Narrativa, algunos trabajos y pequeñas historias
(Cajón de Sastre)

 

Acto de Piratería, Antonio Martín

Entré en la peluquería, me senté  a esperar mi turno y tomé uno de los periódicos del día. En él destacaba la noticia de los tristes acontecimientos que se acababan de producir en aguas internacionales del mar Mediterráneo, el asalto por parte de Israel a una flotilla que, con un cargamento de ayuda humanitaria, pretendía romper el cerco a Gaza.

Un ventilador de pedestal batía con sus aspas el entorno, sintiéndose uno aliviado al incidir el chorro de aire en la cara. En la calle el calor casi tórrido mostraba el anticipo de lo que habrá de ser el verano cuando llegue en pocos días.

Las peluquerías de barrio son siempre cátedras de tertulias populares. Allí te encuentras al vecino del tercero, al tendero de la esquina, el director de tu banco e incluso el mismísimo Párroco de tu iglesia. Tertulia más heterogénea no la hay. No existe tema que aún siendo enrevesado no se debata en la peluquería. Claro que  el fútbol y los toros son los que más, pero la actualidad manda y hoy por hoy lo que manda es ese tan mal traído y mal llevado asunto del asalto, a lo que periodísticamente denominan la flotilla de la libertad, otros dirán que eufemísticamente.

Ojeaba el periódico sin la atención debida pues ni ponía atención a lo que hablaban ni tampoco asimilaba lo que leía, así que opté por dejar el periódico a un lado y seguir la conversación que transcurría en tono menor, a veces, de manera vehemente otras, y nunca exenta de socarronería. El peluquero mientras hablaba movía con maestría la brocha en la palangana para luego aplicarla sobre ambos lados de la cara, bigote y barbilla haciendo enmudecer al cliente por unos instantes.

Pienso, decía el barbero, que se han pasao un pelín. No, decía el cliente, aprovechando una tregua de los brochazos, eso no es pasarse eso es traspasarse, ha sido un verdadero acto de piratería como en los viejos tiempos. El peluquero tomó de manera intuitiva y ceremoniosa el templador de cuero y comenzó a deslizar secuencialmente sobre él ambos lados de la hoja de la navaja. Mire usted don Carlos. Es difícil saber que es lo que realmente quieren los responsables de ese gobierno. Este asunto tan feo me sugiere que están un poco alterados o sea, fuera de si, porque un ejercito tan poderoso como el del Estado de Israel puede cometer un atropello como el de esta madrugada y luego no ha pasa nada, aquí paz y allá Gloria. ¿Cómo se puede entender que un Estado con apenas una población de siete millones de habitantes puedan tener un ejército tan numeroso y tan poderoso y además tengan la bomba atómica y tengan acogotados a unos pocos de miles de palestinos ?. El cliente asentía haciendo los gestos que se le permitía hacer entre pasada y pasada de navaja barbera, no perdiendo de vista el filo, que, por si acaso, en algún movimiento vehemente producto de la gesticulación, el barbero le arreaba un corte involuntario en la cara. Mira Manolo, a veces los humanos mostramos la parte irracional del animal que llevamos dentro y en el caso de ese gobierno lo hace cada día por que está muy radicalizado, por que, según ellos, se sienten permanentemente amenazados como pueblo. Oiga don Carlos,¿y no será qué esa actitud la mantienen adrede para retrasar el que los palestinos creen su propio Estado?. Eso parece Manolo, eso parece. Durante un rato, el silencio se extendió por el recinto, sólo interrumpido por el batir de las aspas del ventilador y las palmaditas en la cara mientras aplicaba loción de afeitado. Llegaba ya mi turno.

Boyacá, un lugar de Colombia célebre por su batalla, Antonio Martín

 

Aquel lugar es ahora un parque que parece en principio no haber tenido relación alguna con aquella trascendental batalla que culminó con la derrota del ejercito español en Nueva Granada. Un arroyo, el Teatinos, atravesado por el puente Boyacá, clave en la estrategia militar de los contendientes enfrentados. Fue en realidad una emboscada. En la mañana del sábado 7 de agosto de 1819, el ejército español inició su desplazamiento hacia Santafé de Bogotá para así unir sus fuerzas con las del virrey Sámano y organizar un frente militar contra el rebelde Bolívar y su ejército. Los españoles comandados por el Coronel Barreiros escogieron el Camino Real con dirección a la capital del Virreinato y acamparon en las inmediaciones del ya famoso Puente de Boyacá, puentecito diría yo por lo minúsculo que es; como los de un Belén navideño. Un lugar, desde mi punto de vista, perfecto para la emboscada y seguramente poco recomendable por los manuales de estrategia militar para acampar. Bolívar que observaba estos movimientos atacó por sorpresa a nuestro ejército al cual venció.

El guía del lugar percibió mi acento español y trataba prudentemente de no vanagloriar la hazaña. Me percaté de ello y le dije, "no se preocupe, cuéntemelo como si yo fuera colombiano". El final del encuentro bélico culminó con el apresamiento del Coronel Barreiro. Pensé en ese momento en el intercambio de espadas tal como hicieron los generales Castaños y Dupont con la capitulación de Bailén, en nuestra guerra contra Napoleón; algo así muy parecido a lo que sucedió en Breda y que tan fielmente representa el cuadro de las lanzas del pintor Velazquez. Os entrego, dijo Dupont, esta espada vencedora en cien batallas. Por mi parte, respondió Castaños con encantadora modestia, puedo aseguraros que es ésta la primera que gano. Eran aquellas guerras románticas que al parecer Bolívar, criado militarmente en España, olvidó. Le pregunté al guía, ¿qué fue del coronel Barreiros?. No supo que responder, quizá no lo sabía, quizá si.

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Viajando en tren hacia Don Torcuato, Antonio Martín

Un día más, después de quince seguidos tomé el tren en Retiro para desplazarme hasta Don Torcuato; tenía que volver a España al día siguiente. Un tren destartalado sí, eso era, que no lo envidiaría para nada nuestro sempiterno tren de Arganda. La línea tenía un pomposo nombre: ferrocarril de Belgrano Norte. Entre viejito por anticuado y los eternos conflictos laborales de los ferroviarios, éste nunca superaba los 30 Km. / hora, de modo que viajar en él se hacía eterno, tedioso y agobiante.

Tardaba bastante más de una hora en recorrer los 35 Km. del recorrido. Mi tío José siempre me esperaba inquieto en el andén de Don Torcuato pues se preocupaba por si me pudiera haber ocurrido algo; eran tiempos muy difíciles en La Argentina; los tupamaros acechaban, secuestraban y mataban, y yo era muy joven, excesivamente joven para andar por sitios que obviamente desconocía y no dominaba. Los vagones, generalmente abarrotados de público, no eran el mejor lugar para el acomodo, así que al tratar de situarme me excusé para franquearme el paso hacia el interior. Alguien se percató que mi acento no era argentino y directamente me lo hizo observar. No era mi gusto conversar con un desconocido y sentirme objeto de la curiosidad del resto de los viajeros. El caballero me preguntó <qué tal por la madre Patria>; no sé si me lo dijo para halagarme o con retorcido resabio, aún así el hombre parecía correcto y le respondí con un lacónico: <bien>. A continuación lo inevitable: < ¿y Franco?>. Temía y esperaba la pregunta, aterrorizándome hablar de tan controvertido asunto delante de desconocidos, en un auditorio tan efímero, desigual y ávido de curiosidad al que consideraba no eran de su incumbencia mis opiniones. <Ese es un buen tipo, si señor>, insistió locuazmente, <y es lo que nos hace falta acá para acabar con la corrupción de tanto tránsfuga>. Inmediatamente terció otro individuo recriminando lo dicho por el primero, enzarzándose los dos en una peregrina discusión sin sentido y sin punto final, a la que poco a poco iban añadiéndose más participantes convirtiéndose el vagón en un murmullo ensordecedor. En la primera oportunidad que tuve me separé del lugar buscando una ubicación más tranquila y con mucho cuidado de no abrir la boca por nada del mundo.

El tren paró unos minutos en Munro donde bajaron bastantes viajeros, tantos que quedaron algunos asientos libres. Me senté al lado de una mujer de mediana edad y de muy buen ver. Al observar mi rostro aún demudado, ella comentó: <lo pasaste mal pibe ¿cierto?>. <Si, así es>, respondí aliviado. <Acá la gente es así, un poco ruidosa pero de ahí no pasan. La mayoría son peronistas; peronistas de derechas, peronistas de izquierda y hasta de centro…pero todos peronistas….es una macana>. <El peronismo>, prosiguió, <es como el primer amor de juventud, nuca se olvida>. Asentí con un gesto de conformidad pensando que tampoco yo había olvidado el mío. Nos mantuvimos un buen rato en silencio, cosa que agradecí interiormente, por mucho que no me hubiera importado conversar el resto del viaje con aquella mujer a la que de soslayo contemplaba lo más disimuladamente posible.

En el tramo que aún quedaba hasta mi destino mi mente me llevó a recordar la visita de Eva Perón a España en el año 1947. Mi madre y otras madres solían pasar la tarde en las inmediaciones del II depósito de agua del Canal de Isabel II, mientras los niños merendábamos y jugábamos. Pese a mi corta edad, recuerdo el revuelo del público al paso de la caravana oficial y los saludos que brindaban a los allí congregados en la calle José Abascal, cercana al parvulario del colegio Jesús Maestro al que yo asistía.

Eva Duarte fue la cara visible de la ayuda humanitaria brindada al pueblo español, en el que Argentina nos vendió parte de sus excedentes de cereales a la vez que rompió el aislamiento internacional al que España era sometida en ese momento. Las peripecias de los acontecimientos posteriores en Argentina, reservarían un lugar en la historia para su esposo Juan Domingo cuando años después se exilió en España.

Pensando en estas cosas noté que el tren estaba disminuyendo la marcha hasta parar en la estación en la que sólo había una persona en el andén, mi tío José quien al verme hizo un gesto de alivio. Mi acompañante de asiento también bajó, dio las buenas noches, soslayándolas con un chau, y con andares muy femeninos su figura se confundió en la oscuridad de la noche, oscuridad solamente salpicada por los puntos de luz de las luciérnagas que revoloteaban a nuestro alrededor.

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Vititi una quinceañera en mi vida, Antonio Martín

Eran aquellos días de las pandillas, los guateques y la edad del pavo que se dice. Pero eran unos tiempos lindos, sin un puto duro pero lindos.
 Aquel día decidimos irnos El Moli, el Choto y el Pincha a la sierra. Nos fuimos hasta Cercedilla y desde allí hicimos la machada de ir andando hasta Navacerrada. Era un 19 de Marzo de 1962, todo muy nevado hasta el punto que nos metimos hasta las rodillas caminando por la nieve. Intentamos cruzar un río pisando las piedras y yo resbalé y fui enterito a un remanso de agua formado con las aguas superfrías del deshielo...Me quedé como el tío risitas, castañeando los dientes y sin más ropa que la que llevaba puesta. Así llegamos a Navacerrada. Luego subimos al telesilla hasta las instalaciones de TVE. Allí tuve tiempo de secarme un poco. Después al salir se había levantado una ventisca horrible. Nadie quedaba por los alrededores, el frío intensísimo. De regreso dije que cuando pasara el telesilla por alguna cota cercana al suelo yo me dejaría descolgar para así salir corriendo y entrar en calor. Menos mal que el compañero de al lado no me dejó hacer esa estupidez porqué sino hoy no estaría contando esta historieta. Así de maltrechos llegamos de regreso a Navacerrada y nos dispusimos a tomar el tren hacia Cercedilla, cuando nos percatamos que yo había perdido el dinero al caer al río. Finalmente un generoso desconocido nos dio el dinero para los billetes y finalmente regresamos a Madrid. Eran como las 7 de la tarde y alguien recordó que en casa de un amiguete había aquella tarde un guateque. Pues allí nos dirigimos y os podéis imaginar la pinta, sobre todo la mía, que llevábamos. Allí estaba Vititi. Vititi era una niña quinceañera gorda, muy gorda, gordísima. Hermosa de cara y el resto lo acompañaba. Dios mío para dar de comer a aquella criatura hacía falta un doble sueldo o más. Yo por mi pinta no me atreví a pedir de bailar a nadie, ella por lo gorda tampoco. Así que uno por una razón y la otra por sus razones de peso nos vimos como dos tontos en medio de aquel ligoteo. Desaparecí y fui al balcón, ella siguió mis pasos....yo no sabía que decir y se me ocurrió mirar hacia arriba. Descubrí una Luna llena, esplendorosa, y dije. " que bella es la Luna, mira como su luz nos ilumina". Toma del frasco carrasco. La Vititi me miraba con ojos acaramelados y me vi atrapado sin escapatoria posible. Ella me dijo "que bonita frase..¿porqué no bailamos?"..Yo me excusé, "quizás mejor otro día...podría mancharte tu bonito traje..." pasó del acaramelado a la mirada lasciva y entonces para enfriarla no recuerdo bien si le canté aquello de Santurce a Bilbao vengo por toda la orilla.... o Adiós muchachos compañeros de mi vida...el caso que hice mutis por el foro y escapé como pude. Días después supe por las amigas que la Vititi sufría de amores por mi y no regresé a la pandilla hasta que me enteré que ya tenía novio.

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Mis escarceos en la fila de los mancos, Antonio Martín

Yo que viví enteramente aquellos años de la España pobre, no era consciente de la infelicidad y la falta de recursos que muchos teníamos. Era lo cotidiano lo que siempre vi,  pero aún con todo ello era feliz...la capacidad de adaptación al medio no tiene límites.

Y recuerdo mis 18 años que es una edad en la que te pones más caliente que un sueco al sol de Torremolinos. Y aquellos días yo salía con la maciza y nos íbamos al cine de sesión continua más NODO y ¡hala! A la fila de los mancos..Bueno al principio por aquello de que daba corte nos dejábamos acomodar, por el acomodador, en unas filas algo más recatadas pero en cuanto se descuidaba nos íbamos a la última. Claro que inmediatamente me ponía a faenar como mandaba los cánones y digo que me ponía a faenar por que la contraria (la maciza) hacía el papel de pasiva...ella con su cancán y abrigada hasta el cuello y su bolsito sobre las rodillas y yo intentando por dónde colocar. Qué osadía, que maestría, como se resistía, la jodía......Imaginaros la escena...Una película cualquiera, los dos mirando como si nos estuviéramos empapando de argumento, cuando en realidad nos estábamos empapando de otra cosa. Primero roce de codo para advertir a la maciza que la faena estaba a punto de comenzar. Luego poco a poco la mano sobre la rodilla con ligeros y suaves desplazamientos sobre el muslo...suavidad interrumpida por aquellas enaguas tiesas que servían para dar forma al cancán y por el jodido bolso que permanecía inalterable como si estuviera pegado a las piernas, por supuesto más cerradas que la concha de un mejillón.

 Y como un ejercicio de contorsionismo el brazo se deslizaba por los vericuetos como sagaz serpiente de pitón. La cara era como un arco iris, primero roja de pasión luego más roja por el esfuerzo sobrehumano de alcanzar lo inalcanzable...: muslo, cancán, tela contrafuerte, faja, bragas, sostén, y el jodido bolso incordiando, luego la cara pálida por agotamiento, yo con el brazo retorcido ...y mientras tanto la maciza con la mirada fija a la película, piernas juntas, abrigada hasta el cuello y......el jodido bolso en posición. Aún con todo mi maciza era más simple e ignorante que un cubo de fregar.....me decía: Antonio tengo miedo me dejes embarazada....

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Lanzamiento de nuestro cohete, Antonio Martín

Pues corría el año 1956 o 1957, por lo tanto yo tenía por aquellas fechas unos 14 años, más o menos, y ya fumaba a hurtadillas aquellos cigarrillos de papel amarillo marca Ideales que por entonces creo costaban unos 20 céntimos de peseta la unidad. Al fumar aquellos petardos en el colegio, nos poníamos detrás de algún parapeto y movíamos el cigarrillo en zig zag para dispersar el humo. Pero allí estaba el conserje Sr. Ribera, el tío Gavi, un viejo guardia civil retirado que era más listo que el hambre y tenía un olfato canino. Nos pillaba y nos decía "esta noche a lijar las mesas". Cuando entré en aquel colegio lo primero que observé fue lo limpias que estaban las mesas. No tardé mucho en saber por qué.

También recuerdo al profesor de Física que en gloria esté. Era un dominio el que tenía de la física que nos apabullaba cuando sentenciaba: "Una vagoneta llena pesa más que una vacía"..¡que cabrón! ¿y para eso te pagan?.

Por aquellos días la Unión Soviética fabricó el Sputnik, primer artefacto que se puso en órbita y que alojaba en su interior un pequeño transmisor de radio que emitía un bip bip cada vez que completaba una órbita. Muchos sectores de la sociedad admiraron aquel avance tecnológico sin precedentes de manera que algunas universidades se lanzaron a la investigación de esa incipiente disciplina aeroespacial. La facultad de física de la Universidad Complutense, para no ser menos comenzó un proyecto llamado Selenita, en alusión clara a nuestro satélite natural. Se trataba de fabricar un cohete que habría de lanzarse desde el Campus de la Universidad, allá dónde daban la vuelta el tranvía 1000 y el 1001. ¿Yo como me iba a perder tal evento?...Recuerdo la figura estilizada del cohete. Como aquellas películas italianas de Alberto Sordi surgió lo inesperado.

Circulaba un hombre en un carro lleno de chatarra tirado de un burro, mientras por un pequeño altavoz se oía la cuenta atrás para el lanzamiento del artefacto. No sé que dirían las autoridades aeronáuticas hoy en día pero es de imaginar el canchondeo que había en esto por aquellos días. El cohete salió con fuerza desmedida y se soltó de la plataforma que lo sujetaba girándose violentamente casi 90 grados y se desplazó en dirección al mismísimo centro del carro. Del carro quedó solo el burro rebuznando y el dueño cagándose en la madre que nos parió a todos los que estábamos allí y que por fortuna no nos ocurrió ninguna desgracia.

Pero aún con todo yo quedé súper motivado, y decidí por mi cuenta, sin universidad ni nada, deshacer aquel entuerto y como Quijote espacial vengarme de aquella patraña. Les comenté a el Choto, Pincha y Mallorquín, lo que había visto, y ni cortos ni perezosos nos pusimos manos a la obra. El Pincha era el más manitas de los cuatro y él fabricó el cuerpo del cohete que tenía dos partes, a saber: base y cohete. La base debería ir clavada al suelo y el resto era para que saliera despedido como alma huyendo del diablo. Y así nos dispusimos a probar el artefacto ni más ni menos que en las cercanías del aeropuerto, sin pedir permiso a Aviación Civil ni Cristo que lo fundó. Con que mimo preparamos todo; el cohete, y la caja de control, todo en una gran caja de cartón. Subimos al tranvía que nos habría de conducir a Canillejas. Habíamos elegido un espacio abierto, el que hoy es el Camping Osuna. Cuando el tranviario nos vio subir con la caja..nos dijo ¿pero que carajo lleváis ahí?...Con esa honestidad que te da los 14 años le contestamos que íbamos a lanzar un cohete en Canillejas..¿Quéeee?. ¡Venga ya! ¿Os vais a quedar conmigo?...Bueno pues lo que usted quiera....bueno, bueno..y siguió atento a su tarea.

Lo más bonito fueron los preparativos, las fotos.... Elegimos un sitio adecuado y colocamos varios metros de cable que unían el cohete con el control. La base del cohete la llenamos de carburo, aquel compuesto que se usaba como combustible para candiles. Luego una pequeña lamparita instalada en el cohete a la que le habíamos roto el cristal y la que nosotros suponíamos se fundiría cuando apretásemos el botón produciéndose una deflagración que haría saltar el cohete por los aires........y así tal cual sucedió...el cohete saltó por los aires dando volteretas sobre si mismo hasta caer al suelo...después nos volvimos a casa como si nada.

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Historias de mi madre, Antonio Martín

Eran aquellos años oscuros e inciertos de los cuarenta, mi vivienda un bajo interior donde apenas se colaba la luz por el hueco del patio. Mi amigo Fernando y yo jugábamos con trozos de astilla de la carbonería de Domingo simulando que eran coches. Los inviernos crudos del Madrid de entonces se aliviaban arropándonos en mantas y dejándonos deslizar entre los faldones de la mesa camilla para recibir el calor de aquella estufilla de carbón de cisco. Mi madre me contaba cuentos e historias imposibles. Como granadina sabía muchos cuentos y leyendas, pero en mi mente infantil no discernía la fantasía de la realidad. Hoy, decía,  te voy a contar una historia verídica. Hay un pequeño pueblo en Granada que se llama Piñar. Allí hay una vieja cueva por la que apenas se puede entrar dado lo escabroso de su entrada. Algunos se han aventurado y han podido traspasar unos metros hasta llegar a un punto en el que se cruza un río subterráneo con mucho caudal y no lo han podido traspasar aún. Al otro lado de la orilla hay una puerta y una llave en ella; se dice que es un lugar muy misterioso y que de seguro ha de guardar grandes tesoros que han quedado ahí después de la huida precipitada de los moros de Granada. Mi imaginación volaba y pensaba que yo, algún día, encontraría la solución para atravesar ese río y abrir aquella puerta para desvelar al mundo entero lo que tras de si encerraba; esos misteriosos tesoros.  Y os digo que todavía estoy en ello.


A strange case, A. Martin (Green Martian)

            Have you ever seen a UFO (unidentified flight object)? . Well, many people could answer this question, but did they really see a UFO? . If we assume that always somebody drives a UFO, then few people could answer positively. Therefore we can say there are two positions; some people believe in it, some others want to know nothing about it. However, something is happening. Every day we can read in any newspaper rare events about UFOs. Also throughout history we can find interesting things on this concerning. Because these events are increasing, many organizations are being formed in many countries to study this phenomenon, in other words, we can say there is controversy about this problem.

            I am remembering now an event that happened in Goirle (Netherlands) a time ago. During a meeting about UFOs, two men were talking about. One of them said: "I don't believe in it because I have never seen an UFO. Besides if life exists in any other planet, why do they not make it known? . So, the answer could be there is not life outside of the earth".

            The other one was a nice and always smiling man. He was listening very politely to his friend and told him. "This is not true, there is another life and there are UFO's whose crews are coming from other planets. Besides, if you desire I can show you an UFO right now". The other man laughed. "This is not possible, I spent a long time watching the sky and I have never seen an UFO. How can you show me some thing like that? ". "Well", said the other man. "Come with me and I shall show you it". "OK let us go".

            They went to a beautiful place where there was a big house. "What a good place to live, to whom does it belong? ". "It is my home" replied the other man. "Let us go in". The inside was like a palace. "Well, where is the UFO? ", he said ironically. "This is an UFO" replayed the man "and now we are ready to start a long trip to my planet". Suddenly the smiling man pushed a button in and they took off. They were not seen any more on the earth.

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Cómo era mi barrio donde nací, Antonio Martín

Yo nací en la calle Viriato de Madrid en el distrito de Chamberí, en 1942. Entonces se nacía en las casas y asistidos por una comadrona y con la ayuda desinteresada de alguna vecina: los vecinos eran como de familia, se compartía mucho con ellos pues eran tiempos difíciles. A mi padre, su empresa le regalaba un cordero por Navidad y lo repartía entre los vecinos más allegados: actitud solidaria muy común por aquella época entre todos.

Fui bautizado en la Iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel. Una Iglesia que por aquellos años estaba muy deteriorada sobre todo la torre, como consecuencia de la guerra civil.

Allí, en ese barrio, viví hasta los seis años pero aún recuerdo muchas cosas de él, sus gentes y el entorno. Entonces apenas había coches como los hay ahora pues España sufría un bloqueo internacional y eso se notaba. Un bloqueo que perjudicó mucho a la población y en mayor grado los niños, y aquellos niños, los de mi generación, nos criamos malamente por que no había mucho que llevarse a la boca y el índice de mortalidad era elevado. Eran los tiempos del
estraperlo y las gachas como plato obligado, así como las sobras y refritos. Aún con estas penurias recuerdo con agrado mi barrio. Recuerdo a Domingo, el carbonero, que vendía carbón de piedra y vegetal y también astillas. Por entonces las cocinas eran de carbón y servían además para dar calor al hogar. Agapito, el zapatero, que trabajaba en un semisótano al lado del portal de mi casa. Me gustaba contemplar como cortaba con destreza el sobrante de un tacón o de una suela, mientras se entretenía oyendo una radio de época en forma de capilla. Creo que era la única radio que había en el edificio y eran muchos los que compartían su audición en animada charla mientras golpeaba certeramente los clavos sobre el yunque. Un poco más allá la panadería y una tienda de ultramarinos, y cruzando Álvarez de Castro, en la esquina, la farmacia, que aún existe, dónde se vendían los Yogures de Danone. Sí, se vendían en farmacias y con receta,  tapados con un papel plateado sujeto con una goma que hacía presión. Calles con farolas de gas, por la tarde llegaba el farolero con una pértiga en la que portaba una llamita que al arrimarla al farol ardía con luz blanca e intensa. Aquellas farolas tenían una protuberancia en el centro que nos servía a los niños para encaramarnos a ellas. Yo jugaba a dar vueltas a la manzana de casas formada por las calles Cardenal Cisneros, Feijoo y  Álvarez de Castro, ese era mi entorno, lo demás era el más allá y a la que no podía o no debía ir si no era con mis padres.

Yo tenía un amiguito que era un año menor que yo; Fernando. Jugábamos en el patio de nuestra casa. No teníamos juguetes pero nos lo inventábamos y compartía mis vueltas a la manzana. Imitábamos ser el tren o el metro. Yo iba en cabeza de máquina por que era mayor, y él era el vagón, por que era menor.

En algún momento y seguro que con gran esfuerzo económico por parte de mis padres me regalaron un caballo de cartón. Me duró poco tiempo pues una de aquellas múltiples goteras que siempre había en las casas acabó con el caballo, pues gota a gota fue reblandeciendo el cartón quedando finalmente desecho. Solo quedó el soporte de ruedas que seguí utilizando como patinete; mi padre le adosó un palo sobre el cual yo manejaba como guía del artefacto. No recuerdo haber tenido otro juguete hasta los ocho años.

Cuando cumplí los cuatro años fui por primera vez al colegio. Era el colegio Rufino Blanco dónde hacían prácticas los nuevos maestros. Aún hoy existe; es un colegio público y me parece que está igual que lo estaba entonces. El patio del recreo y unos techos muy altos aún lo recuerdo así como aquellas maestras que nos daban rompecabezas para jugar. Al salir del colegio no puedo olvidar el abrazo que di a mi madre. Había sido la primera vez que había estado apartada de ella desde que nací. Una fachada del colegio da a la calle José Abascal, arteria muy importante dónde discurría el tráfico de Oeste a Este y viceversa, Allí junto a la verja que limita las instalaciones del Canal de Isabel II jugábamos a cualquier cosa mientras las madres sentadas en aquellas sillitas plegables de tijera hacían punto y charlaban unas con otras. Recuerdo que por entonces viajó el General Perón, Presidente de la República Argentina y su esposa Eva (Evita Perón) a España y camino del Palacio del Pardo pasaron en comitiva, junto a Franco,  procedentes del aeropuerto. Yo los vi y recuerdo vagamente el coche descubierto desde el cual iban saludando al público.

En aquella época y debido a las recomendaciones o decisiones, no sé, tomadas en Postdam por los vencederos de la segunda guerra mundial, España sufrió un duro bloqueo contra el franquismo pero quienes lo sufrieron en su piel fueron los ciudadanos de a pie. Los coches a falta del combustible adecuado por no haberlo utilizaban un artefacto que producía gas que hacía funcionar el motor, se trataba del gasógeno; eran los años del hambre.

El régimen franquista ante el deterioro general por la falta de recursos había establecido el racionamiento de los alimentos en mayo de 1939 y que duró hasta Marzo de 1952. Este salvoconducto del hambre adoptó la forma de cartillas de racionamiento, un impreso dolorosamente familiar para varias generaciones de consumidores. Esta situación dio lugar a la aparición del mercado negro que por entonces y como digo más arriba se denominaba genéricamente estraperlo.

Otros lugares de la zona que vienen a mi recuerdo son: el cine Voy en la calle General Álvarez de Castro; en él vi -la escalera de caracol-, filmada en el año 1946, lo recuerdo por que me impacto mucho ya que era un melodrama con abundante suspense. El cine Diana en la Glorieta General Álvarez de Castro que tenía un cine de verano en la azotea del edificio. El Parque Móvil de los Ministerios, situado en la calle Cea Bermúdez y que en aquellas fechas, aunque operativo, todavía había partes en construcción o en reparación. En la parte baja había un punto de alimentación al que los ciudadanos acudían con la cartilla de racionamiento para comprar productos alimenticios. Recuerdo un día  mi amigo Fernando y yo jugábamos mientras nuestras madres aguardaban pacientemente en la fila para ser atendidas. Había una valla que separaba el recinto de la calle y en un pilar de la misma, cuidadosamente tapado, descubrimos un montón de patatas que evidentemente permanecían  allí seguramente por que algún funcionario las había depositado para llevárselas más tarde. Aún en nuestra ignorancia infantil, sigilosamente y con la prudencia necesaria se lo comunicamos a ellas. Ni que decir tiene que se repartieron el botín con alegría y sin que nadie lo percibiera.

En el año 1947 murió Manuel Rodríguez, "Manolete", en la plaza de toros de Linares. Entonces no había televisión y lo más era lo que podíamos ver en el noticiario NODO que ponían antes del comienzo de las películas de cine. Se trataba de un noticiario que, como diríamos hoy, no era en tiempo real si no que lo veíamos con semanas de retraso y la información quedaba añeja.

Había unos personajes que no sé como se llamaban que portaban un artefacto que se apoyaba en el suelo y por cinco o diez céntimos de peseta se podía ver a través de un orificio imágenes de los sucesos más importantes. El sujeto como un pregonero relataba o contaba el suceso al mismo tiempo que movía las filminas en secuencia desde el comienzo de la historia hasta su final. De este modo pude ver la muerte trágica de Manolete en la que la última estampa mostraba como el toro lo prendía mortalmente por la ingle.

El entorno en el que yo me movía era limitado. Con mi madre iba al Mercado de Olavide, hoy desaparecido, o de paseo por la calle de Fuencarral dónde en alguna de las pastelerías me compraba un Mojicón o una Trenza como merienda. Era la calle dónde había más zapaterías que en cualquier otro sitio. También esta calle  podría denominarse 'la avenida de los cines' por la cantidad de ellos que hay en el corto trecho que existe  entre la Glorieta de Quevedo y la de Bilbao, cines como el cinema Paz, el Proyecciones, Bilbao, Fuencarral y más tarde los cinemas Roxy A y B. ; primeras salas multicines de Madrid.

El Parque del Oeste lo frecuentábamos pues no estaba lejos de mi casa, pero si lo suficiente como para ir andando. Recuerdo que tomábamos un tranvía que por 25 céntimos nos llevaba hasta allí. El recorrido lo hacía a lo largo de la Calle Fernando el Católico hasta Argüelles. El Parque del Oeste es parte del declive que forma el terreno hacia el cauce del río Manzanares. Había una fuente cuyas aguas, según el saber popular, eran buenas para el riñón. Cerca de allí la Universidad Complutense. En ese lugar, en los atardeceres de temperatura agradable pasábamos el rato. Recuerdo el edificio de lo que hoy es el Hospital San Carlos (Clínico) semiderruido por los efectos de los bombardeos durante la guerra civil española. Aquella zona había sido el escenario de muchos enfrentamientos pues era allí donde se situaba ambos frentes antagónicos,  nacionalista y el de la defensa de Madrid. Era una zona salpicada de trincheras y alambradas que aislaban áreas por las que no se podía transitar por haber peligro real de toparse con algún explosivo.
Había una línea de tranvías muy peculiar que unía Moncloa con la Ciudad Universitaria. Su trayecto es hoy día peatonal y aún conserva algunos trozos de vía.

Con cinco o seis años pasé al colegio Santa María que estaba en Bravo Murillo esquina con García de Paredes. Aprendí a leer y escribir. Me compraron un libro que se llamaba NOSOTROS y en él estaban escritos estos coplas o versos:

Tengo, tengo, tengo.
Tú no tienes nada.
Tengo tres ovejas
en una cabaña.

Una me da leche,
otra me da lana,
y otra me mantiene
toda la semana.

Caballito blanco
llévame de aquí.
Llévame hasta el pueblo
donde yo nací



Agua, San Marcos,
rey de los charcos,
para mi triguito
que está muy bonito;
para mi cebada
que está muy granada;
para mi melón
que ya tiene flor;
para mi sandía
que ya está florida;
para mi aceituna
que ya tiene una.
La ovejita y el pastor
lloviendo y con sol.

 

Muchos Domingos mi padre solía llevarme a la zona dónde hoy día están situadas las instalaciones deportivas  del Vallehermoso. Aquello era un montículo muy despejado; un descampado dónde muchos jóvenes desplegaban cometas para hacerlas volar y los mayores jugaban al Chito y a los bolos. En las inmediaciones existían restos de un cementerio y por ello aquello se le denominaba Campo de las calaveras.

El barrio celebra las fiestas patronales en Julio, en honor a la Virgen del Carmen. En aquellos años la verbena del Carmen se instalaba en la calle General Álvarez de Castro, a tan solo unos pocos metros de mi casa. Lo recuerdo muy vivamente. Además de las atracciones normales de una verbena recuerdo el Tubo de la Risa, que consistía en un cilindro que giraba a lo loco con gente dentro que pretendían atravesarlo sin caerse. Era realmente divertido.

Había otra verbena muy popular que era, y sigue siéndolo,  la de San Antonio de La Florida, en el mes de Junio. Tengo el recuerdo muy claro de ir con mis padres a ella bajando desde el Paseo del Pintor Rosales hasta las inmediaciones de lo que hoy es la Avenida de Valladolid y la ribera del Río Manzanares. Había que atravesar un paso a nivel, situado en las proximidades de la Estación ferroviaria del Norte.  Era entonces un lugar con pinares, los cuales producto de la especulación inmobiliaria desaparecieron hace ya mucho tiempo. La gente para ahogar sus penas por la falta de recursos se divertían bien utilizando las distintas atracciones o bailando en las Kermeses, como la de la Bombilla, o también comiendo en los merenderos y sobre todo bebiendo quizás para olvidar; vinos peleones que emborrachaban sin piedad, todo ello envuelto en olores a gallinejas, churros , porras y tortillas con más patatas que huevos hechas en aceites mil veces fritos  y refritos.

Esos son mis recuerdos de mi primer barrio. Uno de los mejores y más bonitos de Madrid con edificios decimonónicos, calles amplias y bien ordenadas, una mezcla de suntuosidad y tipismo; con solera. Ya lejos de haber sido aquellos arrabales que un día pertenecieron al término municipal de Fuencarral y cuyo nombre, Chamberí, se debe al nombre de un regimiento francés del mismo nombre y que acampó en esos lugares en los años de la invasión francesa. Calles en los que albergan historia y tradición. Lugar dónde nací.

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El Campamento, Antonio Martín

Tenía 13 años cuando fui a un campamento en Palma de Mallorca. Era para mí un viaje maravilloso. En aquellos días, dada la situación económica del país, poca gente podía permitirse el lujo de viajar o ir de vacaciones; yo pude hacerlo y no precisamente por que en casa sobrara el dinero si no que se trataba de un viaje subvencionado por el Estado español y yo tuve la suerte de obtener ese privilegio. Allí en Porto Pi, se situaba las instalaciones del campamento infantil, en la misma bahía de Palma, vigilada por el Castillo de Bellver situado en una colina de 140 metros y rodeado por un bello paraje natural.

Yo entonces, un muchacho de 13 años que no había visto apenas nada, el simple hecho de viajar en tren hasta Valencia me pareció algo inmenso. Separarme por primera vez de mis padres me hizo sentir independiente, más hombre, y luego la travesía de quince horas por el Mar Mediterráneo, un sueño.

Tocamos puerto primero en Ibiza. Recuerdo que poco antes sobre las 6 de la mañana del mes de Julio de 1956 el sol salía sobre el horizonte de Ibiza esparciendo sus primeros rayos de luz sobre el mar. El espectáculo de los delfines saltando en línea con la proa del barco hacía aquello más increíble para un muchacho tan joven y tan falto de experiencia.

Las noches del fuego de campamento, reunidos todos junto al mar, no puedo olvidarlos. Cantábamos, hacíamos parodias o contábamos chistes. Recuerdo un muchacho que con su guitarra entonaba unas lindas canciones…”Al Uruguay guay yo no voy por que temo naufragar.….." y aquella otra “que me muero de amor, que me voy a morir, que me muero de amor, ¡hurra! por las colombianas………………”

Chapoteaba en la playa con total descuido si el sol me quemaba o no. No existían entonces esas cremas de protección solar y tampoco disponía de ningún ungüento casero para paliar las ampollas que me salieron en mi piel tan blanca, y tampoco pareció importarme demasiado.

Dormíamos en un sollado, nombre marinero que se le daba a la habitación donde dormíamos. Allí fui víctima alguna vez de la petaca que era un doblez en la sábana que te impedía estirarte a lo largo de la cama y que servía a los demás para mofarse y reírse de la broma. Alguno que otro sufrió le pintaran la cara con betún mientras dormía y el chiste estaba en ver su reacción al contemplarse por la mañana en el espejo.

Había un muchacho apellidado Flames que no sé por qué era el objetivo casi permanente de las bromas. Un día el jefe de grupo le envío a que recogiera la funda del mástil y en otra ocasión la piedra de afilar teléfonos. Le daban algo de mucho peso y cuando lo traía le decían….esta no, esta es del número dos y debes traer la del número tres…y vuelta de nuevo….Lo cierto que había mucha maldad  a esa edad envuelta en un halo de inocencia.

Al cabo de un mes la nostalgia por los padres, el deseo de comer comida de madre o lo que fuere nos hacía desear ya la vuelta y el regreso nuevamente en el Ciudad de Ibiza, buque de Transmediterránea, nos devolvió a Valencia. Allá tomamos el tren hacia Madrid, tren con máquina de vapor y silbidos al paso de barreras…nostálgico ¿no?. Mi afán de observar la máquina me hacía asomar para verla en cada curva. El humo invadía mi cara con aquel olor a carbonilla. Cuando llegué a Madrid, mi padre no me reconoció…tan delgado, la cara negra de carbonilla y la nariz inflamada por un puñetazo de uno que se llamaba Tobías le hizo exclamar…¡pero hijo que te ha pasado!.

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Navegar  por Paralelos y Meridianos, Antonio Martín (Marzo 2000)

Es difícil imaginar la esfera del globo terráqueo sin esas líneas imaginarias que conforman la tupida red de paralelos y meridianos, y que todavía permanecen inalterables, en tanto la configuración política y geográfica del mundo varía bajo ellas. La intersección de dos de éstas líneas marca la situación exacta de un barco, avión u objeto. Lo que ha servido desde tiempos pretéritos para navegar, también sirve, con la tecnología actual, para atacar con toda precisión un objetivo militar situado a gran distancia con solo conocer sus coordenadas geográficas.

Las líneas de latitud se mantienen paralelas entre sí al ceñir el globo desde el ecuador hasta los polos con una serie de anillos concéntricos que van reduciéndose progresivamente. Por el contrario, los meridianos, como los gajos de una naranja, se curvan desde el polo norte hasta el polo sur y viceversa, formando grandes círculos del mismo tamaño de modo que todos convergen en los extremos de la tierra.

Se señala el ecuador como paralelo de latitud cero por razones que determina la propia naturaleza física del globo terráqueo. Por el contrario, la ubicación de la línea del meridiano de longitud cero es una decisión meramente arbitraria.

Tolomeo la situó en las Islas Canarias cuatro siglos antes de Cristo y después de numerosos cambios, por motivos casi siempre de hegemonía política, fue finalmente determinada en la Conferencia Internacional sobre el Meridiano celebrada en Washington en 1884, en la que se declaró como meridiano principal del mundo el meridiano de Greenwich.

La navegación en sus comienzos, estaba basada fundamentalmente en el reconocimiento visual de los distintos accidentes geográficos, y sus principios son la base para la navegación a la estima que todavía hoy se utiliza. Navegar por estima es conocer la posición de un barco o avión por medio de la ruta estimada, es decir, marcando en un mapa la línea que representa el camino recorrido por el mismo, para lo que es necesario saber la velocidad y el rumbo en todo momento, así como también las derivas por corrientes, abatimiento, etc.

Para calcular la latitud y la longitud basta conocer la altura del sol para la primera y la hora para la segunda. Esto que a primera vista parece fácil, no lo ha sido así durante siglos, particularmente para el cálculo de la longitud. Para averiguar la longitud en el mar hay que saber qué hora es en el barco y, también, en el puerto de salida u otro lugar de longitud conocida en el mismo momento. Esos dos tiempos permiten al navegante convertir la diferencia horaria en separación geográfica. En la actualidad este cálculo no es nada engorroso utilizando un par de relojes de pulsera baratos pero en las singladuras del siglo XV se utilizaban relojes de arena y el movimiento y trepidación del barco, influían en la velocidad del paso de la arena entre las dos ampolletas de modo que el cálculo del tiempo era impreciso.

Cristóbal Colón en su travesía por el Atlántico navegó por el paralelo en busca de las Indias y no le importaba demasiado llegar un día antes o un día después (error en longitud). Así y todo el navegante genovés disponía de una "ventaja" para calcular con más exactitud su posición cuando en cierta ocasión preguntó a sus capitanes cual era su posición en cada una de sus tres carabelas, en la información recibida había diferencias de bastante más de cien millas.

Curiosamente los calculadores de navegación inercial que utilizan hoy día los aviones, este cálculo (triple mezcla) también se hace, promediando los tres cálculos de posición y descartando el de mayor error.

En los siglos XVII y XVIII, cuando los navíos de Inglaterra, España, Francia y Holanda intentan dominar los mares, el "problema de la longitud" cobra gran importancia estratégica y ocupa a algunas de las mejores mentes científicas. En 1714 Inglaterra anuncia un premio de 20,000 libras, una suma inmensa en aquellos días, por una solución fiable y John Harrison, un relojero artesano británico, consume décadas de su vida intentando conseguirla. Sus dos primeros "cronómetros" de 1735 y 1739, aunque fiables, eran piezas de maquinaria delicadas y voluminosas y no suficientemente precisas. Solo su 4º instrumento, probado en 1761, demuestra ser satisfactorio y fueron necesarios algunos años más antes de recibir el premio.

A partir de la segunda década del siglo XX, la navegación marítima y aérea se ha visto beneficiada por los avances de la radio, navegación basada en radioayudas que a lo largo de los años ha ido perfeccionándose. La segunda guerra mundial fue en este sentido un punto de inflexión, a partir del cual se avanzó en la creación de sistemas autónomos para evitar así la dependencia de las estaciones de radio o radiofaros ubicados en tierra. Estos sistemas autónomos se basan, una vez más, en la navegación por estima, solo que esta vez los cálculos de rumbo, velocidad y tiempo se hacen con mayor precisión y rapidez, utilizando para ello acelerómetros para medir la aceleración del vehículo y un ordenador.

Esta es la formar de navegar en la actualidad pero, eso sí, con la ayuda inestimable de otro elemento, el GPS, que se ha sumado a ese reto que es calcular cada vez con más precisión dónde nos encontramos ubicados respecto al sistema de coordenadas terrestres formadas por los paralelos y los meridianos.

El sistema GPS fue desarrollado por los militares de los Estados Unidos, como resultado final de un proyecto iniciado en los años 50, en plena guerra fría, y que después de varios procesos intermedios culminó, a principios de los 70, en un sistema de navegación extraordinariamente preciso. Su principal ventaja, sobre otros sistemas tradicionales de navegación, es la habilidad de proporcionar en todo momento a un sinnúmero de usuarios, datos muy precisos de posición y velocidad en tres dimensiones del vehículo.

Paralelamente, como era de esperar, la antigua Unión Soviética desarrolló un sistema muy similar denominado GLONASS.

Los cálculos de la posición se basan en la medición de los tiempos que tardan las respectivas ondas de radio que se envían desde cuatro de los 24 satélites en órbita, hasta el vehículo y que da lugar al planteamiento de un problema algebraico de cuatro ecuaciones con cuatro incógnitas, cuya resolución nos permite conocer la posición del vehículo en tres dimensiones, las cuales son posteriormente convertidas en latitud, longitud y altitud. Hoy en día un receptor GPS de bolsillo cuesta alrededor de 25.000 Ptas. esperándose pronto que su precio iguale a los de una simple calculadora. La utilización del sistema GPS, en el ámbito general, está abriendo enormes posibilidades en una amplia variedad de aplicaciones tanto civiles como militares. No obstante, hay que tener presente que siendo este un sistema militar su dependencia hace que algunos gobiernos se estén planteando la creación de otra red similar pero de utilización exclusivamente civil. Las líneas de los paralelos y los meridianos, a pesar del tiempo pasado, siguen inalterables pero no por siempre, el eje cambiante de la tierra puede alterarlas, para entonces ya se verá que hacer.

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Mar Mediterráneo y el efecto Coriolis

El mar Mediterráneo sufre grandes pérdidas de agua por evaporación que no pueden ser compensados por el aporte de sus ríos, por lo que tiene tendencia  a estar a un nivel más bajo que el Atlántico, de donde penetra agua para equilibrar ambas masas de agua. La corriente entra por el estrecho de Gibraltar por la orilla africana hasta chocar con Israel, sube hacia Turquía y por el mar de Creta penetra por en el Adriático atravesando el golfo de Venecia hasta el mar Tirreno. Recorre las costas occidentales de Italia y tras pasar por las costas francesas llega a España. En el cabo de San Antonio se desvía a Argelia donde se une con la entrada principal, Como se puede ver, esta corriente atlántica circula en el sentido contrario a las agujas del reloj debido al efecto de Coriolis y es lo suficientemente fuerte como para facilitar la navegación especialmente la de remo.

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Yo nací en la posguerra (la civil), Antonio Martín

Yo nací en posguerra, me refiero a la guerra civil española por que en la otra, la mundial, permanecimos neutrales, aunque el régimen simpatizaba con el eje Berlin-Roma y no nos afectó directamente pero si indirectamente. Muchos historiadores afirman que nuestra guerra civil fue la primera batalla de la guerra mundial, o en cualquier caso una especie de trágico ensayo previo. Siempre he pensado que mi generación, los que nacimos en los 40, fue una generación perdida. Algunos la llaman generación sandwich, una especie de generación entre una y otra, y que estuvo muy afectada en todo: por las consecuencias derivadas de la guerra civil, por los efectos indirectos derivados de la guerra europea y después por el injusto bloqueo contra España ejercido por las democracias vencedoras de la guerra mundial. Así que pasamos hambre, un hambre que en esos momentos ya era endémica; venía de antes de la guerra. Los niños en aquella época sufríamos todo tipo de penurias; el raquitismo era en cierto modo generalizado. ¡Qué lástima habernos perdido en la sinrazón!. Todo desembocó en eso, en una tristísima guerra civil que para mi no ha sido sino la culminación de tanto despropósito, de tantos malos gobiernos que durante el siglo XIX no supieron engancharse al vagón de la modernidad después de que hubiésemos sido zarandeados por las ideas de la revolución francesa, la España que vivía dormida en su esplendor ya decadente de potencia colonial.

Y aunque yo era muy niño aún recuerdo aquel Madrid de los finales de los cuarenta, un Madrid provinciano, en el que sus habitantes se tragaban con dignidad el orgullo y sus propias miserias. La falta de las cosas más precisas era lo normal en  aquellas circunstancias en las que faltaba de todo. Y los niños nos dábamos cuenta de los sufrimientos de nuestros padres para poder salir adelante. La solidaridad entre vecinos era muy grande; se compartía lo que se podía. Faltaba de casi todo y las incomodidades eran muchas y variadas.

El sistema educativo era muy deficiente. Según los barrios, los colegios podrían catalogarse de buenos, regulares y malos; los buenos eran los menos y en todo caso solo accesibles a grupos privilegiados. Lógicamente en los barrios periféricos, la infraestructura educativa era muy deficiente incluso inexistente. En algunas escuelas no tenían ni sillas para los alumnos pequeños ni siquiera material escolar básico. Y así todo.

Había gente muy humilde que vivían donde podían, en chabolas y cuevas. La emigración interior que se produjo en los cincuenta agravó mucho más esta situación y el chabolismo tardó muchos años en erradicarse.

Carros, motocarros, mulas y burros se empleaban para el transporte todavía en aquellas fechas, por calles que no siendo las del centro de la capital, carecían de asfalto. Aguadores que repartían agua por los barrios de la periferia donde no llegaba el suministro. Algunos camiones de origen ruso 3HC, bautizados como los tres hermanos comunistas, haciendo de sus caracteres cirílicos una transposición interesada poco más o menos castiza por su origen comunista, circulaban por nuestras maltrechas carreteras, caminos y calles.

El tranvía eléctrico era el sistema, junto al metro, más popular en aquellas fechas.  Iban siempre atestados, a veces no paraban en las paradas establecidazas por que no cabía ni un alfiler. Y era muy frecuente que los muchachos viajáramos, no sin peligro, en los

topes del vehículo. Era frecuente que “el trole”, aparato que se desplazaba por el tendido eléctrico para abastecerse de electricidad el tranvía, se saliese del contacto con el cable, unas veces fortuitas, otras intencionadamente para hacerle parar.. También los autobuses de dos pisos,  ingleses de la marca Leyland compartían el servicio  dando un toque  cosmopolita a la ciudad.

Pocas líneas de metro habían. Recuerdo, la líneas1 que iba desde El Puente Vallecas a Cuatro Caminos, la 2 desde Ventas a Cuatro Caminos, con su ramal Norte, la 3 desde Argüelles a Legazpi y la 4 desde Diego de León a Argüelles.

El tráfico de vehículos era poco denso y a medida que este comenzó a aumentar los tranvías iban siendo un estorbo y esto motivó su desaparición en los años 70. Una planificación más adecuada de la ciudad podría haber hecho posible su conservación, dado que es un transporte limpio.

El metro siempre fue muy popular, pero la verdad que al haber pocos trenes la masificación era grande, los olores insoportables y los carteristas ciertamente finos e ingeniosos; con un par de dedos podrían quitarte la cartera limpiamente.

Madrid se abastecía de dos Embalses de agua: El Lozoya y el de Santillana. Eran empresas distintas y había barrios que tomaban el agua de uno o del otro. El agua de Lozoya siempre se decía que era la mejor; su finura no tenía igual con las aguas de otros lugares. El aumento de la población hizo con los años se construyeran más embalses y el sistema de alimentación a la ciudad fuera común a través de la Compañía Canal de Isabel II. Algo parecido ocurría con el suministro eléctrico. Recuerdo la existencia de La Compañía Electra establecida en la calle de la Aduana 29, que suministra la zona centro, y otra Compañía denominada Unión Eléctrica Madrileña. Principalmente el suministro consistía en corriente continua producida por dinamos. Este suministro procuraba un bajo rendimiento y fue paulatinamente sustituido a finales de los 40 por la actual corriente alterna.  Los despabilados, que siempre los había hacían trampa en el contador eléctrico mediante un "arreglo" que se denominaba "cangrejo" y que consistía en hacer girar el contador hacia atrás, falseando así la lectura del mismo.

Años difíciles en la capital de la nación. En cierto modo tenía ventaja vivir en pueblos donde el control fiscal era prácticamente nulo. El racionamiento impuesto surtía efecto  en los núcleos de mayor población; en los pueblos la situación era más aliviada porque muchos de sus habitantes disponían de recursos propios.

Toda la producción de trigo era depositada y controlada por el Servicio Nacional del Trigo. El pan, alimento básico para la población, solo era posible adquirirlo con los cupones de la cartilla de racionamiento, De ahí que surgiera un mercado negro, vulgarmente denominado “estraperlo” dónde se podía adquirir libremente pero con el temor de que te lo confiscaran. Lo mismo ocurría con las legumbres y con otros productos de primera necesidad. La carne, era solo para algunos privilegiados.

Alguien puede pensar que un niño seis o siete años no podría darse cuenta de aquellas penalidades, yo si…No digo que no fuera feliz, que lo era, pero asumía la realidad, quizá en menor medida que mis padres pero lo asumía.

Los niños de los cuarenta no teníamos juguetes. Poníamos mucha imaginación y cualquier cosa podía ser un juguete. Eso si, permanecíamos más tiempo en la calle por que en las casas no había televisión, como ahora, ni comodidades. Por ello nos relacionábamos más y compartíamos lo poco que podíamos compartir.

Olores a refritos imperaban por doquier; se aprovechaba todo.

Los comedores del  Auxilio Social, organización del régimen, salvó de situaciones dramáticas a muchos ciudadanos.

Así fue pasando aquellos años en los que las familias iban recuperándose del drama y estructurándose paulatinamente por mucho que nunca hubo una ayuda como la que recibieron países de Europa a través del plan Marshall que los puso en pie en muy poco tiempo de tanto desastre que causó la guerra europea. España no tuvo ese beneficio; por el contrario sufrió un bloqueo que hizo mayor su agonía. Ahora, gente de fuera, se suele opinar frívolamente sobre el derroche económico, que no se repara nada, que se compra todo nuevo, que con estas carreteras maravillosas así se puede. Ese es el mérito, desde mi punto de vista, que hemos tenido los españoles que nos lo hemos ido labrando, eso sí hasta que finalmente la Unión Europea nos ha dado el empujón definitivo; esa Unión Europea cuyos países recibieron esa ayuda del plan Marshall y que a España le fue negada,

 

…..seguirá…..

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 La nariz española, cuestión de narices, Antonio Martín

Un conocido mío, extranjero, me hizo una observación sobre la nariz de los españoles que, según él, se distinguía por ser larga, angosta y con proyección decidida, vamos un poco narizota. Si íbamos paseando, de pronto me decía: mira aquel, o aquella, es de aquí por que tiene la nariz grande. Me quedaba sorprendido pues me lo decía plenamente convencido. Yo le decía que en su país también habría ciudadanos con nariz grande; concluía con seguridad: no tanto como aquí.

Desde entonces mi curiosidad por esto hizo que prestara atención a este peculiar descubrimiento de distinción étnica y así en el metro que es dónde se dan mejores condiciones de observación,  escudriñaba el apéndice nasal de mis congéneres del vagón que ajenos a esta acción contemplativa aprovechaban el trayecto para leer o simplemente para perder la mirada en ninguna parte.

De todo esto pude hacer una división más o menos acertada de las pituitarias observadas y resultan ser básicamente: aguileñas, rectas, chatas, respingonas, redondas y ganchudas. Claro que luego hay subgrupos y ahí ya me pierdo.

Recordé aquellos versos de Quevedo que comenzaban: Érase un hombre a una nariz pegado,  érase una nariz superlativa…… versos que podrían referirse perfectamente a uno de los personajes literarios más románticos de la historia: Cyrano de Bergerac el cual poseía una nariz nada piadosa pero, también, Quevedo, pudo haber observado que la nariz española es así de superlativa, así de poderosa.

Aunque grande, la nariz española, no por ello huele más, y si alguno pretende hacer creer que esta cuestión de narices tiene algo que ver con una cuestión de atributos masculinos sería tan chusco como aquello de confundir el culo con las témporas. Concluyamos, nuestras narices nos viene de herencia aunque, eso si, no nos gustan que nos la toquen. Seguiré estudiándolo pues parece un tema fundamental e interesante.

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Una aventura intrépida, Antonio Martín

Su sordera, decían, le había sido provocada por el ruido estridente de los motores de aviación al que estuvo sometido durante su dilatada vida como piloto. Para paliar esa discapacidad utilizaba un audífono que lo había adquirido fuera de España. Consistía de una cajita alojada en el bolsillo de la camisa del que salían unos llamativos cables para los auriculares y micrófono. El artilugio de manera inesperada y al parecer incontrolada solía auto-oscilar, produciendo un pitido muy molesto para los que estaban a su lado; cuando esto sucedía él golpeaba la cajita o movía los cables hasta que el acople desaparecía.

Decían que era un extraordinario piloto, el que en aquel momento era jefe de pilotos de una compañía aérea española. Se trataba de José María Ansaldo, pionero de la aviación española. Hombre con mucho peso específico en la empresa, se le mitificaba en exceso hasta el punto que se pretendía hacer creer que esa sordera extrema se atenuaba o desaparecía justo cuando pilotaba un avión; lo aseguraban los que en los vuelos de prueba le acompañaban en sus temidos o temerarios despegues y aterrizajes con el Constellation.

Un día alguien me dijo si quería colaborar en unas pruebas para instalar unas emisoras sobre una plataforma de madera. No tarde en saber que este caballero, hiperactivo y seguro de si mismo, pretendía cruzar el Atlántico en globo; un globo inflado con helio que tiraba de una barquilla de madera de contrachapado o aglomerado, casi nada.

Aquel día mi trabajo consistió en instalar una emisora de HF (la 18S4 de Collins) y participar en unas pruebas con una antena de una baliza de emergencia. Intentamos primero izar una cometa pero al no haber viento suficiente se optó por un globo que izaba un largo y fino hilo de cobre. En unos de los vaivenes de la antena Ansaldo quiso sujetarla y sufrió una descarga electrostática. El audífono se le encabritó y ya no había manera de pararlo; se lo quitó.

Con todo listo para emprender la aventura preparó su globo de helio en una playa de Gran Canaria cuando providencialmente, en el momento que se procedía a la carga de helio, un helicóptero rozó el globo y frustró el peligroso intento de aquella suicida aventura. Recuerdo una fotografía de un diario donde aparecía Ansaldo sentado en la playa entristecido junto a su globo deshinchándose, posado y moribundo sobre la arena de la playa.

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Recuerdo como corríamos por la terraza de talleres especiales para que la puta cometa levantara el vuelo (creo que era julio o agosto) como sudábamos.

09.02.2009 - 00:12:31
Ángel Moreno


Mi afición a la Radio y otros inventos, Antonio Martín

La emisora con una 2A3

Éramos un grupo de adolescentes de catorce años entusiasmados con la técnica de la radio. Siempre andábamos experimentando circuitos que copiábamos en revistas de radioelectricidad, la mayoría de ellas bien rancias, como Radio Sport, la más antigua de España y de las que nos nutríamos para experimentar y aprender.

Mi interés por la radio nació desde el primer momento en que mi padre trajo a casa un receptor Philips. Compró una repisa que colocó en la pared y sobre ella el receptor del que salía un cable que se unía a otro en forma de espiral que era la antena, la cual se estiraba hasta ajustar su longitud entre paredes opuestas. Aquello me tuvo cavilando mucho tiempo; mi padre adivinaba mi intriga y me decía que ese alambre en forma de muelle captaba las ondas; yo no entendía cómo. Y es ahora que todavía me parece inexplicable, aún cuando sé que las ondas de radio están formadas por campos electromagnéticos que viajan por el éter, induciendo corrientes eléctricas en la antena. ¿Y qué es el éter?, me preguntaba, pues todavía no lo sé y ahí ando enfrascado en averiguaciones todavía. Cuando lo sepa te lo digo.

En nuestros primeros pinitos ya habíamos fabricado algún receptor de galena y más adelante determinamos dar un salto cualitativo; fabricar una emisora.

Encontramos un circuito compuesto de un oscilador con una válvula 2A3. Era una válvula triodo de la serie americana fabricada en los años 30 que estoy seguro que un coleccionista de hoy pagaría por ella una buena cantidad de dinero como si de una joya se tratara. Nuestra falta de oficio nos impedía saber por entonces que dicha válvula podría ser sustituida por otra similar más moderna, más fiable y más barata. Nuestra ortodoxia en seguir al pie de la letra lo que veíamos en las revistas era firme y construimos el circuito con la válvula 2A3 que no daría más de un vatio de potencia pero suficiente para nuestros propósitos.

Es indescriptible la alegría tan inmensa que tuvimos cuando pudimos captar en un receptor el batido de frecuencias producido por la 2A3 y más todavía cuando instalamos en serie con el cátodo de la válvula un micrófono de carbón de los utilizados en los teléfonos para modular la voz. Todos estos componentes los comprábamos regateando en el Rastro madrileño, con el enorme riesgo de que nos dieran la válvula fundida o el micrófono averiado.

La línea telefónica

Yo vivía por entonces por la zona de Quintana, lo que en aquella época era la Carretera de Aragón y que hoy es calle de Alcalá. Allí, en mi casa, instalé la emisora conectada a la línea telefónica por medio de un transformador de relación 1/1 y 600 ohmios de impedancia. La frecuencia escogida era en la parte alta de la banda de radiodifusión, en lo que se viene a llamar Onda Común española. La antena, un cable de ventana a ventana.

Mi amigo José María instaló en su casa, en la calle Galileo esquina con Donoso Cortés,  un estudio con un tocadiscos y un micrófono de pie que a su vez se conectaban a la línea del teléfono de su casa.

Recuerdo que por problemas de logística la conexión a la línea telefónica debía ser hecha con toda la cautela del mundo no fuera a ser que mi madre, que era la que sacudía con la alpargata, se diera cuenta. Así que lo que hice fue pinchar la línea con dos alfileres, y con hilo de cobre esmaltado muy fino del que se viene en usar en la construcción de bobinas y transformadores, lo llevaba escondido entre la separación de las losetas del suelo, previamente escarbadas para incrustar los cables lo más hondo posible. Un poco de parafina o cera a la que se le añadía un poco de colorante disimulaba a la perfección el aspecto y pasaba desapercibido, de momento.

Mi amigo en su casa hacía de locutor, montaba concursos, ponía música y yo en la mía lo retransmitía, previamente avisados los amigos de la vecindad para que lo pudieran oír en sus casas. Y así estuvimos una temporada. Mi madre extrañada, más bien mosqueada, por que apenas salía de casa para jugar al fútbol.

Un día oí como mi madre y mi tía se enzarzaban en una discusión vía teléfono. Al parecer la cosa estaba en que mi tía recriminaba a mi madre por la imposibilidad de poder comunicarse con ella. Según mi tía decía que el teléfono estaba siempre comunicando. Yo callado, como un putas, esperaba el devenir del asunto que se estaba fraguando. Mi madre muy acalorada le decía que eso era imposible……Madre de Dios…..Yo mudo y pálido a la vez, a la espera que se pasara la tormenta.

Así seguimos algún tiempo con las transmisiones hasta que un día a la vuelta del colegio, mi madre me esperaba con un brazo sobre su cadera, con el gesto fruncido, la otra mano con un manojo del cable esmaltado que emergía sospechosamente del suelo y flexionando la pierna rítmicamente masculló inquisitoriamente ¿puedes explicarme que es esto?. No te cuento lo que ocurrió a continuación por que ya sé que lo estás imaginando. En aquel momento acabó el experimento, mejor dicho, se perdió una batalla pero no la guerra.

La gallega

Detrás de mi casa había un solar con cuatro chopos y veinte moreras. Un solar dónde jugábamos al fútbol, a dola, al rescate, a la banderola...... Algunas madres se sentaban por las tardes en aquellas sillas plegables de tijera mientras hacían punto, hablaban mientras los niños merendaban y jugaban.

Había una que la llamaban la gallega, obviamente por que lo era, además de que su fuerte acento así lo delataba. Su niño -hijo único- se llamaba José Ángel. Eran unos tiempos muy puñeteros. Aquella buena señora aprovechando que el nene andaba jugando le gritaba, asegurándose de que todos lo oyeran: José Ángel ven a merendar este bocadillo de jamón que te he preparado. Bueno, ni que decir tiene que comer jamón por aquellas fechas era un lujo. Todos los niños mirábamos a aquel hijo único con envidia podrida deseando en nuestro fuero interno se atragantara con el jamón. El resto comíamos chocolate Matías López y poco más como puedes suponer.

A la gallega le gustaba oír la radio mientras hacía punto. Le gustaba mucho Radio Intercontinental que andaba por la frecuencia de 918 Kcs en Onda Media si no recuerdo mal. Oía aquel programa de por las tardes que se llamaba La portera y sus vecinos. Yo, lleno de insidia, decidí boicotearla. Coloqué la emisora en la misma frecuencia machacándole la escucha, produciéndole un molestísimo y ensordecedor pitido. Movía el condensador variable hacia un lado y otro para que el pitido cambiara de tono, es decir para fastidiarla aún más. Ella golpeaba sin éxito el aparato. y yo cesaba en la emisión para a continuación reanudarla de nuevo y así hasta que se dio cuenta que alejándose ya desaparecía la interferencia. Otro día os contaré como logré por fin que se fuera al otro extremo del solar. Eso será en otro capítulo referido a la pólvora y petardos. No digo más.

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