|
Narrativa, algunos trabajos y pequeñas historias |
||||||||||||
|
Acto de Piratería, Antonio Martín Entré en la peluquería, me senté a esperar mi turno y tomé uno de los periódicos del día. En él destacaba la noticia de los tristes acontecimientos que se acababan de producir en aguas internacionales del mar Mediterráneo, el asalto por parte de Israel a una flotilla que, con un cargamento de ayuda humanitaria, pretendía romper el cerco a Gaza. Un ventilador de pedestal batía con sus aspas el entorno, sintiéndose uno aliviado al incidir el chorro de aire en la cara. En la calle el calor casi tórrido mostraba el anticipo de lo que habrá de ser el verano cuando llegue en pocos días. Las peluquerías de barrio son siempre cátedras de tertulias populares. Allí te encuentras al vecino del tercero, al tendero de la esquina, el director de tu banco e incluso el mismísimo Párroco de tu iglesia. Tertulia más heterogénea no la hay. No existe tema que aún siendo enrevesado no se debata en la peluquería. Claro que el fútbol y los toros son los que más, pero la actualidad manda y hoy por hoy lo que manda es ese tan mal traído y mal llevado asunto del asalto, a lo que periodísticamente denominan la flotilla de la libertad, otros dirán que eufemísticamente. Ojeaba el periódico sin la atención debida pues ni ponía atención a lo que hablaban ni tampoco asimilaba lo que leía, así que opté por dejar el periódico a un lado y seguir la conversación que transcurría en tono menor, a veces, de manera vehemente otras, y nunca exenta de socarronería. El peluquero mientras hablaba movía con maestría la brocha en la palangana para luego aplicarla sobre ambos lados de la cara, bigote y barbilla haciendo enmudecer al cliente por unos instantes. Pienso, decía el barbero, que se han pasao un pelín. No, decía el cliente, aprovechando una tregua de los brochazos, eso no es pasarse eso es traspasarse, ha sido un verdadero acto de piratería como en los viejos tiempos. El peluquero tomó de manera intuitiva y ceremoniosa el templador de cuero y comenzó a deslizar secuencialmente sobre él ambos lados de la hoja de la navaja. Mire usted don Carlos. Es difícil saber que es lo que realmente quieren los responsables de ese gobierno. Este asunto tan feo me sugiere que están un poco alterados o sea, fuera de si, porque un ejercito tan poderoso como el del Estado de Israel puede cometer un atropello como el de esta madrugada y luego no ha pasa nada, aquí paz y allá Gloria. ¿Cómo se puede entender que un Estado con apenas una población de siete millones de habitantes puedan tener un ejército tan numeroso y tan poderoso y además tengan la bomba atómica y tengan acogotados a unos pocos de miles de palestinos ?. El cliente asentía haciendo los gestos que se le permitía hacer entre pasada y pasada de navaja barbera, no perdiendo de vista el filo, que, por si acaso, en algún movimiento vehemente producto de la gesticulación, el barbero le arreaba un corte involuntario en la cara. Mira Manolo, a veces los humanos mostramos la parte irracional del animal que llevamos dentro y en el caso de ese gobierno lo hace cada día por que está muy radicalizado, por que, según ellos, se sienten permanentemente amenazados como pueblo. Oiga don Carlos,¿y no será qué esa actitud la mantienen adrede para retrasar el que los palestinos creen su propio Estado?. Eso parece Manolo, eso parece. Durante un rato, el silencio se extendió por el recinto, sólo interrumpido por el batir de las aspas del ventilador y las palmaditas en la cara mientras aplicaba loción de afeitado. Llegaba ya mi turno. Boyacá, un lugar de Colombia célebre por su batalla, Antonio Martín
Aquel lugar es ahora
un parque que parece en principio no haber tenido relación alguna con
aquella trascendental batalla que culminó con la derrota del ejercito
español en Nueva Granada. Un arroyo, el Teatinos, atravesado por el
puente Boyacá, clave en la estrategia militar de los contendientes
enfrentados. Fue en realidad una emboscada. En la mañana del sábado 7 de
agosto de 18 El guía del lugar percibió mi acento español y trataba prudentemente de no vanagloriar la hazaña. Me percaté de ello y le dije, "no se preocupe, cuéntemelo como si yo fuera colombiano". El final del encuentro bélico culminó con el apresamiento del Coronel Barreiro. Pensé en ese momento en el intercambio de espadas tal como hicieron los generales Castaños y Dupont con la capitulación de Bailén, en nuestra guerra contra Napoleón; algo así muy parecido a lo que sucedió en Breda y que tan fielmente representa el cuadro de las lanzas del pintor Velazquez. Os entrego, dijo Dupont, esta espada vencedora en cien batallas. Por mi parte, respondió Castaños con encantadora modestia, puedo aseguraros que es ésta la primera que gano. Eran aquellas guerras románticas que al parecer Bolívar, criado militarmente en España, olvidó. Le pregunté al guía, ¿qué fue del coronel Barreiros?. No supo que responder, quizá no lo sabía, quizá si.Envía tu comentario Viajando en tren hacia Don Torcuato, Antonio Martín Un día más, después de quince seguidos tomé el tren en Retiro para desplazarme hasta Don Torcuato; tenía que volver a España al día siguiente. Un tren destartalado sí, eso era, que no lo envidiaría para nada nuestro sempiterno tren de Arganda. La línea tenía un pomposo nombre: ferrocarril de Belgrano Norte. Entre viejito por anticuado y los eternos conflictos laborales de los ferroviarios, éste nunca superaba los 30 Km. / hora, de modo que viajar en él se hacía eterno, tedioso y agobiante.
Tardaba bastante más de una hora en
recorrer los 35 Km. del recorrido. Mi tío José siempre me esperaba inquieto
en el andén de Don Torcuato pues se preocupaba por si me pudiera haber
ocurrido algo; eran tiempos muy difíciles en La Argentina; los tupamaros
acechaban, secuestraban y mataban, y yo era muy joven, excesivamente joven
para andar por sitios que obviamente desconocía y no dominaba. Los vagones,
generalmente abarrotados de público, no eran el mejor lugar para el acomodo,
así que al tratar de situarme me excusé para franquearme el paso hacia el
interior. Alguien se percató que mi acento no era argentino y directamente
me lo hizo observar. No era mi gusto conversar con un desconocido y sentirme
objeto de la curiosidad del resto de los viajeros. El caballero me preguntó
<qué tal por la madre Patria>; no sé si me lo dijo para halagarme o
con retorcido resabio, aún así el hombre parecía correcto y le respondí con
un lacónico: <bien>. A continuación lo inevitable: < ¿y Franco?>.
Temía y esperaba la pregunta, aterrorizándome hablar de tan controvertido
asunto delante de desconocidos, en un auditorio tan efímero, desigual y
ávido de curiosidad al que consideraba no eran de su incumbencia mis
opiniones. <Ese es un buen tipo, si señor>, insistió locuazmente, <y
es lo que nos hace falta acá para acabar con la corrupción de tanto
tránsfuga>. Inmediatamente terció otro individuo recriminando lo dicho
por el primero, enzarzándose los dos en una peregrina discusión sin sentido
y sin punto final, a la que poco a poco iban añadiéndose más participantes
convirtiéndose el vagón en un murmullo ensordecedor. En la primera
oportunidad que tuve me separé del lugar buscando una ubicación más
tranquila y con mucho cuidado de no abrir la boca por nada del mundo. El tren paró unos minutos en Munro donde bajaron bastantes viajeros, tantos que quedaron algunos asientos libres. Me senté al lado de una mujer de mediana edad y de muy buen ver. Al observar mi rostro aún demudado, ella comentó: <lo pasaste mal pibe ¿cierto?>. <Si, así es>, respondí aliviado. <Acá la gente es así, un poco ruidosa pero de ahí no pasan. La mayoría son peronistas; peronistas de derechas, peronistas de izquierda y hasta de centro…pero todos peronistas….es una macana>. <El peronismo>, prosiguió, <es como el primer amor de juventud, nuca se olvida>. Asentí con un gesto de conformidad pensando que tampoco yo había olvidado el mío. Nos mantuvimos un buen rato en silencio, cosa que agradecí interiormente, por mucho que no me hubiera importado conversar el resto del viaje con aquella mujer a la que de soslayo contemplaba lo más disimuladamente posible. En el tramo que aún quedaba hasta mi destino mi mente me llevó a recordar la visita de Eva Perón a España en el año 1947. Mi madre y otras madres solían pasar la tarde en las inmediaciones del II depósito de agua del Canal de Isabel II, mientras los niños merendábamos y jugábamos. Pese a mi corta edad, recuerdo el revuelo del público al paso de la caravana oficial y los saludos que brindaban a los allí congregados en la calle José Abascal, cercana al parvulario del colegio Jesús Maestro al que yo asistía. Eva Duarte fue la cara visible de la ayuda humanitaria brindada al pueblo español, en el que Argentina nos vendió parte de sus excedentes de cereales a la vez que rompió el aislamiento internacional al que España era sometida en ese momento. Las peripecias de los acontecimientos posteriores en Argentina, reservarían un lugar en la historia para su esposo Juan Domingo cuando años después se exilió en España.
Pensando en estas
cosas noté que el tren estaba disminuyendo la marcha hasta parar en
la estación en la que sólo había una persona en el andén, mi tío José quien
al verme hizo un gesto de alivio. Mi acompañante de asiento también bajó,
dio las buenas noches, soslayándolas con un chau, y con andares muy
femeninos su figura se confundió en la oscuridad de la noche, oscuridad solamente
salpicada por los puntos de luz de las luciérnagas que revoloteaban a
nuestro alrededor. Vititi una quinceañera en mi vida, Antonio Martín
Eran aquellos días de las
pandillas, los guateques y la edad del pavo que se dice. Pero eran unos
tiempos lindos, sin un puto duro pero lindos.
Mis escarceos en la fila de los mancos,
Antonio Martín
Y recuerdo mis 18 años
que es una edad en la que te pones más caliente que un sueco al sol de
Torremolinos. Y aquellos días yo salía con la maciza y nos íbamos al cine de
sesión continua más NODO y ¡hala! A la fila de los mancos..Bueno al
principio por aquello
Y como un ejercicio de contorsionismo el brazo se deslizaba por los vericuetos como sagaz serpiente
de pitón. La cara era como un arco iris, primero roja de pasión luego más
roja por el esfuerzo sobrehumano de alcanzar lo inalcanzable...: muslo,
cancán, tela contrafuerte, faja, bragas, sostén, y el jodido bolso
incordiando, luego la cara pálida por agotamiento, yo con el brazo retorcido
...y mientras tanto la maciza con la mirada fija a la película, piernas
juntas, abrigada hasta el cuello y......el jodido bolso en posición. Aún con
todo mi maciza era más simple e ignorante que un cubo de fregar.....me
decía: Antonio tengo miedo me dejes embarazada....
Lanzamiento de nuestro cohete,
Antonio Martín También recuerdo al profesor de Física que en gloria esté. Era un dominio el que tenía de la física que nos apabullaba cuando sentenciaba: "Una vagoneta llena pesa más que una vacía"..¡que cabrón! ¿y para eso te pagan?.
Circulaba un hombre en un carro lleno de chatarra tirado de un burro, mientras por un pequeño altavoz se oía la cuenta atrás para el lanzamiento del artefacto. No sé que dirían las autoridades aeronáuticas hoy en día pero es de imaginar el canchondeo que había en esto por aquellos días. El cohete salió con fuerza desmedida y se soltó de la plataforma que lo sujetaba girándose violentamente casi 90 grados y se desplazó en dirección al mismísimo centro del carro. Del carro quedó solo el burro rebuznando y el dueño cagándose en la madre que nos parió a todos los que estábamos allí y que por fortuna no nos ocurrió ninguna desgracia. Pero aún con todo yo quedé súper motivado, y decidí por mi cuenta, sin universidad ni nada, deshacer aquel entuerto y como Quijote espacial vengarme de aquella patraña. Les comenté a el Choto, Pincha y Mallorquín, lo que había visto, y ni cortos ni perezosos nos pusimos manos a la obra. El Pincha era el más manitas de los cuatro y él fabricó el cuerpo del cohete que tenía dos partes, a saber: base y cohete. La base debería ir clavada al suelo y el resto era para que saliera despedido como alma huyendo del diablo. Y así nos dispusimos a probar el artefacto ni más ni menos que en las cercanías del aeropuerto, sin pedir permiso a Aviación Civil ni Cristo que lo fundó. Con que mimo preparamos todo; el cohete, y la caja de control, todo en una gran caja de cartón. Subimos al tranvía que nos habría de conducir a Canillejas. Habíamos elegido un espacio abierto, el que hoy es el Camping Osuna. Cuando el tranviario nos vio subir con la caja..nos dijo ¿pero que carajo lleváis ahí?...Con esa honestidad que te da los 14 años le contestamos que íbamos a lanzar un cohete en Canillejas..¿Quéeee?. ¡Venga ya! ¿Os vais a quedar conmigo?...Bueno pues lo que usted quiera....bueno, bueno..y siguió atento a su tarea.
Lo más bonito fueron los
preparativos, las fotos.... Elegimos un sitio adecuado y colocamos varios
metros de cable que unían el cohete con el control. La base del cohete la
llenamos de carburo, aquel compuesto que se usaba como combustible para
candiles. Luego una pequeña lamparita instalada en el cohete a la que le
habíamos roto el cristal y la que nosotros suponíamos se fundiría cuando
apretásemos el botón produciéndose una deflagración que haría saltar el
cohete por los aires........y así tal cual sucedió...el cohete saltó por los
aires dando volteretas sobre si mismo hasta caer al suelo...después nos
volvimos a casa como si nada. Historias de mi madre, Antonio Martín Eran aquellos años oscuros e inciertos de los cuarenta, mi vivienda un bajo interior donde apenas se colaba la luz por el hueco del patio. Mi amigo Fernando y yo jugábamos con trozos de astilla de la carbonería de Domingo simulando que eran coches. Los inviernos crudos del Madrid de entonces se aliviaban arropándonos en mantas y dejándonos deslizar entre los faldones de la mesa camilla para recibir el calor de aquella estufilla de carbón de cisco. Mi madre me contaba cuentos e historias imposibles. Como granadina sabía muchos cuentos y leyendas, pero en mi mente infantil no discernía la fantasía de la realidad. Hoy, decía, te voy a contar una historia verídica. Hay un pequeño pueblo en Granada que se llama Piñar. Allí hay una vieja cueva por la que apenas se puede entrar dado lo escabroso de su entrada. Algunos se han aventurado y han podido traspasar unos metros hasta llegar a un punto en el que se cruza un río subterráneo con mucho caudal y no lo han podido traspasar aún. Al otro lado de la orilla hay una puerta y una llave en ella; se dice que es un lugar muy misterioso y que de seguro ha de guardar grandes tesoros que han quedado ahí después de la huida precipitada de los moros de Granada. Mi imaginación volaba y pensaba que yo, algún día, encontraría la solución para atravesar ese río y abrir aquella puerta para desvelar al mundo entero lo que tras de si encerraba; esos misteriosos tesoros. Y os digo que todavía estoy en ello.
Have you ever seen a UFO (unidentified flight object)? . Well, many people could answer this question, but did they really see a UFO? . If we assume that always somebody drives a UFO, then few people could answer positively. Therefore we can say there are two positions; some people believe in it, some others want to know nothing about it. However, something is happening. Every day we can read in any newspaper rare events about UFOs. Also throughout history we can find interesting things on this concerning. Because these events are increasing, many organizations are being formed in many countries to study this phenomenon, in other words, we can say there is controversy about this problem. I am remembering now an event that happened in Goirle (Netherlands) a time ago. During a meeting about UFOs, two men were talking about. One of them said: "I don't believe in it because I have never seen an UFO. Besides if life exists in any other planet, why do they not make it known? . So, the answer could be there is not life outside of the earth". The other one was a nice and always smiling man. He was listening very politely to his friend and told him. "This is not true, there is another life and there are UFO's whose crews are coming from other planets. Besides, if you desire I can show you an UFO right now". The other man laughed. "This is not possible, I spent a long time watching the sky and I have never seen an UFO. How can you show me some thing like that? ". "Well", said the other man. "Come with me and I shall show you it". "OK let us go".
They went to a beautiful place where there was a big house. "What a good
place to live, to whom does it belong? ". "It is my home" replied the other
man. "Let us go in". The inside was like a palace. "Well, where is the UFO?
", he said ironically. "This is an UFO" replayed the man "and now we are
ready to start a long trip to my planet". Suddenly
the smiling man pushed a
button in and they took off. They were not seen any more on the earth. Cómo era mi barrio donde nací, Antonio Martín Yo nací en la calle Viriato de Madrid en el distrito de Chamberí, en 1942. Entonces se nacía en las casas y asistidos por una comadrona y con la ayuda desinteresada de alguna vecina: los vecinos eran como de familia, se compartía mucho con ellos pues eran tiempos difíciles. A mi padre, su empresa le regalaba un cordero por Navidad y lo repartía entre los vecinos más allegados: actitud solidaria muy común por aquella época entre todos.
Fui bautizado en la Iglesia de Santa
Teresa y Santa Isabel. Una Iglesia que por aquellos años estaba muy
deteriorada sobre todo la torre, como consecuencia de la
guerra civil.
Yo tenía un amiguito que era un año menor que yo; Fernando. Jugábamos en el patio de nuestra casa. No teníamos juguetes pero nos lo inventábamos y compartía mis vueltas a la manzana. Imitábamos ser el tren o el metro. Yo iba en cabeza de máquina por que era mayor, y él era el vagón, por que era menor. En algún momento y seguro que con gran esfuerzo económico por parte de mis padres me regalaron un caballo de cartón. Me duró poco tiempo pues una de aquellas múltiples goteras que siempre había en las casas acabó con el caballo, pues gota a gota fue reblandeciendo el cartón quedando finalmente desecho. Solo quedó el soporte de ruedas que seguí utilizando como patinete; mi padre le adosó un palo sobre el cual yo manejaba como guía del artefacto. No recuerdo haber tenido otro juguete hasta los ocho años. Cuando cumplí los cuatro años fui por primera vez al colegio. Era el colegio Rufino Blanco dónde hacían prácticas los nuevos maestros. Aún hoy existe; es un colegio público y me parece que está igual que lo estaba entonces. El patio del recreo y unos techos muy altos aún lo recuerdo así como aquellas maestras que nos daban rompecabezas para jugar. Al salir del colegio no puedo olvidar el abrazo que di a mi madre. Había sido la primera vez que había estado apartada de ella desde que nací. Una fachada del colegio da a la calle José Abascal, arteria muy importante dónde discurría el tráfico de Oeste a Este y viceversa, Allí junto a la verja que limita las instalaciones del Canal de Isabel II jugábamos a cualquier cosa mientras las madres sentadas en aquellas sillitas plegables de tijera hacían punto y charlaban unas con otras. Recuerdo que por entonces viajó el General Perón, Presidente de la República Argentina y su esposa Eva (Evita Perón) a España y camino del Palacio del Pardo pasaron en comitiva, junto a Franco, procedentes del aeropuerto. Yo los vi y recuerdo vagamente el coche descubierto desde el cual iban saludando al público. En aquella época y debido a las recomendaciones o decisiones, no sé, tomadas en Postdam por los vencederos de la segunda guerra mundial, España sufrió un duro bloqueo contra el franquismo pero quienes lo sufrieron en su piel fueron los ciudadanos de a pie. Los coches a falta del combustible adecuado por no haberlo utilizaban un artefacto que producía gas que hacía funcionar el motor, se trataba del gasógeno; eran los años del hambre. El régimen franquista ante el deterioro general por la falta de recursos había establecido el racionamiento de los alimentos en mayo de 1939 y que duró hasta Marzo de 1952. Este salvoconducto del hambre adoptó la forma de cartillas de racionamiento, un impreso dolorosamente familiar para varias generaciones de consumidores. Esta situación dio lugar a la aparición del mercado negro que por entonces y como digo más arriba se denominaba genéricamente estraperlo.
Otros lugares de la zona que vienen a mi recuerdo son: el cine Voy en la calle General Álvarez de Castro; en él vi -la escalera de caracol-, filmada en el año 1946, lo recuerdo por que me impacto mucho ya que era un melodrama con abundante suspense. El cine Diana en la Glorieta General Álvarez de Castro que tenía un cine de verano en la azotea del edificio. El Parque Móvil de los Ministerios, situado en la calle Cea Bermúdez y que en aquellas fechas, aunque operativo, todavía había partes en construcción o en reparación. En la parte baja había un punto de alimentación al que los ciudadanos acudían con la cartilla de racionamiento para comprar productos alimenticios. Recuerdo un día mi amigo Fernando y yo jugábamos mientras nuestras madres aguardaban pacientemente en la fila para ser atendidas. Había una valla que separaba el recinto de la calle y en un pilar de la misma, cuidadosamente tapado, descubrimos un montón de patatas que evidentemente permanecían allí seguramente por que algún funcionario las había depositado para llevárselas más tarde. Aún en nuestra ignorancia infantil, sigilosamente y con la prudencia necesaria se lo comunicamos a ellas. Ni que decir tiene que se repartieron el botín con alegría y sin que nadie lo percibiera. En el año 1947 murió Manuel Rodríguez, "Manolete", en la plaza de toros de Linares. Entonces no había televisión y lo más era lo que podíamos ver en el noticiario NODO que ponían antes del comienzo de las películas de cine. Se trataba de un noticiario que, como diríamos hoy, no era en tiempo real si no que lo veíamos con semanas de retraso y la información quedaba añeja. Había unos personajes que no sé como se llamaban que portaban un artefacto que se apoyaba en el suelo y por cinco o diez céntimos de peseta se podía ver a través de un orificio imágenes de los sucesos más importantes. El sujeto como un pregonero relataba o contaba el suceso al mismo tiempo que movía las filminas en secuencia desde el comienzo de la historia hasta su final. De este modo pude ver la muerte trágica de Manolete en la que la última estampa mostraba como el toro lo prendía mortalmente por la ingle. El entorno en el que yo me movía era limitado. Con mi madre iba al Mercado de Olavide, hoy desaparecido, o de paseo por la calle de Fuencarral dónde en alguna de las pastelerías me compraba un Mojicón o una Trenza como merienda. Era la calle dónde había más zapaterías que en cualquier otro sitio. También esta calle podría denominarse 'la avenida de los cines' por la cantidad de ellos que hay en el corto trecho que existe entre la Glorieta de Quevedo y la de Bilbao, cines como el cinema Paz, el Proyecciones, Bilbao, Fuencarral y más tarde los cinemas Roxy A y B. ; primeras salas multicines de Madrid.
El
Parque del Oeste
lo frecuentábamos pues no estaba lejos de mi casa, pero si lo suficiente
como para ir andando. Recuerdo que tomábamos un tranvía que por 25 céntimos
nos llevaba hasta allí. El recorrido lo hacía a lo largo de la Calle
Fernando el Católico hasta Argüelles. El Parque del Oeste es parte del
declive que forma el terreno hacia el cauce del río Manzanares. Había una
fuente cuyas aguas, según el saber popular, eran buenas para el riñón. Cerca
de allí la Universidad Complutense. En ese lugar, en los atardeceres de
temperatura agradable pasábamos el rato. Recuerdo el edificio de lo que hoy
es el Hospital San Carlos (Clínico) semiderruido por los efectos de los
bombardeos durante la guerra civil española. Aquella zona había sido el
escenario de muchos enfrentamientos pues era allí donde se situaba ambos
frentes antagónicos, nacionalista y el de la defensa de Madrid. Era una
zona salpicada de trincheras y alambradas que aislaban áreas por las que no
se podía transitar por haber peligro real de toparse con algún explosivo. Con cinco o seis años pasé al colegio Santa María que estaba en Bravo Murillo esquina con García de Paredes. Aprendí a leer y escribir. Me compraron un libro que se llamaba NOSOTROS y en él estaban escritos estos coplas o versos:
Muchos Domingos mi padre solía llevarme a la zona dónde hoy día están situadas las instalaciones deportivas del Vallehermoso. Aquello era un montículo muy despejado; un descampado dónde muchos jóvenes desplegaban cometas para hacerlas volar y los mayores jugaban al Chito y a los bolos. En las inmediaciones existían restos de un cementerio y por ello aquello se le denominaba Campo de las calaveras. El barrio celebra las fiestas patronales en Julio, en honor a la Virgen del Carmen. En aquellos años la verbena del Carmen se instalaba en la calle General Álvarez de Castro, a tan solo unos pocos metros de mi casa. Lo recuerdo muy vivamente. Además de las atracciones normales de una verbena recuerdo el Tubo de la Risa, que consistía en un cilindro que giraba a lo loco con gente dentro que pretendían atravesarlo sin caerse. Era realmente divertido. Había otra verbena muy popular que era, y sigue siéndolo, la de San Antonio de La Florida, en el mes de Junio. Tengo el recuerdo muy claro de ir con mis padres a ella bajando desde el Paseo del Pintor Rosales hasta las inmediaciones de lo que hoy es la Avenida de Valladolid y la ribera del Río Manzanares. Había que atravesar un paso a nivel, situado en las proximidades de la Estación ferroviaria del Norte. Era entonces un lugar con pinares, los cuales producto de la especulación inmobiliaria desaparecieron hace ya mucho tiempo. La gente para ahogar sus penas por la falta de recursos se divertían bien utilizando las distintas atracciones o bailando en las Kermeses, como la de la Bombilla, o también comiendo en los merenderos y sobre todo bebiendo quizás para olvidar; vinos peleones que emborrachaban sin piedad, todo ello envuelto en olores a gallinejas, churros , porras y tortillas con más patatas que huevos hechas en aceites mil veces fritos y refritos.
Esos son mis recuerdos de
mi primer barrio. Uno de los mejores y más bonitos de Madrid con edificios
decimonónicos, calles amplias y bien ordenadas, una mezcla de suntuosidad y
tipismo; con solera. Ya lejos de haber sido aquellos arrabales que un día
pertenecieron al término municipal de Fuencarral y cuyo nombre, Chamberí, se
debe al nombre de un regimiento francés del mismo nombre y que acampó en
esos lugares en los años de la invasión francesa. Calles en los que albergan
historia y tradición. Lugar dónde nací. Tenía 13 años cuando fui a un campamento en Palma de Mallorca. Era para mí un viaje maravilloso. En aquellos días, dada la situación económica del país, poca gente podía permitirse el lujo de viajar o ir de vacaciones; yo pude hacerlo y no precisamente por que en casa sobrara el dinero si no que se trataba de un viaje subvencionado por el Estado español y yo tuve la suerte de obtener ese privilegio. Allí en Porto Pi, se situaba las instalaciones del campamento infantil, en la misma bahía de Palma, vigilada por el Castillo de Bellver situado en una colina de 140 metros y rodeado por un bello paraje natural.
Yo entonces, un muchacho
de 13 años que no había visto apenas nada, el simple hecho de viajar en tren
hasta Valencia me pareció algo inmenso. Separarme por primera vez de mis
padres me hizo sentir independiente, más hombre, y luego la travesía de
quince horas por el Mar Mediterráneo, un sueño. Tocamos puerto primero en Ibiza. Recuerdo que poco antes sobre las 6 de la mañana del mes de Julio de 1956 el sol salía sobre el horizonte de Ibiza esparciendo sus primeros rayos de luz sobre el mar. El espectáculo de los delfines saltando en línea con la proa del barco hacía aquello más increíble para un muchacho tan joven y tan falto de experiencia. Las noches del fuego de campamento, reunidos todos junto al mar, no puedo olvidarlos. Cantábamos, hacíamos parodias o contábamos chistes. Recuerdo un muchacho que con su guitarra entonaba unas lindas canciones…”Al Uruguay guay yo no voy por que temo naufragar.….." y aquella otra “que me muero de amor, que me voy a morir, que me muero de amor, ¡hurra! por las colombianas………………” Chapoteaba en la playa con total descuido si el sol me quemaba o no. No existían entonces esas cremas de protección solar y tampoco disponía de ningún ungüento casero para paliar las ampollas que me salieron en mi piel tan blanca, y tampoco pareció importarme demasiado. Dormíamos en un sollado, nombre marinero que se le daba a la habitación donde dormíamos. Allí fui víctima alguna vez de la petaca que era un doblez en la sábana que te impedía estirarte a lo largo de la cama y que servía a los demás para mofarse y reírse de la broma. Alguno que otro sufrió le pintaran la cara con betún mientras dormía y el chiste estaba en ver su reacción al contemplarse por la mañana en el espejo. Había un muchacho apellidado Flames que no sé por qué era el objetivo casi permanente de las bromas. Un día el jefe de grupo le envío a que recogiera la funda del mástil y en otra ocasión la piedra de afilar teléfonos. Le daban algo de mucho peso y cuando lo traía le decían….esta no, esta es del número dos y debes traer la del número tres…y vuelta de nuevo….Lo cierto que había mucha maldad a esa edad envuelta en un halo de inocencia.
Al cabo de un mes la
nostalgia por los padres, el deseo de comer comida de madre o lo que fuere
nos hacía desear ya la vuelta y el regreso nuevamente en el Ciudad de Ibiza,
buque de Transmediterránea, nos devolvió a Valencia. Allá tomamos el tren
hacia Madrid, tren con máquina de vapor y silbidos al paso de
barreras…nostálgico ¿no?. Mi afán de observar la máquina me hacía asomar
para verla en cada curva. El humo invadía mi cara con aquel olor a
carbonilla. Cuando llegué a Madrid, mi padre no me reconoció…tan delgado, la
cara negra de carbonilla y la nariz inflamada por un puñetazo de uno que se
llamaba Tobías le hizo exclamar…¡pero hijo que te ha pasado!.
Envía tu
comentario Es difícil imaginar la esfera del
globo terráqueo sin esas líneas imaginarias que conforman la tupida red de
paralelos y meridianos, y que todavía permanecen inalterables, en tanto la
configuración política y geográfica del mundo varía bajo ellas. La
intersección de dos de éstas líneas marca la situación exacta de un barco,
avión u objeto. Lo que ha servido desde tiempos pretéritos para navegar,
también sirve, con la tecnología actual, para atacar con toda precisión un
objetivo militar situado a gran distancia con solo conocer sus coordenadas
geográficas. Las líneas de latitud se mantienen
paralelas entre sí al ceñir el globo desde el ecuador hasta los polos con
una serie de anillos concéntricos que van reduciéndose progresivamente. Por
el contrario, los meridianos, como los gajos de una naranja, se curvan desde
el polo norte hasta el polo sur y viceversa, formando grandes círculos del
mismo tamaño de modo que todos convergen en los extremos de la tierra. Se señala el ecuador como paralelo de
latitud cero por razones que determina la propia naturaleza física del globo
terráqueo. Por el contrario, la ubicación de la línea del meridiano de
longitud cero es una decisión meramente arbitraria. Tolomeo la situó en las Islas Canarias
cuatro siglos antes de Cristo y después de numerosos cambios, por motivos
casi siempre de hegemonía política, fue finalmente determinada en la
Conferencia Internacional sobre el Meridiano celebrada en Washington en
1884, en la que se declaró como meridiano principal del mundo el meridiano
de Greenwich. La navegación en sus comienzos, estaba
basada fundamentalmente en el reconocimiento visual de los distintos
accidentes geográficos, y sus principios son la base para la navegación a la
estima que todavía hoy se utiliza. Navegar por estima es conocer la posición
de un barco o avión por medio de la ruta estimada, es decir, marcando en un
mapa la línea que representa el camino recorrido por el mismo, para lo que
es necesario saber la velocidad y el rumbo en todo momento, así como también
las derivas por corrientes, abatimiento, etc. Para calcular la latitud y la longitud
basta conocer la altura del sol para la primera y la hora para la segunda.
Esto que a primera vista parece fácil, no lo ha sido así durante siglos,
particularmente para el cálculo de la longitud. Para averiguar la longitud
en el mar hay que saber qué hora es en el barco y, también, en el puerto de
salida u otro lugar de longitud conocida en el mismo momento. Esos dos
tiempos permiten al navegante convertir la diferencia horaria en separación
geográfica. En la actualidad este cálculo no es nada engorroso utilizando un
par de relojes de pulsera baratos pero en las singladuras del siglo XV se
utilizaban relojes de arena y el movimiento y trepidación del barco,
influían en la velocidad del paso de la arena entre las dos ampolletas de
modo que el cálculo del tiempo era impreciso. Cristóbal Colón en su travesía por el
Atlántico navegó por el paralelo en busca de las Indias y no le importaba
demasiado llegar un día antes o un día después (error en longitud). Así y
todo el navegante genovés disponía de una "ventaja" para calcular con más
exactitud su posición cuando en cierta ocasión preguntó a sus capitanes cual
era su posición en cada una de sus tres carabelas, en la información
recibida había diferencias de bastante más de cien millas. Curiosamente los calculadores de
navegación inercial que utilizan hoy día los aviones, este cálculo (triple
mezcla) también se hace, promediando los tres cálculos de posición y
descartando el de mayor error. En los siglos XVII y XVIII, cuando los
navíos de Inglaterra, España, Francia y Holanda intentan dominar los mares,
el "problema de la longitud" cobra gran importancia estratégica y ocupa a
algunas de las mejores mentes científicas. En 1714 Inglaterra anuncia un
premio de 20,000 libras, una suma inmensa en aquellos días, por una solución
fiable y John Harrison, un relojero artesano británico, consume décadas de
su vida intentando conseguirla. Sus dos primeros "cronómetros" de 1735 y
1739, aunque fiables, eran piezas de maquinaria delicadas y voluminosas y no
suficientemente precisas. Solo su 4º instrumento, probado en 1761, demuestra
ser satisfactorio y fueron necesarios algunos años más antes de recibir el
premio. A partir de la segunda década del
siglo XX, la navegación marítima y aérea se ha visto beneficiada por los
avances de la radio, navegación basada en radioayudas que a lo largo de los
años ha ido perfeccionándose. La segunda guerra mundial fue en este sentido
un punto de inflexión, a partir del cual se avanzó en la creación de
sistemas autónomos para evitar así la dependencia de las estaciones de radio
o radiofaros ubicados en tierra. Estos sistemas autónomos se basan, una vez
más, en la navegación por estima, solo que esta vez los cálculos de rumbo,
velocidad y tiempo se hacen con mayor precisión y rapidez, utilizando para
ello acelerómetros para medir la aceleración del vehículo y un ordenador. Esta es la formar de navegar en la
actualidad pero, eso sí, con la ayuda inestimable de otro elemento, el GPS,
que se ha sumado a ese reto que es calcular cada vez con más precisión dónde
nos encontramos ubicados respecto al sistema de coordenadas terrestres
formadas por los paralelos y los meridianos. El sistema GPS fue desarrollado por
los militares de los Estados Unidos, como resultado final de un proyecto
iniciado en los años 50, en plena guerra fría, y que después de varios
procesos intermedios culminó, a principios de los 70, en un sistema de
navegación extraordinariamente preciso. Su principal ventaja, sobre otros
sistemas tradicionales de navegación, es la habilidad de proporcionar en
todo momento a un sinnúmero de usuarios, datos muy precisos de posición y
velocidad en tres dimensiones del vehículo. Paralelamente, como era de esperar, la
antigua Unión Soviética desarrolló un sistema muy similar denominado GLONASS. Los cálculos de la posición se basan
en la medición de los tiempos que tardan las respectivas ondas de radio que
se envían desde cuatro de los 24 satélites en órbita, hasta el vehículo y
que da lugar al planteamiento de un problema algebraico de cuatro ecuaciones
con cuatro incógnitas, cuya resolución nos permite conocer la posición del
vehículo en tres dimensiones, las cuales son posteriormente convertidas en latitud,
longitud y altitud. Hoy en día un receptor GPS de bolsillo cuesta alrededor
de 25.000 Ptas. esperándose pronto que su precio
iguale a los de una simple calculadora. La utilización del sistema GPS, en
el ámbito general, está abriendo enormes posibilidades en una amplia
variedad de aplicaciones tanto civiles como militares. No obstante, hay que
tener presente que siendo este un sistema militar su dependencia hace que
algunos gobiernos se estén planteando la creación de otra red similar pero
de utilización exclusivamente civil. Las líneas de los paralelos y los
meridianos, a pesar del tiempo pasado, siguen inalterables pero no por
siempre, el eje cambiante de la tierra puede alterarlas, para entonces ya se
verá que hacer.
Mar Mediterráneo y
el efecto Coriolis El mar Mediterráneo sufre grandes
pérdidas de agua por evaporación que no pueden ser compensados por el aporte de
sus ríos, por lo que tiene tendencia a estar a un nivel más bajo que el
Atlántico, de donde penetra agua para equilibrar ambas masas de agua. La
corriente entra por el estrecho de Gibraltar por la orilla africana hasta chocar
con Israel, sube hacia Turquía y por el mar de Creta penetra por en el Adriático
atravesando el golfo de Venecia hasta el mar Tirreno. Recorre las costas
occidentales de Italia y tras pasar por las costas francesas llega a España. En
el cabo de San Antonio se desvía a Argelia donde se une con la entrada
principal, Como se puede ver, esta corriente atlántica circula en el sentido
contrario a las agujas del reloj debido al
efecto de Coriolis y es lo
suficientemente fuerte como para facilitar la navegación especialmente la de
remo. Yo nací en posguerra, me refiero a la guerra civil española por que en la otra, la mundial, permanecimos neutrales, aunque el régimen simpatizaba con el eje Berlin-Roma y no nos afectó directamente pero si indirectamente. Muchos historiadores afirman que nuestra guerra civil fue la primera batalla de la guerra mundial, o en cualquier caso una especie de trágico ensayo previo. Siempre he pensado que mi generación, los que nacimos en los 40, fue una generación perdida. Algunos la llaman generación sandwich, una especie de generación entre una y otra, y que estuvo muy afectada en todo: por las consecuencias derivadas de la guerra civil, por los efectos indirectos derivados de la guerra europea y después por el injusto bloqueo contra España ejercido por las democracias vencedoras de la guerra mundial. Así que pasamos hambre, un hambre que en esos momentos ya era endémica; venía de antes de la guerra. Los niños en aquella época sufríamos todo tipo de penurias; el raquitismo era en cierto modo generalizado. ¡Qué lástima habernos perdido en la sinrazón!. Todo desembocó en eso, en una tristísima guerra civil que para mi no ha sido sino la culminación de tanto despropósito, de tantos malos gobiernos que durante el siglo XIX no supieron engancharse al vagón de la modernidad después de que hubiésemos sido zarandeados por las ideas de la revolución francesa, la España que vivía dormida en su esplendor ya decadente de potencia colonial. Y aunque yo era muy niño aún recuerdo aquel Madrid de los finales de los cuarenta, un Madrid provinciano, en el que sus habitantes se tragaban con dignidad el orgullo y sus propias miserias. La falta de las cosas más precisas era lo normal en aquellas circunstancias en las que faltaba de todo. Y los niños nos dábamos cuenta de los sufrimientos de nuestros padres para poder salir adelante. La solidaridad entre vecinos era muy grande; se compartía lo que se podía. Faltaba de casi todo y las incomodidades eran muchas y variadas. El sistema educativo era muy deficiente. Según los barrios, los colegios podrían catalogarse de buenos, regulares y malos; los buenos eran los menos y en todo caso solo accesibles a grupos privilegiados. Lógicamente en los barrios periféricos, la infraestructura educativa era muy deficiente incluso inexistente. En algunas escuelas no tenían ni sillas para los alumnos pequeños ni siquiera material escolar básico. Y así todo. Había gente muy humilde que vivían donde podían, en chabolas y cuevas. La emigración interior que se produjo en los cincuenta agravó mucho más esta situación y el chabolismo tardó muchos años en erradicarse. Carros, motocarros, mulas y burros se empleaban para el transporte todavía en aquellas fechas, por calles que no siendo las del centro de la capital, carecían de asfalto. Aguadores que repartían agua por los barrios de la periferia donde no llegaba el suministro. Algunos camiones de origen ruso 3HC, bautizados como los tres hermanos comunistas, haciendo de sus caracteres cirílicos una transposición interesada poco más o menos castiza por su origen comunista, circulaban por nuestras maltrechas carreteras, caminos y calles. El tranvía eléctrico era el sistema, junto al metro, más popular en aquellas fechas. Iban siempre atestados, a veces no paraban en las paradas establecidazas por que no cabía ni un alfiler. Y era muy frecuente que los muchachos viajáramos, no sin peligro, en los
El metro siempre fue muy popular, pero la verdad que al haber pocos trenes la masificación era grande, los olores insoportables y los carteristas ciertamente finos e ingeniosos; con un par de dedos podrían quitarte la cartera limpiamente. Madrid se abastecía de dos Embalses de agua: El Lozoya y el de Santillana. Eran empresas distintas y había barrios que tomaban el agua de uno o del otro. El agua de Lozoya siempre se decía que era la mejor; su finura no tenía igual con las aguas de otros lugares. El aumento de la población hizo con los años se construyeran más embalses y el sistema de alimentación a la ciudad fuera común a través de la Compañía Canal de Isabel II. Algo parecido ocurría con el suministro eléctrico. Recuerdo la existencia de La Compañía Electra establecida en la calle de la Aduana 29, que suministra la zona centro, y otra Compañía denominada Unión Eléctrica Madrileña. Principalmente el suministro consistía en corriente continua producida por dinamos. Este suministro procuraba un bajo rendimiento y fue paulatinamente sustituido a finales de los 40 por la actual corriente alterna. Los despabilados, que siempre los había hacían trampa en el contador eléctrico mediante un "arreglo" que se denominaba "cangrejo" y que consistía en hacer girar el contador hacia atrás, falseando así la lectura del mismo.Años difíciles en la capital de la nación. En cierto modo tenía ventaja vivir en pueblos donde el control fiscal era prácticamente nulo. El racionamiento impuesto surtía efecto en los núcleos de mayor población; en los pueblos la situación era más aliviada porque muchos de sus habitantes disponían de recursos propios. Toda la producción de trigo era depositada y controlada por el Servicio Nacional del Trigo. El pan, alimento básico para la población, solo era posible adquirirlo con los cupones de la cartilla de racionamiento, De ahí que surgiera un mercado negro, vulgarmente denominado “estraperlo” dónde se podía adquirir libremente pero con el temor de que te lo confiscaran. Lo mismo ocurría con las legumbres y con otros productos de primera necesidad. La carne, era solo para algunos privilegiados. Alguien puede pensar que un niño seis o siete años no podría darse cuenta de aquellas penalidades, yo si…No digo que no fuera feliz, que lo era, pero asumía la realidad, quizá en menor medida que mis padres pero lo asumía. Los niños de los cuarenta no teníamos juguetes. Poníamos mucha imaginación y cualquier cosa podía ser un juguete. Eso si, permanecíamos más tiempo en la calle por que en las casas no había televisión, como ahora, ni comodidades. Por ello nos relacionábamos más y compartíamos lo poco que podíamos compartir. Olores a refritos imperaban por doquier; se aprovechaba todo. Los comedores del Auxilio Social, organización del régimen, salvó de situaciones dramáticas a muchos ciudadanos. Así fue pasando aquellos años en los que las familias iban recuperándose del drama y estructurándose paulatinamente por mucho que nunca hubo una ayuda como la que recibieron países de Europa a través del plan Marshall que los puso en pie en muy poco tiempo de tanto desastre que causó la guerra europea. España no tuvo ese beneficio; por el contrario sufrió un bloqueo que hizo mayor su agonía. Ahora, gente de fuera, se suele opinar frívolamente sobre el derroche económico, que no se repara nada, que se compra todo nuevo, que con estas carreteras maravillosas así se puede. Ese es el mérito, desde mi punto de vista, que hemos tenido los españoles que nos lo hemos ido labrando, eso sí hasta que finalmente la Unión Europea nos ha dado el empujón definitivo; esa Unión Europea cuyos países recibieron esa ayuda del plan Marshall y que a España le fue negada,
…..seguirá….. La nariz española, cuestión de narices, Antonio Martín Un conocido mío, extranjero, me hizo una observación sobre la nariz de los españoles que, según él, se distinguía por ser larga, angosta y con proyección decidida, vamos un poco narizota. Si íbamos paseando, de pronto me decía: mira aquel, o aquella, es de aquí por que tiene la nariz grande. Me quedaba sorprendido pues me lo decía plenamente convencido. Yo le decía que en su país también habría ciudadanos con nariz grande; concluía con seguridad: no tanto como aquí. Desde
entonces mi curiosidad por esto hizo que prestara atención a este peculiar
descubrimiento de distinción étnica y así en el metro que es dónde se dan
mejores condiciones de observación, escudriñaba el apéndice nasal de mis
congéneres del vagón que ajenos a esta acción contemplativa aprovechaban el
trayecto para leer o simplemente para perder la mirada en ninguna parte. De todo esto pude hacer una división más o menos acertada de las pituitarias observadas y resultan ser básicamente: aguileñas, rectas, chatas, respingonas, redondas y ganchudas. Claro que luego hay subgrupos y ahí ya me pierdo. Recordé aquellos versos de Quevedo que comenzaban: Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa…… versos que podrían referirse perfectamente a uno de los personajes literarios más románticos de la historia: Cyrano de Bergerac el cual poseía una nariz nada piadosa pero, también, Quevedo, pudo haber observado que la nariz española es así de superlativa, así de poderosa.
Aunque grande, la nariz
española, no por ello huele más, y si alguno pretende hacer creer que esta
cuestión de narices tiene algo que ver con una cuestión de atributos
masculinos sería tan chusco como aquello de confundir el culo con las
témporas. Concluyamos, nuestras narices nos viene de herencia aunque, eso
si, no nos gustan que nos la toquen. Seguiré estudiándolo pues parece un
tema fundamental e interesante. Una aventura intrépida, Antonio Martín Su sordera, decían, le había sido provocada por el ruido estridente de los motores de aviación al que estuvo sometido durante su dilatada vida como piloto. Para paliar esa discapacidad utilizaba un audífono que lo había adquirido fuera de España. Consistía de una cajita alojada en el bolsillo de la camisa del que salían unos llamativos cables para los auriculares y micrófono. El artilugio de manera inesperada y al parecer incontrolada solía auto-oscilar, produciendo un pitido muy molesto para los que estaban a su lado; cuando esto sucedía él golpeaba la cajita o movía los cables hasta que el acople desaparecía. Decían que era un extraordinario piloto, el que en aquel momento era jefe de pilotos de una compañía aérea española. Se trataba de José María Ansaldo, pionero de la aviación española. Hombre con mucho peso específico en la empresa, se le mitificaba en exceso hasta el punto que se pretendía hacer creer que esa sordera extrema se atenuaba o desaparecía justo cuando pilotaba un avión; lo aseguraban los que en los vuelos de prueba le acompañaban en sus temidos o temerarios despegues y aterrizajes con el Constellation. Un día alguien me dijo si quería colaborar en unas pruebas para instalar unas emisoras sobre una plataforma de madera. No tarde en saber que este caballero, hiperactivo y seguro de si mismo, pretendía cruzar el Atlántico en globo; un globo inflado con helio que tiraba de una barquilla de madera de contrachapado o aglomerado, casi nada. Aquel día mi trabajo consistió en instalar una emisora de HF (la 18S4 de Collins) y participar en unas pruebas con una antena de una baliza de emergencia. Intentamos primero izar una cometa pero al no haber viento suficiente se optó por un globo que izaba un largo y fino hilo de cobre. En unos de los vaivenes de la antena Ansaldo quiso sujetarla y sufrió una descarga electrostática. El audífono se le encabritó y ya no había manera de pararlo; se lo quitó.
Con todo listo para
emprender la aventura preparó su globo de helio en una playa de Gran Canaria
cuando providencialmente, en el momento que se procedía a la carga de helio,
un helicóptero rozó el globo y frustró el peligroso intento de aquella
suicida aventura. Recuerdo una fotografía de un diario donde aparecía
Ansaldo sentado en la playa entristecido junto a su globo deshinchándose,
posado y moribundo sobre la arena de la playa.
Recuerdo como corríamos por la
terraza de talleres especiales para que la puta cometa levantara el vuelo
(creo que era julio o agosto) como sudábamos. Mi afición a la Radio y otros inventos, Antonio Martín La emisora con una 2A3 Éramos un grupo de adolescentes de catorce años entusiasmados con la técnica de la radio. Siempre andábamos experimentando circuitos que copiábamos en revistas de radioelectricidad, la mayoría de ellas bien rancias, como Radio Sport, la más antigua de España y de las que nos nutríamos para experimentar y aprender. Mi interés por la radio nació desde el primer momento en que mi padre trajo a casa un receptor Philips. Compró una repisa que colocó en la pared y sobre ella el receptor del que salía un cable que se unía a otro en forma de espiral que era la antena, la cual se estiraba hasta ajustar su longitud entre paredes opuestas. Aquello me tuvo cavilando mucho tiempo; mi padre adivinaba mi intriga y me decía que ese alambre en forma de muelle captaba las ondas; yo no entendía cómo. Y es ahora que todavía me parece inexplicable, aún cuando sé que las ondas de radio están formadas por campos electromagnéticos que viajan por el éter, induciendo corrientes eléctricas en la antena. ¿Y qué es el éter?, me preguntaba, pues todavía no lo sé y ahí ando enfrascado en averiguaciones todavía. Cuando lo sepa te lo digo. En nuestros primeros pinitos ya habíamos fabricado algún receptor de galena y más adelante determinamos dar un salto cualitativo; fabricar una emisora. Encontramos un circuito compuesto de un oscilador con una válvula 2A3. Era una válvula triodo de la serie americana fabricada en los años 30 que estoy seguro que un coleccionista de hoy pagaría por ella una buena cantidad de dinero como si de una joya se tratara. Nuestra falta de oficio nos impedía saber por entonces que dicha válvula podría ser sustituida por otra similar más moderna, más fiable y más barata. Nuestra ortodoxia en seguir al pie de la letra lo que veíamos en las revistas era firme y construimos el circuito con la válvula 2A3 que no daría más de un vatio de potencia pero suficiente para nuestros propósitos. Es indescriptible la alegría tan inmensa que tuvimos cuando pudimos captar en un receptor el batido de frecuencias producido por la 2A3 y más todavía cuando instalamos en serie con el cátodo de la válvula un micrófono de carbón de los utilizados en los teléfonos para modular la voz. Todos estos componentes los comprábamos regateando en el Rastro madrileño, con el enorme riesgo de que nos dieran la válvula fundida o el micrófono averiado. La línea telefónica Yo vivía por entonces por la zona de Quintana, lo que en aquella época era la Carretera de Aragón y que hoy es calle de Alcalá. Allí, en mi casa, instalé la emisora conectada a la línea telefónica por medio de un transformador de relación 1/1 y 600 ohmios de impedancia. La frecuencia escogida era en la parte alta de la banda de radiodifusión, en lo que se viene a llamar Onda Común española. La antena, un cable de ventana a ventana. Mi amigo José María instaló en su casa, en la calle Galileo esquina con Donoso Cortés, un estudio con un tocadiscos y un micrófono de pie que a su vez se conectaban a la línea del teléfono de su casa. Recuerdo que por problemas de logística la conexión a la línea telefónica debía ser hecha con toda la cautela del mundo no fuera a ser que mi madre, que era la que sacudía con la alpargata, se diera cuenta. Así que lo que hice fue pinchar la línea con dos alfileres, y con hilo de cobre esmaltado muy fino del que se viene en usar en la construcción de bobinas y transformadores, lo llevaba escondido entre la separación de las losetas del suelo, previamente escarbadas para incrustar los cables lo más hondo posible. Un poco de parafina o cera a la que se le añadía un poco de colorante disimulaba a la perfección el aspecto y pasaba desapercibido, de momento. Mi amigo en su casa hacía de locutor, montaba concursos, ponía música y yo en la mía lo retransmitía, previamente avisados los amigos de la vecindad para que lo pudieran oír en sus casas. Y así estuvimos una temporada. Mi madre extrañada, más bien mosqueada, por que apenas salía de casa para jugar al fútbol. Un día oí como mi madre y mi tía se enzarzaban en una discusión vía teléfono. Al parecer la cosa estaba en que mi tía recriminaba a mi madre por la imposibilidad de poder comunicarse con ella. Según mi tía decía que el teléfono estaba siempre comunicando. Yo callado, como un putas, esperaba el devenir del asunto que se estaba fraguando. Mi madre muy acalorada le decía que eso era imposible……Madre de Dios…..Yo mudo y pálido a la vez, a la espera que se pasara la tormenta. Así seguimos algún tiempo con las transmisiones hasta que un día a la vuelta del colegio, mi madre me esperaba con un brazo sobre su cadera, con el gesto fruncido, la otra mano con un manojo del cable esmaltado que emergía sospechosamente del suelo y flexionando la pierna rítmicamente masculló inquisitoriamente ¿puedes explicarme que es esto?. No te cuento lo que ocurrió a continuación por que ya sé que lo estás imaginando. En aquel momento acabó el experimento, mejor dicho, se perdió una batalla pero no la guerra. La gallega Detrás de mi casa había un solar con cuatro chopos y veinte moreras. Un solar dónde jugábamos al fútbol, a dola, al rescate, a la banderola...... Algunas madres se sentaban por las tardes en aquellas sillas plegables de tijera mientras hacían punto, hablaban mientras los niños merendaban y jugaban. Había una que la llamaban la gallega, obviamente por que lo era, además de que su fuerte acento así lo delataba. Su niño -hijo único- se llamaba José Ángel. Eran unos tiempos muy puñeteros. Aquella buena señora aprovechando que el nene andaba jugando le gritaba, asegurándose de que todos lo oyeran: José Ángel ven a merendar este bocadillo de jamón que te he preparado. Bueno, ni que decir tiene que comer jamón por aquellas fechas era un lujo. Todos los niños mirábamos a aquel hijo único con envidia podrida deseando en nuestro fuero interno se atragantara con el jamón. El resto comíamos chocolate Matías López y poco más como puedes suponer.
A la gallega le gustaba oír la radio
mientras hacía punto. Le gustaba mucho Radio Intercontinental que andaba por
la frecuencia de 918 Kcs en Onda Media si no recuerdo mal. Oía aquel programa de por las
tardes que se llamaba
La
portera y sus vecinos.
Yo, lleno de insidia,
decidí boicotearla. Coloqué la emisora en la misma frecuencia machacándole
la escucha, produciéndole un molestísimo y ensordecedor pitido. Movía el
condensador variable hacia un lado y otro para que el pitido cambiara de
tono, es decir para fastidiarla aún más. Ella golpeaba sin éxito el
aparato. y yo cesaba en la emisión para a continuación reanudarla de nuevo y
así hasta que se dio cuenta que alejándose ya desaparecía la interferencia.
Otro día os contaré como logré por fin que se fuera al otro extremo del solar. Eso
será en otro capítulo referido a la pólvora y petardos. No digo más.
|