el Parque del Retiro de
Madrid y cortaron numerosísimos árboles de especies variadas para
hacer fuego y calentarse de las frías noches de Madrid. Este que se ve en la fotografía es un
ejemplar superviviente de aquella tala indiscriminada. Es un testigo mudo de
la historia de España.
Este árbol denominado Ahuehuete fue plantado en 1633, por lo que es
probablemente el árbol mas antiguo de Madrid. En Méjico, de donde es
originario, se conservan ejemplares longevos, siendo el más antiguo el Árbol
del Tule en Oaxaca, que se estima en unos 2000 años de edad. Su nombre
proviene del náhuatl que significa "árbol viejo de agua", debido a que crece
en lugares donde abunda el agua.
De esta especie perteneció el conocido árbol de la Noche Triste, bajo el que,
según la tradición,
el conquistador español Hernán Cortés lloró la derrota de una batalla contra
los aztecas y la pérdida de casi la mitad de su ejército. Todavía puede
observarse este árbol en la calzada México-Tacuba, en la Ciudad de México.
Cementerio de la Florida
por Antonio Martín
Hace tiempo que quería visitar este
histórico Cementerio, pero
debido a lo restrictivo de los horarios de visita no pudo ser posible hasta
ahora. En un recóndito paraje cerca de la Ermita de San Antonio, permaneció
olvidado y descuidado durante muchos años.
¡Cuantas veces había yo pasado por la puerta!, cuando de pequeño mis padres
me llevaban a la verbena de San Antonio. Bajando desde el Paseo del Pintor
Rosales, muy cerca del antiguo paso a nivel del ferrocarril. Allí, en ese lugar, permanece desde hace algo más de 200 años. En él, 43
patriotas fueron inhumados después de haber sido arcabuceados por los
franceses en la madrugada del 3 de Mayo de 1808, en represalia por los
acontecimientos históricos del día anterior.
Me
encontré con el señor Aparisi, reconocido historiógrafo de Madrid,
un hombre con una extensa obra bibliográfica dedicada a ésta Villa del Oso y
el Madroño. Conversé un rato con él y le pregunté si era
cierto que esos fusilamientos del 3 de Mayo, o de la Montaña del Príncipe
Pío, representados en el
famoso cuadro de Goya, habían sido hechos en lo que hoy
día es la Plaza de España, junto al antiguo cuartel de Prado Nuevo, como
algún autor de actualidad afirma; me dijo rotundamente
que no. Añadió que no está documentado el sitio exacto pero en su opinión se
hicieron entre el punto en el que está situado el teleférico y la rosaleda,
a escasa distancia de ese lugar.
La
conversación que tuve con el señor Aparisi fue en relación con
ese cuadro de Goya, pintado en 1814. Yo le comenté que si esos fusilamientos
fueron hechos en la Montaña del Príncipe Pío, yo no relacionaba los
edificios, ciertamente voluminosos que se contemplan de fondo en el lienzo
de Goya, con alguno de los edificios actuales que muy bien pudieran haber
sido los del Palacio Real. Él me aclaró que ese lienzo lo hizo Goya
probablemente inspirándose de una litografía de Miguel Gamborino y que como
puede comprobarse son idealizaciones parecidas, salvo algunas pequeñas
diferencias; los franceses ejecutores pertenecían a un batallón de Marina de
la Guardia Imperial, que aparecen con capas y capuchas en el lienzo de Goya,
puesto que era un día de lluvia, sin embargo en la litografía aparecen
con el uniforme militar francés de otro cuerpo o batallón diferente. Al
contrario de los que algunos creen (los menos) Goya no estuvo allí y sólo
cuando le pareció oportuno, quizá para afianzar su patriotismo en contra de
los que les habían tachado de afrancesado, decidió pintar ese lienzo. Como
muy cerca del lugar podría haber estado en su Quinta del Sordo, lugar de su
residencia, pero aún así dicha finca (antigua estación de Goya), andaba
lejos del escenario de los fusilamientos.
Durante la conversación, el señor Aparisi
hizo unos cuantos razonamientos. "Generalmente los fusilamientos,
desde el punto de vista militar,
nunca se hacen en lo alto de una montaña ni en sitio despejado sino en una
ladera o en la cuneta de una carretera". Está documentado
que cerca del lugar de los fusilamientos había un tejar. Él ha estudiado la
zona y halló tres tejares y el mas probable era, según él, uno que estaba en
la ladera del terraplén que existe desde el paseo del Pintor Rosales hacia
el paseo de la Florida y concretamente entre
los puntos que ya he citado, a escasos metros del Cementerio de La Florida.
Estos terrenos habían pertenecido a la finca denominada del Príncipe Pío y
que posteriormente comprados por la Casa Real,
se añadieron a los del Real Sitio
de La Florida cuyos dominios llegaban hasta dónde hoy está ubicado el Palacio de la Moncloa,
sede de la Presidencia del Gobierno.
Existe un relato guardado en el Archivo de la Villa que viene a confirmar
que el lugar de esas ejecuciones sumarias fueron hechas muy cerca de la
iglesia de San Antonio de La Florida. Es el único testimonio que existe
sobre lo que pasó aquella madrugada del 3 de Mayo
de 1808. Juan Suárez, al comenzar los tumultos del 2 de Mayo dejó en su casa
a su mujer, sus tres hijos y a su madre sexagenaria y
se fue a pelear al
Parque de Artillería de Monteleón. Allí, la guardia polaca le hizo
prisionero y acabó en la montaña de Príncipe Pío.
Cuenta el mismo:

"Ya de
rodillas para recibir las descargas,
pude desasirme de mis ligaduras y tenderme en el suelo, echándome a rodar
por una hondonada. Cuando me levanté, magullado, disparáronme algunos tiros, y aún trataron de
perseguirme, cortándome la
retirada; pero yo, más ágil, les gané la tapia que salté, yendo a refugiarme
a la iglesia de San Antonio de La Florida".
Este Cementerio histórico está situado exactamente en la calle de Francisco
y Jacinto Alcántara. Se erigió en ese lugar en el año 1798 a iniciativa de
la Casa
Real para destinarlo a sus empleados y sus familiares. Los 43 patriotas
arcabuceados por los franceses, permanecieron, como venganza y escarmiento,
insepultos hasta el día 12 en que fueron inhumados finalmente en este lugar.
A
la entrada del recinto existe una llama votiva sobre un pebetero y una
reproducción en cerámica del lienzo que Francisco de Goya dedicara a
aquellos 43 asesinados. Luego se accede a un patio de estilo castellano con
una lápida en el suelo que da testimonio de los enterramientos. Una capilla
da paso a la cripta donde en una lápida se recoge el nombre de algunos de
los asesinados aquel día: eran las cuatro de la madrugada del tres de Mayo
de 1808.
Un madrileño Chipén
por Antonio Martín
Fernando es un
vecino mío que estoy seguro que debe de ser de los pocos madrileños
auténticos que aún quedan por este foro. Su manera de expresarse, sus
grandes conocimientos de todo aquello que huela a madrileñismo y su modus
vivendi, le hace ser un personaje muy parecido a esos que pululan en los
sainetes de Arniches y que aún tanto nos deleitan.
Siempre se ha
dicho que Arniches tomó la cultura madrileña
como referencia costumbrista para sus sainetes, convirtiéndolos
en su forma
más típica y también tópica de un casticismo exagerado que luego
revirtió al pueblo. Pero conociendo a Fernando tan natural al
expresarse, no puede decirse que sea aprendido ,
pues está claro que lo lleva en sus genes,
que le nace.
Nacido en el
barrio chispero (1) de Madrid (actual barrio de Chueca), le enorgullece su
pertenencia por mucho que no esté de acuerdo con el apelativo por el
que actualmente se conoce su barrio. Su abuela que también vivía en
ese mismo barrio, se dedicaba a la confección
de palpusas, prenda con las que se tocaba el madrileño castizo en las
verbenas y en las kermesses, así que la tradición, sus vivencias, le
legitima.
El barrio
chispero
donde nació y su ascendencia madrileñísima, le ha hecho ser un gran amante de
todo aquello relacionado con las viejas costumbres de Madrid. El dice
que todo lo que se refiera a lo chispero le resulta cariñoso, así que cuando
llega alguna de las verbenas
de Madrid, él y
Doña Mercedes, su esposa, se visten con el respectivo
traje típico de Madrid y
formando
una pareja de rompe y rasga, se van elegantemente agarrados del brazo a disfrutar
de lo madrileño. Hay que verlos y admirarlos, más
chulos que un ocho (2). Y si es bailando el
Chotis (3) seguro que son unos
campeones.
Una de sus
aficiones es escribir y doy fe que lo hace muy bien pues escribe poesía,
relatos, novela, recopila refranes, dichos y modismos, etc., la mayor parte
de ellos arraigados en Madrid a través de los años.
Sus escritos
se basan principalmente en el costumbrismo histórico de
Madrid. Tiene en su haber numerosos libros escritos que heredarán sus
nietos pues por H ó por B, no los ha podido publicar. Sus biblias son varias
pero el Pedro de Répide es una de sus fuentes predilectas, negándose en redondo
tener Internet. Hay que verle y oírle cuando se le nombra esa herramienta
tan actual.
En una de estas
frías mañanas nos encontramos. Le dije: Fernando a ver cuando me das alguno
de tus trabajos para ponerlos en mi página Web. Dudó por un momento, no por
que no quisiera dármelo, sino porque en su cabeza hizo un repaso de lo que me pudiera interesar. ¿Sabes de dónde viene la expresión
echar
una cana al aire?, pues no, le contesté. Ah pues mira ya te voy a dar algo
sobre eso.
Ayer me encontré
en el buzón una carta y su contenido giraba sobre el significado de
Testificar, lo de la cana al aire seguro que lo habrá dejado para
otra ocasión.
Su carta
empezaba así:
Amigo Antonio:
Posiblemente, el
origen de este popular dicho será de tu conocimiento, pero ordenando un
poco el origen de los que conozco, este me sigue haciendo gracia. Yo lo
narro a mi estilo, pero el origen es el que indico
Fernando
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He aquí su trabajo:
Testificar
por Fernando Gómez
No
es por que sea frecuente decir que ha sido llamado para testificar ante el
juez, normalmente la mayoría de los ciudadanos no somos requeridos por un
tribunal, y los que lo son suelen ser por nimiedades. Esto sucede, porque
una minoría se encarga de estar dando trabajo de forma permanente a esos
magistrados, y para los demás
no queda tiempo. No nos importa esa
discriminación, somos gente bastante comprensiva y entendemos, que es mas
divertido y fácil juzgar a uno que se dedica a robar gallinas ponedoras que
a esos sujetos que de la noche a la mañana se apalancan los cuartos de una
sociedad de inversiones, o a esos magos que hacen desaparecer los fondos de
una caja de pensionistas.
A
pesar de lo infrecuente de esa citación, que nos impide poder decir que hemos
sido requeridos para ir a testificar, mi curiosidad me llevó a presenciar un
juicio en el que uno de los testigos llamados a declarar, en el momento en
el que el juez le advirtió, que estaba obligado a testimoniar de forma veraz;
según estaba levantado hizo un movimiento como si fuese a poner la mano
sobre un libro que le presentaba un funcionario, cuando a una señal del juez,
se abalanzaron sobre el dos fornidos guardias con las porras en ristre,
descargándolas fuertemente sobre el testigo como unas treinta veces cada uno,
desoyendo los alaridos del desgraciado testigo.
Los
aullidos y lamentos de aquel pobre hombre, lanzados de forma entrecortada,
apenas permitía entender lo que decía, solo le entendí algo que se refería a
los italianos y a los romanos. Me dio la
impresión, que se trataba de algún juicio relacionado con las mafias
internacionales.
Una
vieja que estaba sentada junto a mí, que según me estuvo contando antes de
empezar la vista,
no se perdía ni un juicio, puesto que de ese modo pasaba
entretenida la mañana sin gastarse nada; me dijo tapándose la boca con la
mano de forma disimulada.
Esta claro,
ese sujeto es de la camorra, no hay más que verle. ¡Si lo sabré yo!
¿Lo de la camorra lo dice usted por la que se ha
montado?
No, hombre
no. Es de la camorra o de la mafia. ¡Si se le nota
a la legua!. Seguro que ha matado a alguien
Mire usted
señora; este juicio es por que al cuñado de ese que se ha llevado la
tanda de garrotazos, le pillaron los dedos con la
puerta del bar que frecuenta en su barrio, y como le
dejaron todas las uñas de una mano de color negro por el portazo, lleva
mas de un mes con el taller de relojería cerrado, por que no es capaz ni
de cambiar una correa. Denunciando al del portazo, al que le pide daños
y perjuicios.
Entonces, a
ese que le han dado la manta de palos le tendrán también que inden...
Unos
tremendos martillazos dados por el juez sobre la mesa y el grito de silencio
acabo con nuestra conversación, al que se había llevado la somanta, le
habían puesto unas tiritas y una boina para que no se le vieran los
chichones, y el juez, dirigiéndose a él de forma severa le aconsejo.
Como
vuelva a repetirme esa demostración, le voy a meter en la cárcel con una
condena de cinco años. No se lo volveré a repetir ¿Se ha enterado?
Pido
a su señoría que me permita darle una explicación antes de continuar con la
declaración.
Me
olvide de la vieja y centre toda mi atención en lo que decía aquel pobre
hombre.
Empezó
por decir que era profesor de Historia Universal,
especializado en la
italiana, y que en ese momento en el que se le pedía promesa o juramento,
su
pensamiento le llevo a recordar como se comportaban los antiguos romanos,
cuando en los juicios se les solicitaba que dijeran la verdad. Aclaró que
la Biblia todavía ni existía, y para ellos, jurar decir la verdad, estaba
representado por el gesto, en el que la mano derecha apretaba de forma
aparatosa sus testículos, y que de ahí procede la palabra testificar.
Aclaro
que fue un lapsus, y que en ningún momento pretendió dar a entender de que
iba a responder como se le pusiese en los c………
Al
final, todo fueron disculpas y advertencias, para que no volviese a incurrir
otra vez en el mismo error.
Yo
me fui con la enseñanza de saber de donde procede lo palabra testificar y su
significado. Espero que llegado el caso, no tenga un lapsus como el de la
paliza.
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(1)Los
chulapos eran también conocidos como chisperos, porque su
barrio era donde se concentraba un gran número de
herrerías, y muchos de sus mozos eran
herreros. Los herreros eran denominados chisperos por las
chispas con las que entraban en contacto como consecuencia
de su oficio en la
fragua
(2) Esta
expresión se debe a un tranvía que antiguamente había en
Madrid, y que llegaba hasta
donde se celebraba la verbena de San Isidro.
Este tranvía
era el numero ocho, y todos
sus ocupantes iban vestidos de chulapos y chulapas
(trajes típicos de Madrid). Por eso se comenzó a decir; eres
más chulo que el ocho. Con el paso de los años el tranvía ha
desaparecido, pero la expresión, con un pequeño cambio,
“eres más chulo que un
ocho”, todavía se mantiene.
(3) El chotis se puso de
moda en toda Europa durante el siglo XIX. En
Madrid, al son de un organillo se
baila en pareja cara a cara, y durante el
baile la mujer gira alrededor del hombre,
que gira sobre su propio eje. Se dice que el
hombre no necesita más espacio que el de una
baldosa para bailarlo. Generalmente se baila
en las verbenas,
fiestas típicas de Madrid. Las mujeres
suelen bailarlo ataviadas con un mantón de
Manila y los hombres suelen lucir una palpusa
en su cabeza.
El
Regicida Cura Merino
por Antonio Martín
La Iglesia
de
Santa Teresa y Santa Isabel,
o de Chamberí como también la llaman, tiene mucho de entrañable para mí,
pues fui bautizado en ella, bueno, mejor dicho, en un local dependiente de
la parroquia ya que el edificio estaba en obras por la gran destrucción que
se le causó durante la contienda civil de 1936. Aún recuerdo sus torres
ennegrecidas por el fuego. Edificio de estilo ecléctico aunque algunos dicen
que es neoclásico, su vistosidad se percibe desde cualquier ángulo de la
plaza del
pintor Sorolla.
Pero no os voy a hablar de esta iglesia, aunque sólo lo justo para
establecer un punto de partida interesado en este relato. Se trata de un
hecho histórico que aconteció en Madrid el día 7 de Febrero de 1852; la
ejecución del cura Merino por intentar asesinar a la reina Isabel II cinco
días antes, el 2 de Febrero.
Pasaba por sus inmediaciones la comitiva que conducía al reo Don Martín
Merino al
Campo de Guardias
para ser ajusticiado. Montado sobre un jamelgo y vistiendo la
hopa amarilla, se mostraba
con una inusitada altivez y desparpajo, impropio de su situación de reo
convicto. En el tránsito hacia el lugar donde había sido instalado el
patíbulo, dirigía sus miradas a todas partes, fijándose en los objetos que
se ofrecían a su vista, uno de ellos la Iglesia de Chamberí, diciendo al
observar una de sus torres, "Efectivamente, está
desnivelada".
Quiero
figurarme el escenario, un funesto cortejo atravesando la encrucijada de
Santa Engracia con el Paseo Martínez Campos, en aquel momento el paseo del
Obelisco, y el paseo de la Habana, Eloy Gonzalo en nuestros días. Según he
logrado saber, Chamberí era un arrabal semidespoblado lleno de tejares y
unas pocas casas mal alineadas, conformando un vasto e incipiente trazado de
las calles. La Iglesia, construida por las aportaciones económicas y el
trabajo de unos pocos y voluntariosos vecinos
del barrio, vio demorada su
consagración numerosas veces, de tal suerte que por acelerar su terminación,
la manufactura quedó resentida por lo que no es de extrañar que la torre
quedara algo torcida como para que el condenado Merino se percatase de ello
de camino al patíbulo. A poca distancia de allí el reo sería ejecutado a
garrote vil, en un descampado destinado a “Campo de Guardias”.
Paradójicamente y al poco tiempo, estos terrenos formarían parte de las
instalaciones del Canal de Isabel II, que surtirían de agua potable a la
Villa de Madrid.
Justo es ilustrar, aunque sea alterando el orden de aquel suceso, sobre el
arrabal de Chamberí, el cual fue, por su amplitud y cercanía, el objetivo
del ensanche de la ciudad, una vez derribada la cerca que estableciera
Felipe IV en 1625 para cerrar la ciudad. Así, la idea de ampliar los límites
de la ciudad, solucionaba los problemas de hacinamiento que planteaba el
imparable crecimiento de la Villa del Oso y del Madroño. Los caminos que
discurrían por el exterior de la cerca, lo que hoy son las calles de Alberto
Aguilera, Carranza, Sagasta y Génova, se denominaban Rondas porque al estar
fuera de los límites de la ciudad era necesario ejercer la vigilancia para
lo cual se formaban patrullas destinadas a "rondar" esos caminos para que no
pasaran de manera furtiva elementos contrabandistas al interior de la
ciudad. Hay que tener en cuenta que la razón de esas cercas en sus últimos
tiempos era más una razón fiscal que de defensa, para que las mercancías
pasaran por los lugares establecidos y así pagar los tributos o alcabalas
establecidos. Cuando esa cerca desapareció, los caminos que la rodeaban
siguieron llamándose Rondas, como en Paris se les llamó Bulevares, es decir,
una vía de comunicación basada en antiguas defensas, puesto que la palabra,
bulevar, procede del holandés bolwerk que significa defensa.
Muy cerca de La Ronda de
Santa Bárbara, dónde estuviera la Puerta del mismo nombre por la que se
accedía a Madrid, y hoy Plaza de Santa Bárbara, estaba ubicada la cárcel de
El Saladero. Allí, tras haber confesado su crimen, trajeron a nuestro hombre
a eso de las nueve de la noche del 2 de Febrero, en una berlina de alquiler.
La cárcel del Saladero, si bien no era ya comparable con la anterior y
tenebrosa
cárcel de Corte - actual edificio
del Ministerio de Asuntos Exteriores -, dejaba mucho que desear, sobre todo
por el edificio, impropio para una cárcel por haber sido construido para
otro fin, ni más ni menos que un saladero de tocino.
El reo
entró enseguida en capilla; lo hizo sin inmutarse, impávido, sin una
afectación aparente aunque la procesión fuera por dentro.
Era Merino de algo más que mediana
estatura, y de más de sesenta años de edad. Demacrado en extremo, muy
pronunciados en su cara y en sus manos los nervios y los huesos, casi
extenuado su cuerpo, aunque de espíritu fuerte, dejaba ver en su rostro y en
su actitud las trazas de sus padecimientos físicos.
Aparecía taciturno, tétrico, tranquilo, frío hasta la impasibilidad.
El ardor de su imaginación, sus ideas radicales,
se habían como connaturalizado en él, y
parecía constituir su estado normal.
Don Martín
Merino Gómez había nacido en el año 1789 en la ciudad de Arnedo, no muy
lejos de Calahorra. A la edad de 9 años ingresó en el Convento de San
Francisco en Santo Domingo de la Calzada donde fue un
alumno aventajado pero
rebelde, rebeldía esta que los frailes trataron limarla a fuerza de ayunos y
penitencias.
Conocidos
los sucesos del 2 de Mayo en Madrid ya a la edad de diecinueve años, a
Martín le hirvió la sangre. Tras recibir el permiso del superior, salió del
convento dispuesto a luchar contra los franceses,
alistándose tan pronto pudo en alguna de
las muchas partidas de guerrilleros que operaban por el Sur de España,
estableciéndose finalmente en Cádiz cuando estaba siendo sitiada por los
franceses.
El día de
San José de 1812 se promulgó la Constitución; Martín asistió emocionado a la
Jura. Se empezaron a perfilar los dos bandos y nacieron los términos de
“serviles” y “liberales”. A Martín le gustó más el último término y se
aferró a él.
Martín se
hizo presbítero en Cádiz en 1813, volviendo al año siguiente al convento de
frailes reformados de Santo Domingo de la Calzada dispuesto a hacerse fraile
gilito, como su madre siempre había soñado.
Así las
cosas él estaba dispuesto a no ocuparse de políticas y confiaba, aunque con
cierto recelo, en que Fernando VII respetaría la Constitución, pero no fue
así y el Rey abolió la Constitución volviéndose al antiguo régimen
absolutista. Persiguieron a los liberales y las ejecuciones eran frecuentes.
Martín por temor a ser delatado por sus ideas liberales huyó a Francia,
regresando después de que
Fernando VII jurara la
Constitución <<Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda
constitucional>>, dijo pomposamente el rey en el momento de acatar la
Constitución liberal. Mientras tanto la creencia de Martín en la buena fe
del rey se había desvanecido por completo.
Así las
cosas, se habían decantado dos facciones políticas, los partidarios del
absolutismo a la vieja usanza y los liberales.
Austria,
Prusia, Rusia, y Francia firmaron un tratado para restaurar en España el
absolutismo fernandino, puesto que el régimen Constitucional ibérico les
producía desazón; se encomendó a Francia la tarea de devolver al Borbón los
privilegios y derechos del Trono de Sus Mayores. Y así el 7 de abril
cruzaron la frontera los "Cien mil hijos de San Luis" con el Duque de
Angulema al frente.
Gracias a la intervención de las cuatro
naciones europeas se fortaleció el absolutismo en España volviendo el terror
a los liberales que eran encarcelados y ejecutados tan solo por simples
sospechas de haber manifestado simpatías por el régimen constitucional, por
tener un retrato del General Riego, por criticar las patillas o la nariz del
rey o simplemente por perturbador, hereje o revoltoso. En estas
circunstancias Don Martín volvió a exiliarse en Francia.
El 10 de octubre de 1833 nació una sucesora
directa a la corona. Se le impusieron los nombres de María Isabel Luisa, y
don Martín no sospechó por entonces que esa recién nacida iba a ser la
causante de su muerte.
Muere Fernando VII el 29 de septiembre de
1833 y comienza la primera guerra carlista, la reina María Cristina abdica
sus poderes en una regencia provisional presidida por el general Esparteros
y así Don Martín decide regresar a Madrid.
Por Europa empezaban a mudar los vientos, que
de acariciar las popas monárquicas se inclinaban ahora a alentar rumbos
republicanos. En España resonó el seísmo republicano.
Al entrar en la Plaza Mayor, don Martín vio
un día de aquellos un papel engomado de “se arrienda un cuarto” en una casa
del callejón de Arco del Triunfo número 2, antes del Infierno. Al estar
libre, acomodó el precio, más barato que el que tenía en Bordadores. Mal
ventilado pero cubierto de ruidos exteriores, decidió trasladarse allá. Don
Martín era un hombre de buena ilustración, algo desviada y trastocada para
la vida, al que había que tomarle ciertas cosas como simples excentricidades
sin malicia. Su hígado enfermo y sus males de vejiga le afectaban el seso
sin mermarle por ello la razón.
El Lunes 2 Febrero de 1852, Purificación de Nuestra
Señora, Don Martín salió hacia las nueve de la mañana a decir Misa a San
Justo y regresó para tomar una taza de chocolate y coger una vela para la
Procesión de las Candelas. Pidió un hilo a Dominga y se encerró a coser la
funda del puñal -adquirido pocas horas antes en el Rastro- en el interior de
la sotana y así estuvo dispuesto a acabar con la vida de Narváez. “Vendré
tarde, si es que vengo esta noche”, dijo por despedida a la criada. Echó a
andar calle Mayor abajo hacia el Palacio Real. Al llegar a las verjas
comprobó que estaba lleno de mirones. Las reina madre y la reina Isabel II
iban a salir de la capilla de Palacio. Don Martín entrevió a Narváez entre la grey de coronados y lo
compadeció, pero endureció el ánimo, por que iba a salvar a España del
desastre. Cruzó la puerta sin que los centinelas lo detuvieran y se metió
entre las filas de alabarderos que custodiaban la zona. "Si no es Narváez,
la reina o la reina madre", se dijo; "que caiga el que sea".
Aquel día, 2 de febrero, era
el destinado para la primera salida de la Reina, después de
haber dado a luz a la entonces Princesa de Asturias,
Doña María Isabel Francisca de Asís
–a la que el pueblo de Madrid más adelante bautizara cariñosamente como la chata-.
Celebrada la función de la Real capilla, la Reina y su séquito debían
dirigirse al templo de Atocha para la solemnidad de la presentación de la
Princesa.
La comitiva Real, caminaba despacio por las tapizadas galerías de Palacio,
por entre las dos filas de la numerosa concurrencia que las inundaba
Don Martín vio salir a las dos reinas, la más
joven, pomposa, con un manto
de terciopelo carmesí bordado en oro;
“¿Dónde estará ese demonio de Narváez?”, se preguntó Don Martín.
La reina se acercaba a paso lento. Don Martín dio un paso hacia delante y en
ese momento pensó que era una lotería; le había tocado a la reina en vez de
tocarle a Narváez. Don Martín se inclinó al suelo cuando la reina llegaba a
su altura. "¿Qué quiere usted?", preguntó Isabel II. "Esto, toma ya tienes
bastante", respondió Don Martín y le clavó el puñal con todas sus fuerzas.
La reina
fue conducida al lecho donde los facultativos practicaron inmediatamente el
primer reconocimiento de la herida y aplicaron el oportuno apósito,
no apreciándose carácter de gravedad, gracias a que el puñal,
habiendo atravesado el manto real, se embotó en el bordado y la punta en una
de las ballenas del corsé. El puñal era de los conocidos con el nombre de
estilete, de hoja fuerte, calada, larga y estrecha, y de punta muy aguda. La
simple vista de tal arma causaba horror.
Cuando
Merino supo que la Reina no había muerto,
calculando que por la violencia del golpe y por las circunstancias del
instrumento, la lesión podría haber sido profunda y mortal, manifestó con
feroz satisfacción: "Tiene bastante".
La había elegido
como
blanco de sus acechanzas a la Reina Isabel, inocente, tal como
él mismo luego reconoció; pero cuyo sacrificio, no habiendo podido consumar
el de ninguna de aquellas otras dos personas,
objeto preferente de sus pérfidos
intentos, era indispensable
El cura fue conducido al cuarto de guardia
donde fue despojado de su ropa talar. Mientras tanto, con un cinismo
extraordinario, se puso a calentar las manos en el brasero que allí tenían
los guardias de palacio. A continuación, tras un juicio en el que se declaró
culpable, el reo fue condenado a sufrir la pena de muerte en garrote vil.
Pero antes tuvo lugar la ceremonia de la degradación del regicida de sus
derechos sacerdotales, con todo el protocolo de la Iglesia despojándole y
anulando todo lo que significara sacerdocio.
El cortejo desde la cárcel del Saladero se dirigió hacia la
parte norte del llamado Campo de Guardias, donde se había levantado un patíbulo de
madera sin adornos ni crespones. Hacia la una y cuarto de la tarde llegaba
allá nuestro hombre; junto a él iban el verdugo y su criado, tres curas,
algunos soldados con fusiles y varios hermanos de la Paz y Caridad con
antorchas encendidas. De cuando en cuando se detenían y se leía en voz alta
la sentencia. El reo era un viejo alto y erguido, de barba gris, crecida en la cárcel del Saladero, y mechones canos que sobresalían del birrete de
condenado, que no asentaba bien en su cabeza; se apeó de la caballería y
tenía prisa por subir, pero le hicieron esperar hasta que sonara la hora en
punto; éste era un importante requisito. Al fin subió sin vacilar las
gradas, enérgico y con paso firme, examinó dogales y demás instrumentos del
viaje al otro mundo y tras un breve discurso se sentó en el banquillo para
recibir el castigo de garrote vil impuesto por la Sala, la Ley y la
Costumbre. Las avenidas y calles cercanas a la vasta explanada del Campo de
Guardias estaban inundadas de espectadores de todas las clases sociales,
movidos unos por la curiosidad y el morbo que inspira generalmente estos
espectáculos, otros por el deseo de conocer y estudiar la fisonomía del reo,
y todos anhelosos por la expiación del crimen cometido contra la reina
Isabel II. El hombre a quien tocaba el turno de morir era el cura don
Manuel Martín Merino y Gómez, regicida.
Todo el
proceso hasta la ejecución llevó cinco días: del 2 de febrero, fecha del
atentado, al 7, día en que el verdugo ejecutó la sentencia. Se prolongó por
dos días más, hasta el 9, para llevar a cabo el mandato de S. M. de quemar y
destruir no sólo el cadáver del sentenciado, sino también el cuchillo con
que ejecutó su atentado y casi todas sus posesiones.
Después de la ejecución Martín Merino fue
llevado al cementerio Norte para ser incinerado y enterrado; el acta que lo certificó decía lo siguiente:
En la Villa de Madrid, y su cementerio extramuros de la
puerta de Bilbao, siendo las cinco menos cuarto de la tarde de hoy 7 de
Febrero de 1852, hallándose reunidos el Excmo. Señor gobernador de la
provincia: su secretario, Señor D. Antonio Guerola; el Señor D. Antonio
Tiburcio Acevedo, capellán del Excelentísimo Señor Cardenal Arzobispo de
Toledo, comisionado por su Eminencia el Señor D. Pedro Nolasco Aureoles,
como juez de la causa, y el infrascrito, como escribano de ella, se procedió
a quemar el cadáver de Martín Merino, según lo dispuesto en Real Orden de
esta fecha, comunicada por el Excelentísimo Señor Ministro de Gracia y
Justicia al expresado Exc.. Señor gobernador; al efecto se hallaba preparada
la leña y útiles necesarios, y en el patio de la izquierda, entrando a dicho
Campo Santo, inmediato a la sepultura común, se procedió a la operación,
colocando sobre las llamas el cadáver del repetido Martín Merino, sacándole
al efecto de la caja en que se hallaba, y quedando reducido a cenizas, que
fueron esparcidas dentro de la indicada sepultura, quedando finalizada esta
diligencia a las siete y veinte minutos, y habiendo concurrido igualmente a
este acto el capellán del cementerio D. José Losada, y lo firman todos los
señores concurrentes, de que doy fe – Melchor Ordoñez – Pedro N. Aureoles –
José Losada – Ante mi José Pérez Martínez
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